Gustavo Adolfo Yepes es un hombre alto, de presencia y postura firme, andar ágil y estilizado, aunque haya cumplido recién 80 años. Usa gorra vasca y camisa de manga larga. Guarda su teléfono en un estuche de cuero enganchado en la correa, donde además se pone la boina cuando no la está usando. Tiene un reloj inteligente. Es músico, compositor, arreglista, director de coros y orquestas, jurado de concursos, investigador y maestro por más de seis décadas. Ha creado más de ochenta obras para interpretación vocal, orquesta sinfónica y música de cámara; ha hecho aportes a la teorización de la gramática y la sintaxis de la música tonal. Tres de sus cinco hijos mayores ya pasaron los 50 años y los trata de “gordito”, con la dulzura del abuelo que es.
Conversamos en su oficina de Eafit, contigua al Patio de los Pimientos. Gustavo fue parte de la creación del Departamento de Música de esta universidad en 1998, al lado de Cecilia Espinosa y Andrés Posada, quienes décadas antes habían sido sus alumnos. Cuando lo convocaron por su experiencia a hacer realidad el hito de enseñar de manera profesional música en una universidad que tradicionalmente había sido de negocios, él ya había hecho algo similar en la de Antioquia y en la del Valle, así como en la Nacional en Bogotá.
En la de Antioquia tuvo que recordarle al consejo académico que la música había estado en el pensum de las universidades medievales, al lado de la aritmética, la geometría y la astronomía, antes que otras carreras como la medicina y la economía. Esas cuatro materias que conformaban el quadrivium hacían parte de las ciencias exactas y la base del conocimiento científico y matemático. Y en ese contexto define la música como el arte de contar de quien no se da cuenta que está cuantificando, del que está calculando sin darse cuenta que está calculando, un cálculo con emoción, que es donde la ciencia y el arte se encuentran.
Gustavo Yepes recuerda que en el colegio de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín era uno de los que mejor cantaba. Con su hermano Mario, cómplice en varios proyectos culturales, iba a la casa de uno de los amigos de sus papás y vecino del barrio San Joaquín, Gabriel Villa Villa, quien escribió las notas culturales en El Colombiano por mucho tiempo, era muy aficionado a la música clásica y tenía una amplia discoteca de discos de 78 revoluciones; los invitaba a escuchar música y se las explicaba; les regaló los primeros discos que fueron una versión para orquesta del Ballet Sílfides de Chopin, la quinta sinfonía de Beethoven que eran como seis o siete discos, y luego nada menos que la novena sinfonía de Beethoven. Pronto también asistieron a conciertos de la pequeña Blanca Uribe, quien ya había comenzado a presentarse como una destacada pianista de la ciudad formada en otros países.
Luego, a los dos los mandaron para el IMEY, Instituto de Misiones Extranjeras de Yarumal, donde estudió primaria, bachillerato y dos años de filosofía. Allí conocieron lo que Gustavo nombra como lo mejor de la Iglesia: la música y el idioma. “Fui maestro de capilla, y aprendí no solo a tocar órgano sino a dirigir coros y a disfrutar con Bach y Monteverdi. El seminario era como un pequeño conservatorio”. Su hermano Mario, lo dirá así en una entrevista posterior: “Yo, que soy agnóstico, soy un verdadero fanático de la música religiosa que la iglesia fue desechando: la música de la Edad Media, del Renacimiento, del romanticismo, de los grandes compositores, de Bach, Beethoven, Mozart, Monteverdi. El impacto que eso tuvo en nuestra vida fue indescriptible, para él como músico y para mí como aficionado”.
En una Semana Santa estuvo en Mitú con el IMEY y se cuestionó que cantaran en latín a unos indígenas que ni hablaban español y sobre la razón para cambiarles la religión si ellos tenían sus propias creencias. “Además había que cumplir con los votos de pobreza, castidad y obediencia y como que ninguno de esos me cuadraba. Así que me retiré”.
Tenía 18 años. Estudiar música, que era lo que sabía quería, no era una opción avalada por su papá, el abogado conservador y magistrado Emilio Yepes Builes. “Comencé ingeniería química en la UPB y perdí hasta el examen de música. Es que en el seminario uno no tomaba decisiones, uno seguía la campana. Luego de ese primer período, le dije a mi papá que, dado que no podía estudiar música, me inscribiría en la Universidad Nacional a estudiar Ingeniería de minas y metalurgia. Mientras tanto daba unas clases en Bellas Artes. Yo era el único que podía tocar piano y acompañar cantantes porque a los pianistas no les gustaba”.
Cuando se debía ir a Acerías Paz del Río para poder graduarse, lo nombraron profesor del Conservatorio de la Universidad de Antioquia, así que no culminó sus estudios. “Más adelante en una amnistía de la Universidad, obtuve mi diploma de ingeniero y se lo llevé a mi papá, pero ni sé ni dónde está ahora”.
Mientras estudiaba ingeniería, hizo parte de la Coral Tomás Luis de Victoria y allí conoció a su entrañable amigo, el maestro Rodolfo Pérez González. Con él y su hermano Mario conocieron la ópera y montaron varias a lo largo de su carrera, tanto en Medellín como en Bogotá, donde lideró la Nueva Ópera de Colombia con el respaldo de Gloria Zea.
En un homenaje que se realizó en la Cámara de comercio de Medellín a finales de noviembre pasado, Teresita Gómez, Blanca Uribe y otros compañeros y ex alumnos reconocieron su legado, así como el aprecio que siempre se han tenido.
***
Se ha casado dos veces. Su primera esposa, cantaba con sus hermanos en el Coro de la Universidad de Antioquia. Se enamoraron cuando él tenía 25 años y ella 16. “A las dos las conocí en los coros. Uno de los compañeros en la Universidad de Antioquia decía, con razón, ‘de las cosas más peligrosas que hay, es un coro. De aquí han salido nueve matrimonios’”.
“Tanto la familia de mi mamá como la de él eran muy musicales y las fiestas eran extraordinarias porque se reunían a cantar y a tocar guitarra”, dirá luego su hijo Andrés, quien es cantante lírico y profesor de música en la Universidad de Antioquia.
En 1979 la pareja se trasladó a Cali porque Gustavo comenzó a dirigir la Orquesta Sinfónica del Valle. Ya tenían cuatro hijos, asistían a los conciertos de la orquesta y comenzaron a estudiar en el conservatorio. En la casa tenían piano. Todos los amigos músicos iban y las fiestas eran animadas, muy bohemias, porque todos tocaban y cantaban. Hasta a los niños los filaban y los ponían a cantar. Luego los acostaban, pero ellos se levantaban para seguir la fiesta a escondidas.
En 1985, Gustavo fue admitido para estudiar un máster en dirección en la Universidad Carnegie-Mellon, Pittsburgh, Pennsylvania. Vendieron todo y la familia se fue para Estados Unidos. Los hijos se acuerdan de que lo que habían conseguido, el apartamento, los cuadros, los muebles sirvieron para vivir dos años allá, con mucha estrechez, sus padres se separaron.
“Uno se iba con una beca, con el pomposo nombre Simón Bolívar, pero eso era como quien dice la sexta parte de lo que hubiéramos necesitado para vivir bien. Me tocó trabajar en muchas cosas, hasta manejé un bus que recogía estudiantes en las cercanías de la universidad. Daba clases en el pregrado, clases de música en inglés. Yo, por fortuna, tenía el inglés y el francés bastante cuadraditos y por la necesidad, funciona porque funciona”.
Más adelante también estudió alemán para comprender mejor el repertorio clásico y adelantar estudios de verano que realizó en la década de los ochenta en Salzburgo y en Viena, donde fue instruido por el gran maestro Herbert von Karajan.
—¿Qué tal esa experiencia con Karajan?
—¡Fenomenal! Hablaba perfecto español, bueno hablaba chileno porque estaba casado con una chilena. A los que hablábamos español que éramos tres o cuatro, nos invitó a tomarnos un café. Una hora y el hombre hablando en español y contándonos todas sus experiencias.
—Como que era muy estricto...
—Salí a dirigir delante de él y levanté la mano y empezó a sonar la orquesta de estudiantes del conservatorio Mozart de Salzburgo y entonces escuché un grito tremendo y él preguntó por qué no paraba. Yo dije que estaba esperando a terminar la frase, y él respondió de inmediato: “Cuando está desafinado no se termina ni la nota”. Después salíamos a tomar café con él como si nada hubiera pasado, pero en la clase era terrible.
Volvió a la Universidad del Valle, pero tuvo diferencias. Se presentó a una convocatoria en la Universidad Nacional de Bogotá. En el coro de la universidad conoció a su segunda esposa. Con ella tuvo a su quinto hijo, Juan Camilo, que hoy es cantante lírico profesional y tras estudiar música en Eafit, vive en Alemania.
Gustavo volvió a Medellín en 1998. Fue decano de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia y luego se vinculó como profesor a Eafit. Aún imparte Armonía y Contrapunto para estudiantes del cuarto semestre. Llega minutos antes de las 7:30 de la mañana y saca de una amplia cartuchera varios marcadores negros, azules y verdes que coloca en orden sobre el piano Yamaha y los va tomando para llenar los pentagramas del tablero.
Los últimos años ha estado dedicado a la investigación. No comprende el “desinterés por el pensamiento complejo” y cree que el feísmo está marcando la sociedad, “porque el arte debería tender a la belleza”. Le impresiona la pobreza de la música actual: “Un campesino nuestro del siglo pasado con un tiplecito cantaba una canción que tenía cuatro acordes. Ahora en cambio se hace una música con un solo acorde, una pobreza impresionante y del lenguaje ni hablar”. Aun así, cree que la música sigue mostrando el camino: “Las técnicas de orquestación y armonía nos enseñan la presentación de una opinión preponderante sin necesidad de acallar o apabullar a las demás y el contrapunto enseña cómo oponer en contraste constructivo e igualitario, opiniones diversas”.
Aún así, considera que la música sigue mostrando el camino “Las técnicas de orquestación y armonía nos enseñan la presentación de una opinión preponderante sin necesidad de acallar o apabullar a las demás y el contrapunto enseña cómo oponer en contraste constructivo e igualitario, opiniones diversas”.
