Cien años de Suenan timbres, la tomadura de pelo del poeta Luis Vidales

Hace un siglo, Luis Vidales publicó un libro que cambió para siempre la forma de hacer poesía en Colombia. ¿Cuál es la vigencia de Suenan timbres y de la posterior obra de Vidales?

  • Armando Orozco, Luis Vidales, Abel Rodríguez y Angelino Garzón en medio de un mitín en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Foto: Cortesía.
    Armando Orozco, Luis Vidales, Abel Rodríguez y Angelino Garzón en medio de un mitín en la Plaza de Bolívar de Bogotá. Foto: Cortesía.
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Luis Nelson Vidales Jaramillo (Calarcá, 1900-1990) no es sólo el mítico poeta de Suenan timbres (1926) sino uno de los fundadores, junto a Luis Tejada, Silvestre Zawinsky, José Mar, Moisés Prieto y Diego Mejía, del Partido Comunista Colombiano y una de las vidas de poeta alguno dignas de la novela.

Hijo de una pareja de masones radicales, vino al mundo en una vereda del viejo Caldas en plena Guerra de los Mil Días, por cuya causa solo fue bautizado cuatro años después de su nacimiento, pasando su infancia al cuidado de una vieja negra guineana, esclava manumisa, en el puerto fluvial de Honda, eje principal de la economía y comercio del país sobre el Río de la Magdalena, centro de distribución, sede de milicias y de jesuitas, de donde partió toda la navegación hacia el Caribe desde la colonización hasta bien entrado el siglo XX.

Cuando él y sus hermanos tuvieron edad para iniciar los estudios de secundaria, la familia se trasladó a Bogotá, ingresando el poeta al Colegio del Rosario, donde se hizo bachiller a los dieciséis años y aun cuando ya había participado en manifestaciones políticas, en tertulias literarias y discusiones ideológicas, ingresó como contable al Banco de Londres & América del Sud, marcando con estas actividades el resto de su vida: contador público, extremista de izquierdas y poeta de vanguardias.

Fue en aquellos tiempos cuando comenzó a publicar en los diarios capitalinos; se vinculó a Los Nuevos; dio a la imprenta su famoso libro, y decidió frecuentar la Escuela de Altos Estudios de París y luego [1928] fungió de cónsul del gobierno de Miguel Abadía Méndez en Génova ante Benito Mussolini, compromiso que abandonó para regresar al país y fundar, formalmente, el Partido Comunista, ser su Secretario General y verse excluido y degradado del Comité Central, acusado por desviacionismo trotskista por el estalinista Ignacio Torres Giraldo, obligándole a hacer pública profesión de obediencia y fidelidad:

“Declaro –firmó Vidales– que ceso toda oposición ideológica contra la actual dirección del partido y que en lo sucesivo aceptaré su política”.

Sólo en 1964, Gilberto Viera White le rehabilitó discretamente, luego de haberle despachado a las tinieblas exteriores por treinta años, con viajes a China y la Unión Soviética, o enviándole a colaborar con Alfonso López Pumarejo, Gabriel Turbay, Jorge Eliécer Gaitán, Eduardo Santos, Alberto Lleras Camargo y Carlos Lleras Restrepo.

Años en cuales se redimió siendo Director Nacional de Estadística, profesor de Historia del Arte, miembro de las redes de información y abastecimiento de armas de las guerrillas liberales. Siendo destituido de la Universidad Nacional por Roberto Urdaneta, vivió exiliado por once años en Chile, y otra vez perdonado, empleado en el DANE cuando recibió, ya bien entrado en la vejez, los Premios Nacional de Poesía y Lenin.

Entre 1930 y 1979 Vidales fue detenido y puesto en prisión 37 veces. La última con gran crueldad, a los setenta y nueve años, durante el gobierno del liberal Julio César Turbay, cuando en abril de aquel año, confundiéndole con su hijo Carlos, entonces miembro de la dirección nacional del M-19, allanaron el piso del poeta en la madrugada y en completa indefensión le condujeron a unas caballerizas del ejército, donde permaneció, casi desnudo, a merced de los insectos y la burla de los soldados.

Por último, sólo y enfermo, varios de los camaradas y líricos que decían cuidarle y bebían de su licor de malta, en un acto de admiración inigualable saquearon su pequeño refugio del barrio Teusaquillo, robando y luego cediendo a un conocido vate y librero de viejo, ya en los profundos infiernos, y a otras instituciones del género, los manuscritos de varios de sus libros, con caricaturas y documentos que permanecían inéditos o apreciaba mucho.

Vidales debe su gloria a Suenan timbres, así los poemas los compusiera como un acto de gamberrismo y tomadura de pelo de su tiempo. Lo cierto fue que acertó y de qué manera, tanta, como para que Borges y Huidobro le incluyesen al final de su Índice de la nueva poesía americana (1926).

En una ciudad iletrada, donde para ser presidente de la república era menester traducir a Horacio y Virgilio; que renacía entre las ruinas de la Guerra de los Mil Días y apenas conocía “el progreso” (la luz eléctrica, los teléfonos, los ascensores y el automóvil); literariamente adocenada por la sujeción a las tradiciones hispánicas y neoclásicas —(regida en las altas esferas por la inigualable música modernista del maestro Guillermo Valencia, y por Julio Flórez, en las chicherías y canchas de tejo de los barrios de artesanos y obreros)—, que un petimetre de veinticinco años se atreviera a publicar un tomo, irreverente y mordaz, titulado Suenan timbres, con “poesías” donde los patos mataban las escopetas, los borricos castigaban al mulero, las bacterias observaban a los científicos a través de las lentes y un nuestro señor Jesucristo fallecía bajo el peso de una gran medalla, tenía que despertar la curiosidad de los lectores y suscitar la descalificación de los especialistas, agotando una edición de unos pocos ejemplares.

Según contó él mismo, el libro lo publicó con dinero que le había prestado un compañero del banco donde trabajaba y que canceló, no con fama, sino con pura gratitud. Pero lo cierto es, y así lo atestiguan los registros, a nadie convenció ese mundo al revés de la nueva poesía, como no fuera a Luis Tejada y los amigos del Windsor.

“Iba a la Librería de Camacho Roldán donde el libro se había puesto a la venta. Me acerqué a Lagitos, rebosante de alegría, –dice Vidales en el prólogo a la segunda edición del libro en 1976– y le pregunté qué decían aquellos prosélitos de mi poesía. “¿Qué crees tú?” me respondió. “No he hallado uno solo que guste de tus versos. Todos dicen que quieren saber cómo es una poesía que no es poesía, que no es gramática, que no es prosa, que no es literatura en ningún sentido, que no es nada”

Humor, ironía, burla, desenfado, desfachatez, miradas sesgadas, los poemas de Vidales dieron en el clavo porque demolían el estado de cosas que conservaba en vilo una República Conservadora a punto de colapsar con la quiebra financiera de 1928. Todo lo respetable, establecido, aceptado y moralmente admitido, de buenas costumbres; toda la rima consonante y la estructura del soneto, se vino abajo con las piruetas metafóricas y los sustos del inconsciente que Vidales bebió en las botellas y licores del “espíritu de la época”, de La pipa de Kif (1919) de Valle Inclán y las Greguerías (1914) de Gómez de la Serna, sus maestros.

Fue ese derrumbe del “sentido común”; ese poner patas arriba todo lo que parecía sostenerse con firmeza, lo que dio eternidad a esos “poemas”, que nunca más volvió a escribir Vidales, porque ni el momento ni la palabra, es decir la historia, lo permitieron. La República Liberal fue apenas el preámbulo a la horrible pesadilla de la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial y La Violencia, cuando por otros motivos y una cobardía y cinismo inauditos, con la ayuda de la Gran Prensa, los Nadaístas quisieron reeditar la gran aventura verbal de Vidales, Tejada, De Greiff y Zalamea.

Luis Nelson Vidales Jaramillo, el político, ofrecía a sus fieles discípulos y asociados abominables textos celebrando los decretos del Partido Comunista Colombiano, condenando la masacre de los artesanos en la Plaza de Bolívar en 1918, el trabajo humillante de los campesinos o aplaudiendo el centralismo democrático y las diversas y combinadas formas de Lucha, las huelgas de los zapateros, las invasiones militares soviéticas a sus estados satélites, la tiranía de Fidel Castro o el servilismo de Roberto Fernández Retamar, e incluso, los versos delirantes y oportunistas de alguno de sus numerosos sobrinos líricos. Fue, como bien lo dijo alguien que le conocía y le adoraba, “confeso estalinista en todo momento”.

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