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Violeta, Isabella, Ana María, Sofía...

Un país también se reconstruye cuando es capaz de recordar las vidas que perdió.

hace 3 horas
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  • Violeta, Isabella, Ana María, Sofía...
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Por María Bibiana Botero Carrera - @mariabbotero

Los terremotos se cuentan en cifras. Magnitud, número de muertos, heridos, desaparecidos, viviendas destruidas, municipios afectados. Datos necesarios para dimensionar la tragedia. Pero hay momentos en los que las cifras resultan insuficientes, porque detrás de cada número había una vida.

Estaba Violeta, una niña que pasaba unos días de vacaciones con su abuela. Había llegado seguro con la ilusión sencilla con la que los niños llegan a la casa de sus abuelos: cambiar la rutina, sentirse consentida, jugar, descansar. Nadie podía imaginar que esas vacaciones terminarían convertidas en tragedia. Estaban también las hermanas Sepúlveda: Isabella, Ana María y Sofía. Historias que estremecen no solo por la forma abrupta en que terminaron, sino por todo lo que quedó pendiente. Estudios, cumpleaños, conversaciones, viajes, amores, proyectos. Una vida entera que todavía estaba por escribirse.

Y como ellas, tantas otras personas cuyos nombres quizás nunca conoceremos.

Eso es lo que a veces olvidamos cuando una tragedia adquiere dimensiones nacionales. Hablamos de decenas de muertos, de cientos de heridos, de miles de damnificados. La magnitud obliga a contar. Contar también puede alejarnos. Porque diez, veinte o cien víctimas terminan convirtiéndose en estadística, cuando en realidad son diez, veinte o cien familias a las que la vida les cambió para siempre. Cada casa destruida era un hogar. Cada negocio que quedó en el suelo era probablemente el esfuerzo de años de una familia. Cada persona que murió tenía alguien que la esperaba, alguien que la quería, alguien que todavía hoy mira el teléfono esperando un mensaje que ya no llegará.

Vendrá ahora otra etapa: la reconstrucción. Habrá que levantar carreteras, colegios, hospitales, viviendas y negocios. Recuperar infraestructura es indispensable. También lograr que las ayudas lleguen a quienes realmente las necesitan y que la solidaridad extraordinaria que hemos visto estos días no desaparezca cuando las cámaras se vayan.

Pero reconstruir es mucho más que volver a poner ladrillos donde hoy hay escombros.

También significa reconstruir proyectos de vida, empleos, comunidades y esperanzas. Acompañar a quienes lo perdieron todo cuando la emergencia deje de ser noticia; entender que para muchas familias el terremoto no terminará cuando deje de temblar la tierra. Colombia ha mostrado algo profundamente valioso: su capacidad de encontrarse en medio del dolor. Empresarios, ciudadanos, organizaciones sociales, Fuerza Pública, organismos de socorro, voluntarios y comunidades enteras se han movilizado para ayudar. En un país que tantas veces parece dividido, la tragedia volvió a recordarnos que todavía somos capaces de reconocernos en el otro.

Ojalá esa solidaridad no sea solo una reacción frente a la emergencia. Ojalá podamos convertirla en una forma de relacionarnos como sociedad. Cuando pase el ruido de la emergencia, cuando las cifras dejen de ocupar los titulares y el país vuelva inevitablemente a otros asuntos, quedarán las familias, los pueblos y las historias que tendrán que aprender a vivir con una ausencia.

Y entonces será todavía más importante recordar sus nombres. Violeta. Isabella. Ana María. Sofía... Porque un país también se reconstruye cuando es capaz de recordar las vidas que perdió en el camino.

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