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El Estado debe garantizar las reglas, abrir la información, investigar y hacer cumplir la ley.
Por Juan Manuel del Corral - opinion@elcolombiano.com.co
La corrupción es uno de los mayores obstáculos para construir el país que soñamos. Nos arrebata recursos destinados a la educación, la salud, la infraestructura, las oportunidades, y lo que es aún más grave, también destruye lo más valioso, la confianza de los ciudadanos en sus instituciones.
Estimaciones históricas divulgadas en medios de comunicación nacionales y organismos de control han calculado su valor anual alrededor de $50 billones. Aunque no constituyen una medición exacta de las pérdidas actuales, su magnitud es estremecedora: equivale aproximadamente al 9% del Presupuesto General de la Nación aprobado inicialmente para 2026. Pensemos cuánto bienestar podríamos generar si recuperáramos siquiera una parte de esos recursos.
Durante años hemos denunciado sus consecuencias, conocido escándalos y reclamado sanciones. Hoy debemos dar un paso adelante y comenzar a trabajar en una solución radical y efectiva para prevenirla, reducirla y acabarla.
La tecnología, el análisis de datos y la inteligencia artificial permiten examinar miles de contratos, identificar patrones sospechosos, comparar precios y detectar relaciones entre contratistas, funcionarios y decisiones públicas. Podríamos analizar la historia contractual de cada entidad: cómo se elaboraron los pliegos, quiénes participaron, cómo fueron evaluados, qué factores determinaron las adjudicaciones y cuáles fueron los resultados. Así podríamos identificar posibles pliegos diseñados para favorecer proponentes, sobre costos, incumplimientos y restricciones injustificadas a la competencia. No necesitamos comenzar de cero. Colombia dispone de información, instituciones y herramientas que pueden integrarse y fortalecerse. También debemos modernizar la contratación pública. Los regímenes especiales de algunas entidades estatales no pueden convertirse en espacios de falta de transparencia y control.
Las licitaciones son para promover competencia verdadera, con requisitos proporcionales, criterios objetivos, evaluaciones verificables y seguimiento a la ejecución. Debemos impedir, además, que los contratos interadministrativos se utilicen para trasladar recursos y eludir procedimientos competitivos.
Hay otro frente inaplazable: la financiación de las campañas políticas. Los límites legales deben ser reales, no simples cifras contables. Es indispensable detectar aportes encubiertos, propaganda pagada por terceros, gastos no declarados y relaciones indebidas entre financiadores y futuros contratistas.
Cuando se compruebe violación de topes electorales, deben aplicarse las consecuencias constitucionales y legales, incluida pérdida del cargo. Las responsabilidades penales deben investigarse y juzgarse. Quienes sean declarados responsables de corrupción deben enfrentar sanciones efectivas e inhabilidades que no puedan eludirse mediante intermediarios o nuevas sociedades. Construir el país que soñamos, entre todos y para todos, exige convertir esa decisión en acciones y resultados.