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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

¿Y si cambiamos los modelos mentales?

Nos acostumbramos tanto a hablar de nuestras carencias que olvidamos imaginar nuestras posibilidades.

Publicado hace 1 hora Actualizado 21 de octubre de 2026
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  • ¿Y si cambiamos los modelos mentales?

Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

En 1945, Japón era un país en ruinas. Sus ciudades estaban destruidas, su economía devastada y millones de personas intentaban reconstruir sus vidas después de una guerra que terminó con dos bombas atómicas. La geografía tampoco ayudaba: escasos recursos naturales, terremotos frecuentes y una ubicación geopolítica complicada. Sin embargo, unas décadas después, aquel país fabricaba los automóviles, trenes y productos electrónicos que conquistaban el mundo. Japón no cambió su geografía ni descubrió grandes riquezas naturales. Apostó por la educación, la innovación y la productividad para transformar su destino.

Aquella transformación tuvo muchas explicaciones, pero hay una que solemos subestimar: los modelos mentales. Esas creencias que determinan cómo entendemos nuestros problemas, qué esperamos de los demás y qué consideramos posible. Porque los países no progresan solamente por sus recursos, sino también por las ideas con las que imaginan su futuro. Y quizás uno de los mayores obstáculos para el desarrollo sea acostumbrarnos a pensar que nuestras limitaciones son más importantes que nuestras posibilidades.

Pensemos en Francia. Durante décadas construyó un generoso Estado de bienestar, respaldado por una economía productiva. Hoy enfrenta dificultades fiscales, bajo crecimiento y una población que envejece. Las controversias sobre las pensiones revelan una tensión que va más allá de la edad de jubilación: ninguna sociedad puede sostener indefinidamente compromisos que crezcan más rápido que su capacidad de financiarlos.

Colombia enfrenta un dilema parecido. Somos una sociedad todavía segregada, con dificultades educativas y enormes desafíos, pero también un país que ha progresado extraordinariamente. Hemos transformado ciudades, construido empresas y ampliado oportunidades. Sin embargo, hemos instaurado un pesimismo que parece convencernos de que nada mejora. Y, peor aún, un modelo mental antiempresarial que mira con sospecha la creación de riqueza mientras propone distribuir lo que todavía no hemos producido. Nos acostumbramos tanto a hablar de nuestras carencias que olvidamos imaginar nuestras posibilidades.

Ese cortoplacismo también aparece en nuestras discusiones públicas. Debatimos las pensiones pensando principalmente en cuánto recibiremos mañana, mientras la inteligencia artificial promete transformar la productividad, las profesiones y las oportunidades laborales de los jóvenes. ¿Qué empleos existirán dentro de treinta años? ¿Cómo formaremos a quienes deberán sostener nuestro sistema pensional? ¿Cómo aprovecharemos la tecnología para producir más y vivir mejor? Son preguntas fundamentales que deberían acompañar cualquier discusión sobre el futuro de nuestra protección social.

Quizás Colombia necesite recuperar una idea sencilla: la prosperidad no se decreta ni aparece por distribuir recursos. Se construye con educación, empresas, trabajo, innovación y libertad para crear. El Estado tiene responsabilidades importantes, pero no puede reemplazar la iniciativa de millones de ciudadanos. Tampoco podemos seguir entendiendo el desarrollo únicamente desde nuestras dificultades, sin atrevernos a imaginar una sociedad más productiva y ambiciosa. Porque hay una realidad que deberíamos asumir antes de que sea demasiado tarde: si no cambiamos a tiempo nuestros modelos mentales, corremos el riesgo de convertirnos en un país que envejece antes de enriquecerse, con una economía incapaz de sostener sus promesas y enormes bombas sociales que tendremos que desactivar. El futuro todavía está en nuestras manos, pero no esperará indefinidamente a que cambiemos nuestra manera de pensar.

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Por Juan Esteban García Blanquicett - @juangarciaeb

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