Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Por María Adelaida Saldarriaga - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
Cada vez que comienza una nueva legislatura, Colombia vuelve a hacerse la misma pregunta: ¿cuál será la gran reforma? La laboral, la tributaria, la de salud o la de justicia. Cambian los gobiernos, cambian las prioridades, pero persiste una idea: que el futuro del país depende principalmente de lo que ocurra en el Congreso. Sin desconocer la importancia de las leyes, quizá haya llegado el momento de plantear una pregunta distinta: ¿y si la transformación más importante que necesita Colombia no pudiera aprobarse mediante una votación?
Las normas son indispensables. Organizan la sociedad, corrigen desequilibrios y generan incentivos. Pero ninguna ley puede, por sí sola, hacer que una sociedad sea más productiva, más íntegra o más innovadora. Esas cualidades nacen de la cultura, de los comportamientos cotidianos y de los valores que decidimos premiar.
En Colombia solemos concentrar la conversación en lo que el Estado debe hacer por los ciudadanos. Hablamos menos de lo que los ciudadanos podemos hacer por el país. Las naciones no avanzan únicamente por decisiones de sus gobiernos. Avanzan porque millones de personas hacen bien su trabajo, cumplen su palabra, respetan reglas, innovan y piensan a largo plazo.
La productividad no depende solo de una reforma económica. También de llegar a tiempo, de aprender nuevas habilidades, de colaborar con otros y de hacer bien las cosas incluso cuando nadie está mirando. Lo mismo ocurre con la confianza. Ningún decreto puede crearla. Se construye cuando las instituciones cumplen, cuando las empresas actúan con transparencia y cuando los ciudadanos entienden que el interés colectivo también es responsabilidad propia.
Quizá ahí esté uno de los mayores desafíos. Hemos discutido durante décadas cómo repartir mejor la riqueza, pero menos cómo generar más riqueza. Debatimos sobre derechos, pero con menor intensidad sobre deberes. Esperamos grandes transformaciones desde la política, mientras subestimamos el enorme poder de la cultura.
Las empresas, las universidades, las familias y los medios de comunicación hacen política en el mejor sentido: forman ciudadanos. Cada organización que premia el mérito, desarrolla liderazgo, promueve la integridad y fomenta el aprendizaje permanente contribuye a construir un mejor país. La próxima gran reforma que Colombia necesita probablemente no sea solo económica, jurídica o institucional. Es una reforma cultural. Una que recupere el valor de la palabra, fortalezca la confianza, premie el mérito, estimule la productividad y convierta el aprendizaje continuo en una característica nacional.
Esa reforma no comenzará con una ley ni terminará con una sanción presidencial. Empezará cuando entendamos que el país que soñamos depende tanto de quienes hacen las normas como de quienes las viven. Porque, al final, las mejores naciones no son las que aprueban más reformas. Son aquellas cuyos ciudadanos deciden convertirse, cada día, en la reforma que su país necesita.