La literatura del barrio: una deuda con la voz de las mujeres

Las narrativas de Medellín han sido territorio de hombres. Es hora de escuchar a quienes narran desde la olla hirviendo y el cuidado.

hace 2 horas
  • En 2009, Vanesa Peralta fue ganadora del premio “niño lector” que entregaba el Colegio Palermo. Foto: El Colombiano
    En 2009, Vanesa Peralta fue ganadora del premio “niño lector” que entregaba el Colegio Palermo. Foto: El Colombiano
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Nací y crecí en un barrio de Medellín. Soy de la generación de los ochenta, hija de la educación pública y de esa inmensa legión de madres solteras que sostuvieron con uñas y dientes casas hechas a medias, sueños en letargo y silencios enteros. Desde pequeña supe —al menos así lo viví yo— que ser niña en el barrio era moverse con cuidado. La calle existía, pero no era igual para todos: mientras los niños parecían moverse con mayor libertad —jugaban en la esquina, se quedaban hasta tarde, hacían de la calle su zona—, esa misma libertad los volvía carne de cañón, presa fácil para las bandas, para el reclutamiento, para la muerte temprana. Varias de nosotras, en cambio, habitábamos la calle con otra carga: la del cuerpo siempre bajo escrutinio. A nosotras no solían reclutarnos para disparar, pero sobre nuestros cuerpos infantiles se proyectaban deseos que no nombrábamos, pero que estaban ahí: en los comentarios, en las miradas, en los silencios. Vecinos, tenderos, profesores, hombres armados: todos ejercían una vigilancia atravesada por el deseo, por la idea de que podían disponer de nosotras. En ambos casos —tanto para niños como para niñas— operaba una red de opresiones entrelazadas: de clase, de raza, de entorno. Lo que cambiaba era el modo en que se nos marcaba. Aun así, entre esas limitaciones, florecieron también los afectos, las estrategias, la fuerza comunitaria. Hay tantas formas de ser mujer —y de ser infancia— en el barrio como personas que lo habitan.

1. El barrio en la literatura colombiana, una historia de hombres

Las narrativas sobre los barrios medellinenses de los ochenta y noventa han sido, en su mayoría, escritas por hombres. Gilmer Mesa, Helí Ramírez, Luis Miguel Rivas, Víctor Gaviria... todos ellos han sido fundamentales para construir la memoria literaria de estos territorios. Han narrado el miedo, tejido una geografía de la rabia, el plomo, el asfalto caliente, el parche, la esquina, la banda, el deseo. Pero hay algo que falta.

Y ojo, no estoy diciendo que me parezca mal que esos escritores de barrio existan. Al contrario: qué bien que hayan dejado testimonio de lo que fue vivir en Medellín en los ochenta con toda su crudeza, sin tapujos, desde el lugar que les correspondía. De hecho, lo que más valoro de muchos de ellos es que, al menos, no han intentado apropiarse de nuestra voz. No han hecho ese ejercicio risible y ofensivo de narrar como si fueran mujeres del barrio, de escribir desde un “yo femenino” solo para conmover o ganar becas. Una vez leí un texto en el que un poeta se inventaba cartas de madres con hijos desaparecidos por la violencia, usando un lenguaje rebuscado, forzadamente “sensible,” que no tenía nada que ver con la verdad ni con el duelo de esas mujeres. Y claro, la literatura permite el juego de voces, las posibilidades narrativas son infinitas, nadie lo niega. Pero hay una línea muy clara entre el gesto estético y el oportunismo emocional. Entre el homenaje y el robo simbólico. Usar el dolor ajeno como plataforma de conmoción para obtener aplausos es, simple y llanamente, un acto de apropiación brutal. Y de eso también hay que hablar.

Ahora bien, falta que se escuchen otras formas de habitar el barrio. La voz de quienes tuvieron la calle a medias, entre juegos y vigilancia, entre risas y advertencias. La de quienes no pudieron escribir porque el cuidado de otros ocupaba todo su tiempo o porque debían invisibilizarse para protegerse. La mirada que no siempre estuvo en la esquina, sino también detrás de la cortina, viendo pasar a los que podían estar afuera más libremente. Faltan las narradoras del barrio, con sus múltiples experiencias: las que resistieron en silencio, las que rieron fuerte, las que cuidaron, las que también deseaban y se equivocaron. Porque el barrio siempre fue múltiple, pero desde la literatura aún falta muchísimo para nombrar esa diversidad.

No porque sea tierna, ni valiente, ni inspiradora. Sino porque está hecha de rabia, sí, pero también de deseo, hartazgo y persistencia; de silencios tragados durante años y de momentos de risa breve que no borraban el peso de la escasez; de memorias de haber sido vista solo como cuerpo disponible, pero también de momentos de comunión, de fuerza compartida. Narrar, para nosotras, no es solo una decisión estética, es una decisión vital. Es escribir desde los zulos —como dice Dahlia de la Cerda—, aunque toque hacerlo entre el cansancio y la olla hirviendo, entre la jornada laboral y el cuaderno escondido. Porque antes de cualquier historia hay que sobrevivir al hambre, cuidar al que enferma, acompañar al que no regresa y, aun así, inventar un espacio para la palabra.

2. El estrato socioeconómico y la posibilidad de escribir

Escribir no es solo tener algo que decir, es tener las condiciones para hacerlo: tiempo, calma, un cuerpo alimentado, un lugar donde nadie interrumpa, libros al alcance. Todo eso —lo sabemos— es privilegio. En Colombia, como en casi todo el mundo, los privilegios han tenido nombre, apellido, estrato y colegio. No es casual que muchas de las escritoras más visibles en el panorama literario —como Carolina Sanín, María Ospina Pizano o María Gómez Lara— hayan crecido en entornos donde la escritura era una posibilidad real y no un milagro.

Pero cuando bajamos la mirada hacia los barrios, las cosas cambian. En muchos hogares, la escritura es un lujo inconcebible. Las niñas y jóvenes de los barrios populares empiezan a trabajar desde temprano, asumen responsabilidades familiares desde pequeñas, crecen sin tiempo ni espacio para sí mismas. La idea de “ocupar la palabra” no cabe cuando hay que encargarse de los hermanitos, ayudar en la tienda familiar, cuidar a los abuelos en su último lecho. ¿Dónde queda entonces la posibilidad de la creación? ¿Dónde cabe la poesía cuando el día a día te exige sobrevivir?

Son escasas las escritoras colombianas que han emergido de estas condiciones y han alcanzado reconocimiento nacional. Las hay, sí. Lucía Estrada, Mery Yolanda Sánchez, Martha Quiñónez, entre otras. Algunas hijas de la universidad pública, todas con trayectorias que podrían parecer, en términos estadísticos, anomalías. Ellas han escrito contra todo pronóstico, desde una precariedad que nunca romantizan, desde un mundo donde el arte no era herencia ni patrimonio, sino insistencia.

Y es que escribir desde el barrio siendo mujer es, todavía, una lucha contra las estadísticas. Un pulso diario contra la realidad que no da tregua para imaginarse escritora. Por eso, cuando una mujer del barrio logra escribir, hay que leerla con la atención que se le da a quien ha tenido que abrirse paso en un terreno que le dijeron que no era suyo.

Lo más desolador de este panorama es que no estamos diciendo nada nuevo. Lo sabemos, lo repetimos, lo señalamos en conversatorios, columnas, tesis, cafés. Parece una obviedad tener que insistir en esto, pero aun así los patrones se repiten con descaro, una y otra vez. Hemos tratado de ponerle freno, de abrirle paso a nuevas voces, de instalar una conversación más justa, pero las estadísticas y los focos siguen apuntando hacia los mismos. Se ha dicho que la mejor literatura colombiana contemporánea la escriben mujeres. Hay artículos, festivales, ciclos que lo celebran. Pero cuando se habla de la literatura del barrio, cuando se premia, cuando se visibiliza, las voces masculinas vuelven a ocupar el centro como si nada. Poetas y narradores cuya épica de la calle sigue siendo idealizada, romantizada, publicada y comprada. Lo que más inquieta es cómo ciertos escritores hombres han convertido en épica literaria lugares comunes de la calle (la bareta, el antro, el sicariato, la esquina), mientras que las experiencias reales vividas por mujeres en estos contextos les son sólo útiles cuando sirven para ahondar en el contexto de los hombres protagonistas de sus historias, es decir, han quedado invisibilizadas o deslegitimadas como materia literaria central. ¿Por qué algunas de las experiencias de los hombres pobres y racializados del barrio pudieron convertirse en literatura y memoria colectiva, mientras que las nuestras siguen peleando por existir en la página?

Tampoco se trata de construir un relato totalizante sobre “la mujer del barrio” como víctima pura, como símbolo sagrado del dolor. Hay muchas, muchísimas formas de ser mujer en un barrio popular y todas deben poder narrarse. La mujer que sobrevive objetualizándose estratégicamente, que ha aprendido a moverse con el deseo que provoca; la que maltrata, humilla, golpea, asesina; la que reproduce la violencia de los hombres y la encarna; la madre ausente, la tía cómplice, la amiga traidora, la matrona que manda más que todos. Todas esas formas existen y son reales, aunque incomoden. A veces, por querer equilibrar la balanza del daño histórico, nos olvidamos de que lo verdaderamente político es contar las cosas como son, en su crudeza y contradicción. La mujer del barrio no es sólo un cuerpo vulnerado ni un símbolo de resistencia: es un campo múltiple, una arista más de lo que no ha sido escrito desde lo legitimado.

3. ¿Han existido escritoras del barrio, pero sin reconocimiento?

Las hay. Las ha habido. Y han escrito con rabia, con ternura, con filo, con cansancio, con deseo y con una voluntad enorme de nombrar. Pero casi ninguna ha sido visibilizada por los “circuitos oficiales” de la literatura. No han sido reconocidas por el canon ni por los medios ni por los jurados que repiten entre sí los mismos apellidos. No es que no hayan escrito. Es que sus textos se han quedado en los márgenes de los márgenes. En los talleres zonales, en las antologías de circulación mínima, en los blogs personales o, peor, en los cuadernos que nunca nadie lee.

El año antepasado trabajé en el Plan Ciudadano de Lectura, Escritura y Oralidad de Medellín y fui testigo del poder transformador de algunos de estos procesos. Desde la línea de Fomento a la Lectura, Escritura y Oralidad, hubo al menos tres proyectos que incentivaron de manera potente la escritura de las mujeres en los barrios populares: el II Festival Alguien dice tu nombre: narrativas de mujeres, liderado por un colectivo del mismo nombre que creó un espacio donde se dignificó la palabra femenina desde lo íntimo y lo político; Escrituras íntimas y colectivas de mujeres, un proyecto recio a cargo de Dayana González Mosquera que reunió voces múltiples con miradas profundas en el barrio Santa Cruz; y Relatos femeninos, de Mimonerías Clown, que trabajó con mujeres pacientes oncológicas de la comuna 10 que encontraron en la escritura una forma de narrar lo indecible.

Estos procesos existen. Son reales, vivos, importantes. Pero otra vez, su alcance es zonal, marginal, subterráneo. Mientras tanto, las grandes narrativas de barrio que siguen siendo reconocidas, citadas y publicadas en editoriales comerciales siguen viniendo en su mayoría de voces masculinas. Las entrevistas se las siguen haciendo a ellos, el eco de sus nombres sigue creciendo.

También hay muchas experiencias valiosas financiadas por Presupuesto Participativo en Medellín: talleres, encuentros, clubes de escritura en los que mujeres del barrio han comenzado a narrar sus vidas con fuerza y belleza. Pero muchas veces estos procesos terminan siendo apenas una forma de garantizar honorarios de subsistencia para talleristas durante unos pocos meses. Se hace mucho. Se legitima poco. Lo que no circula, no existe para los sistemas de poder cultural. Y lo que no se reconoce, se extingue.

¿Dónde están las escritoras del barrio que crecieron viendo a sus madres lavar la ropa de otros? ¿Dónde están las que tuvieron que guardar sus diarios entre las toallas o la ropa interior para que nadie los leyera? ¿Las que aprendieron a leer con las novelas de la vecina, las letras de las canciones de plancha y los volantes religiosos? ¿Quién recoge sus historias? ¿Quién las legitima? ¿Quién se atreve a leerlas sin corregirles el tono, sin pedirles mesura, sin decirles que así no se escribe? ¿Cuántas de ellas siguen creyendo que sus palabras no valen porque nadie las aplaudió a tiempo? ¿Y cuántas más se cansaron de intentar gritar en un cuarto cerrado? ¿Quién decide qué es literatura y qué es apenas testimonio, grito, mugido, sombra? ¿Hasta cuándo va a ser necesario escribir textos como este para decir lo obvio? ¿Cuántos silencios más vamos a llamar “ausencias”?

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