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Una sociedad tan tradicional y metódica como la antioqueña presume de su disciplina, pero esa misma disciplina la vuelve lenta para cambiar.
Por Diego Santos - @diegoasantos
En Antioquia hay molestia. En privado, voces de peso del departamento se han lamentado de la baja representatividad paisa en el gobierno entrante de Abelardo De La Espriella. A la hora de entregar esta columna, una sola antioqueña había sido nombrada ministra: Juliana Gutiérrez, en la cartera del Deporte. Para esas voces, el mensaje es claro: Antioquia le dio el triunfo a Abelardo y merece ser recompensada.
La queja tiene algo de razón aritmética. Pero la aritmética es la parte menos interesante del asunto. Faltan carteras por nombrar —Minas, Agricultura, Salud, TIC— y es probable que aparezcan más paisas en la foto. Pero aunque el gabinete terminara pintado de verde y blanco, la pregunta de fondo seguiría intacta: ¿qué quiere ser Antioquia en los próximos 30 años? Porque un ministerio es un cargo. Un proyecto regional es otra cosa.
El departamento más pujante de Colombia viene de tiempos turbulentos. Sus empresas y empresarios fueron atacados como nunca antes. A la par, un cambio cultural profundo y el nacimiento de clases emergentes transformaron por completo la forma como se piensa y se reinventa el departamento y su capital. Medellín ya no es la ciudad que sus élites creen administrar; es otra, con otros dueños simbólicos y otras ambiciones.
Y como si fuera poco, las nuevas corrientes de la política mundial están construyendo un orden de valores que dista mucho de los que Antioquia enarboló durante décadas. La Antioquia pujante y aguerrida sigue existiendo, pero existe en un mundo que le exige otro plan.
Aquí viene el golpe crudo y antipático: parte del rezago es autoinfligido. Una sociedad tan tradicional y metódica como la antioqueña presume de su disciplina, pero esa misma disciplina la vuelve lenta para cambiar. Lo que fue virtud en el siglo XX —el método, la ortodoxia, el “así se ha hecho siempre”— hoy puede ser un lastre. No todo fue culpa de Petro, ni del centralismo bogotano, ni de la mala prensa. Algo también se durmió adentro.
Por eso, independientemente de si Antioquia tendrá juego o no en el gobierno de Abelardo —que ciertamente será un gobierno amigo—, los paisas deben hacer una introspección sobre la región que van a ser, con o sin el Estado. Todo lo que le pasó a Medellín y a Antioquia en los últimos 10 años debe servir de insumo para entender el mundo de hoy y escudriñar esa nueva Antioquia que debe existir para los suyos y para el país.
Mientras tanto, Barranquilla le robó a Medellín el título de ciudad más ambiciosa y cambiante de Colombia. No es casualidad: la Costa entendió que el poder no se hereda, se disputa. Y lo está disputando también en el gabinete.
Que Antioquia no se duerma en los laureles. Que no le pase lo de Cali, la ciudad dorada de Colombia que, por la desidia de los suyos, se dejó morir en una profunda tristeza y amargura.
Los laureles son cómodos. Pregúntenle a Cali cuánto cuesta la siesta.