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Esencia

No debemos renunciar a aquello que nos hace únicos solo por el afán de encajar.

Publicado hace 1 hora Actualizado 21 de octubre de 2026
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  • Esencia

Por María Luisa Zapata Trujillo - JuntasSomosMasMed@gmail.com

De niños teníamos pequeñas grandes obsesiones, intereses que nos movilizaban, nos despertaban preguntas y nos llevaban a buscar por el simple gusto de encontrar y asombrarnos. En el mejor de los casos, las condiciones familiares y de nuestro entorno nos permitían potenciarlas desde la imaginación y la exploración. Nuestra mente plasmaba el futuro con ilusión. La infancia, así, era un territorio para desarrollar la identidad, ser genuino y no condicionarse mucho para ser aceptado.

Como adultos, podemos desarrollar esa autenticidad y fortalecerla con nuestras experiencias, y una buena adaptación es parte esencial de la madurez, pero también puede suceder que nos llenemos de limitaciones alimentadas por nuestro entorno y poco a poco nos desprendamos de esa autenticidad que nos habita. Perdemos la fascinación y el asombro por las pequeñas obsesiones y con ello, nos perdemos nosotros mismos, a tal punto que dejamos a un lado lo que verdaderamente pensamos y somos.

En mis recientes reflexiones sobre cómo habitar el mundo de una manera más auténtica, reconectándome con una sana rebeldía y el mundo de la curiosidad, me he encontrado con la invitación a revisar cómo era de niña. Una invitación no menor, que requiere introspección e implica desprenderse de muchas capas que hemos construido durante años para camuflarnos; sin embargo, volver a la esencia es tan urgente como interesante.

En medio de tanto ruido podemos volver a nuestras pequeñas grandes obsesiones, aquellas que nos despiertan la curiosidad. Vale la pena esa reconexión, encontrar lo más auténtico dentro de nosotros y permitir que cada día nos reconozcamos cada vez más en cada cosa que hacemos y en las mismas relaciones que construimos desde un lugar más genuino. Reconocer esto de nosotros nos lleva por lo menos, a reconocer que en el otro también habitan singularidades que merecen espacio. ¿Qué tan enriquecedora sería nuestra cotidianidad en la medida que podamos acercarnos a los demás sin tantos filtros? ¿Cómo aprenderíamos a conectarnos con los demás desde esas diferencias?

Esto, en mi modo de ver, conlleva dos grandes desafíos. El primero es poder reconocer que es posible habernos perdido en el camino dejando mucha de esa esencia para encajar y pertenecer. Lo segundo es ser capaces de trazar un camino de preguntas e incomodidades para recuperar esa versión más genuina de cada uno, salir de nuestra propia mirada y realmente poner la mente y el corazón en sintonía para tener una presencia más leal a quienes somos, con nuestras luces y nuestras sombras.

No debemos renunciar a aquello que nos hace únicos solo por el afán de encajar. Permitámonos la rebeldía, la capacidad de asombro, la curiosidad; pero también debemos tener el pensamiento crítico para examinar esa voz que nos habita. Es esto, con una buena dosis de empatía, lo que nos permite afrontar el disenso, permitirnos cambiar de opinión y sentirnos cómodos con la diferencia, ese terreno desde donde podemos construir una sociedad más plural.

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