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hace 9 horas
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Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com

La Macarena estaba llena. Había una energía bonita, la gente disfrutando del artista. Cerca a mí, dos mujeres de unos 25 años. Todo normal, hasta que una gritó: “fachos hijueputas, paracos de mierda, mafiosos. ¡Muerte a todos esos malparidos!”. Fue un momento incómodo que no pasó a mayores. Sin embargo, ese grito estaba cargado de visceralidad y rabia. Yo, que estaba a menos de un metro, quedé señalado como paraco, facho y mafioso. No soy nada de eso: soy ciudadano con derechos, que cumple deberes, que actúa en legalidad y trabaja a diario para que el país prospere. Detrás de ese grito están las consecuencias del odio que el gobierno sembró en la gente. Ahí está el resultado del veneno destilado para anular a quien piensa distinto, sea de centro, de centroderecha y de derecha. ¿Qué se puede esperar si el propio presidente trata de nazis a los demás? Este domingo hay que apelar en las urnas a la razón por encima de la emoción, como guía frente a una elección que se presenta binaria, donde el sentido racional expresa claramente que:

“A” quiere perpetuar la Paz Total, que solo ha empoderado a quienes tienen los territorios cooptados por la violencia. “B” propone recuperar el control desde la institucionalidad.

“A” amplía el control del Estado a costa de las libertades. “B” exalta la libertad que permite vivir en sociedad.

“A” mantiene el modus operandi de un gobierno burocrático y lleno de escándalos de corrupción. “B” hace administración seria y eficiente, pensando en el cuidado de los recursos públicos.

“A” insiste en cambiar el sistema de salud, profundizando el desastre creado. “B” busca corregir dinámica de muerte causada por la destrucción planeada de un sistema que, al menos, garantizaba el acceso a la salud para todos.

“A” no explica cómo salvar al país del desastre que se avecina por la deuda pública que deja Petro y va camino al 71% del PIB. “B” propone rigor y disciplina para estabilizar las finanzas del Estado.

Y la peor parte: “A” juega con reformar la Constitución a su antojo y, aunque diga que no, esa será su salida facilista para concentrar el poder. “B” propone ratificar que, por el bien del país y de la democracia, el marco constitucional es firme e intocable.

La lista puede ser larga, pero siempre llega a lo mismo: lo mejor para Colombia es la firmeza, lo que representa “B”, porque el país no aguanta desorden engendrado por lo que representa “A”.

Votar por la firmeza no es extremismo y menos fascismo, como dice Petro, lo cual de entrada es ofensivo. Es un seguro contra el autoritarismo socialista que avanza disfrazado de lucha popular, y antídoto contra la incertidumbre. Es escoger la institucionalidad, la democracia, la libre empresa, la separación de poderes y la seguridad regida por las leyes, por encima del caos.

Si su pensamiento es de centro, no se vaya en blanco: tome posición. Recuerde que el lado de la continuidad abre la puerta a que en un futuro no haya elecciones libres, mientras que la opción de la firmeza le brinda la certeza de proteger sus derechos democráticos.

El país no puede seguir con esa lógica que lo impulsa hacia un abismo. Este momento obliga a estar más firmes que nunca con el voto, firmes frente a los vientos de la tormenta, porque elegir bien nunca podrá ser un acto marcado por la visceralidad del “fachos hijueputas, paracos de mierda, mafiosos”.

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