Sofía Gómez Uribe: la historia de sus récords en el abismo oceánico

Exploramos la claridad y la oscuridad, el sacrificio y el disfrute que hay detrás de las marcas de la apneísta Sofía Gómez Uribe.

  • Sofía Gómez Uribe es una de las mejores apneístas del planeta: nació en Pereira, pero ha hecho de Medellín su ciudad, su lugar en el mundo. Fotos: Daan Verhoeven
    Sofía Gómez Uribe es una de las mejores apneístas del planeta: nació en Pereira, pero ha hecho de Medellín su ciudad, su lugar en el mundo. Fotos: Daan Verhoeven
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Mientras comía buñuelo y tomaba café, sentada en una oficina llena de cámaras y micrófonos en Envigado, la apneísta Sofía Gómez Uribe dijo riendo que todo en ella era muy predecible. El comentario fue un chiste después de ver las luces azules que el equipo de video de El Colombiano puso en la sala de podcast para ambientar el lugar. Para seguir el tono de la conversación, un periodista dijo que por eso se había puesto una camisa azul para entrevista. La reina de la apnea colombiana se miró uno de los anillos que tenía en la mano y se rio: era una ola del mar.

Sofía llevaba cerca de diez minutos en el periódico. Aquel martes de diciembre de 2025 madrugó para arreglarse. Antes de salir de su casa subió una historia a Instagram —la red social a la que le dedica tanto tiempo— en la que dijo que se había “emperifollado” para dar una entrevista. Después condujo por la ciudad. Waze la orientó hasta Envigado, porque, aunque lleva más de diez años viviendo en Medellín, aún se “embolata”. Llegó en su carro azul y, en el parqueadero, se encontró con este escribiente.

Después de entrar por la puerta principal del edificio, subimos por las escaleras. Sofía iba a seguir para el tercer piso, donde quedaba la antigua redacción. La última vez que había visitado el periódico fue antes de la pandemia. Entonces era la “nueva estrella” del deporte colombiano. Tenía tres récords mundiales de apnea. Todos los consiguió en poco tiempo. No sabe cuánto, pero calcula que alcanzarlos le llevó tres o cuatro años. Sofía salió del anonimato en 2015, cuando el periodista conocido como Pirry compartió una foto suya en redes sociales después de una inmersión de 90 metros. En 2016 bajó 95 metros en el agua. En 2017 la inmersión fue de 97. Esa distancia fue su techo varios años.

Foto: Daan Verhoeven
Foto: Daan Verhoeven

En Sofía Gómez nada es predecible. Es 16 de diciembre. En la noche empiezan las novenas. El mes va en la mitad. La deportista, que a finales de noviembre de 2025 estableció un nuevo récord panamericano con una inmersión de 110 metros en Dominica —la isla del Caribe que es su segunda casa y en la que pasa 4 meses cada año—, solo come buñuelos a fin de año: “Para mí son sinónimo de navidad: la fruta de temporada”. Sin embargo, esta vez no había comido ninguno. El primero fue uno comprado en una panadería de San Antonio de Prado, que disfrutó antes de iniciar una conversación que duró más de una hora en la que intentamos inmiscuirnos en lo profundo de su mente.

Sofía sonríe todo el tiempo, lleva una felicidad contagiosa. Piensa rápido. Por eso habla con velocidad y algunas veces se le tropiezan las palabras. Cuando se le conoce, se comprueba que es la misma persona que uno ve en redes sociales. Ella dice: “Todo el tiempo soy yo. No tengo un personaje”.

Sofía siempre tiene el pelo suelto, bien cuidado —brillante, a pesar de la sal, el sol, el cloro—. “Que viva el despeluque”, dice. En todo de ella hay una intensión. Su percepción de la vida es medio hippie. Se hizo apneísta, que es la disciplina “alternativa”, “el emprendimiento” de la natación, cuando desde niña se dedicó a nadar con aletas en piscinas. Eso la trajo a Medellín para representar a Antioquia; también fue lo que la llevó a estudiar ingeniería civil en la Universidad de Medellín donde, mientras cursaba los últimos semestres, después de disfrutar las clases de urbanismo, movilidad sostenible, suelos y sufrir las de diseño estructural, empezó a practicar apnea.

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“La apnea es un deporte muy solitario, una meditación activa. Cuando uno la hace se enfrenta con uno mismo, con pensamientos complicados. Lo único que me comunica con la superficie es una cuerda. Hay un momento en el que quienes me pueden salvar la vida me dejan de ver. Siempre bajo sola. Me los encuentro únicamente cuando voy subiendo, en los últimos 40 metros”, dice Sofía, quien hace dos años superó, por primera vez, la barrera de los 100 metros.

Descender tres dígitos es una obsesión para los apneistas. Sin embargo, conseguirlo no es fácil. Para alcanzar esa inmersión hay que vencer muchos demonios. ¿El más grande? La mente. Caer hacia el vacío, ir hacia un fondo tenue y oscuro, viendo cómo se aleja la luz del sol durante más de tres minutos y, en ese tiempo, no poder respirar, sentir que el cuerpo se llena de dióxido de carbono mientras los pulmones se recogen, los tímpanos se dilatan, el sistema nervioso se extravía. En el mundo hay muchos deportistas que lo intentan, pocos lo han logrado.

Foto: Daan Verhoeven
Foto: Daan Verhoeven

Los 110 metros que bajó Sofía Gómez en 2025 están entre las 10 mejores marcas en la historia de la apnea. Ella dice que es la sexta más alta. Encontrar los datos es complicado. La apnea tiene dos “entes rectores”: la Confederación Mundial de Actividades Subacuáticas (CMAS) y Asociación Internacional por el Desarrollo de la Apnea (AIDA). La primera es la oficial. La segunda nació como respuesta a cuando se quisieron prohibir las inmersiones para evitar accidentes como los que genera la enfermedad por descompresión, que se produce cuando el nitrógeno pasa a la sangre y se vuelve burbuja generando trombos, derrames, parálisis. Ante mayor profundidad, más riesgo.

En la modalidad de Peso Constante con Monoaleta, en la que compite Sofía, la plusmarca la tiene la eslovena Alenka Artnik, que en julo de 2025 bajó 123 metros en Las Bahamas. Se demoró 3 minutos y 46 segundos. Gómez espera llegar en algún momento ahí —o más abajo—. Sin embargo, sabe todo lo que cuesta avanzar: pasar la barrera de los 99 metros le costó seis años.

“Después de llegar a 95 metros en 2017, no era capaz de avanzar. Sentía que no podría hacer más metros. Pensaba que no estaba lista y no era lo suficientemente buena para hacerlo. Veía a un par de personas hacer 100 metros y decía por qué pueden y yo no. 100 es un número increíble, una cosa de tres dígitos, enorme. También una pared mental. Yo sentía miedo al hacer una inmersión. No estoy preparada. Dejé que pensamientos negativos me llenaran la cabeza”.

Ese pensamiento no llegó por azar. Fue consecuencia de la presión que Sofía vivió cuando se convirtió en una “estrella”. Sentía la necesidad de hacer récords. Era un tiempo complicado: con las redes sociales todos quieren fama y viralidad. Sofía se convirtió en una estrella del Instagram. Llegaron los patrocinadores, y algunos querían cosas nuevas, nuevas muecas, nuevos destinos de paraíso, inmersiones más tenaces. La apnea se convirtió en una carga.

Foto: Daan Verhoeven
Foto: Daan Verhoeven

Con la fama, la vida de Sofía cambió por completo. Se fue de Medellín. Se radicó en Bogotá. Se casó, pero la relación no funcionó. Se separó. Del tema no le gusta hablar, pero dice que “una tusa es una muerte, una de las peores cosas que le puede pasar a cualquier persona”. Tocó fondo. Sintió que vivía el momento más horrible de su existencia. Entonces viajó a Dominica para entrenar. Estando allá ocurrió una tragedia que la removió, le mostró la luz en la oscuridad.

Era la temporada de mangos. Uno de sus mejores amigos de la isla vio un par maduros, comibles, en la rama de un árbol. Subió para cogerlos. La rama en la que estaban era joven. No soportó el peso. Se rompió. El hombre se fue al vacío. No había nada en medio del punto donde estaba y el suelo. Cayó, con las piernas abiertas, en un muro. Se fracturó la vértebra T11.

Dominica es una isla pequeña del Caribe, con un sistema de salud precario. En el hospital al que llevaron al amigo de Sofía se demoraron 8 horas para ponerle morfina. Le hicieron una radiografía, les dijeron que no volvería a caminar. Sofía se desesperó. Requería una cirugía de urgencia. No la podían hacer en Dominica. Debían llevarlo a Martinica, una isla francesa, con sistema de salud francés, que queda cerca en el Caribe. La forma rápida de llegar era en helicóptero. Sin embargo, las condiciones climáticas no permitieron alzar el vuelo rápido.

Al fin llegaron a Martinica, fue operado. Tres meses después el hombre, a quien considera muy terco, volvió a caminar. Quienes lo han visto dicen que no se le nota el problema. Ese milagro revivió la pasión de Sofía por la apnea. “Después de esa situación empecé a pensar que no le podía prestar tanta atención a este deporte, que hay cosas más importantes en la vida. Pensé que debía disfrutarlo de nuevo. Me resté presión. Empecé a pensar en hacer los 100 metros porque me gusta, no porque lograrlo cambiaría mi vida”. En 2023 derribó la barrera. Logró los 100 metros. Para 2024 estableció el récord panamericano, cuando bajó 106 metros. Ahora, su marca es un número redondo: 110.

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Dice Sofía: “La vida de las personas es muy rutinaria. La gente cree que no, que uno todos los días hace algo nuevo. La vida es una repetición de la repetidera para lograr la maestría en algo. La rutina es una maravilla, pero la tenemos satanizada. A la gente le aterra levantarse a la misma hora y hacer lo que debe porque cree que todo el mundo tiene vidas tremendas. En mi caso piensan: Sofía vive en una isla, qué bacano. Sin embargo, me levanto siempre a las 7 de la mañana, entreno... De no haberlo hecho, no hubiera logrado los récords que tengo”.

A sus 33 años, Sofía disfruta como nunca la apnea. El 2025 fue el “año de la resurrección”: volvió a ser una con el agua, a disfrutar “el mundo” que es cada inmersión. Tras descender 110 metros, el cuerpo siente acumulación de ácido láctico. Además, está lleno de cortisol, la hormona del estrés, porque hay mucha adrenalina y una presión que no es natural. Por eso, los entrenamientos son acumulativos: bajan, cada que lo hacen, una distancia y la aumentan gradualmente los días siguientes.

Antes de la inmersión de 110 metros, Sofía entrenaba día de por medio. Era necesario para bajar el cortisol, encontrar el punto de equilibrio. Bajó cantando —en su mente—, la canción “Magnolias” de Rosalía, que es épica, estallada y habla de la muerte. Cuando Gómez subía de regreso a la superficie iba llena de vida: “Sonreía a los buzos que me acompañaban. Estaba feliz. Cuando salí, mi cuerpo estaba lleno de serotonina y dopamina. La alegría era muy grande”.

Las hormonas que dan felicidad son adictivas. El efecto que generan es parecido al de las drogas en una fiesta: el ánimo y la energía suben. Sin embargo, después del “party” ese efecto baja. Lo mismo ocurre cuando se practican deportes extremos como la apnea. Después de la inmersión del récord, Sofía Gómez sintió una tristeza profunda. No la entendía. “Cuando uno hace apnea está en un viaje, llega a unos estados de consciencia tremendos. Por eso hay algo de placer en esto, en pensar que uno ‘juega con la muerte´. Es como saltar en paracaídas: hay algo de sufrimiento, pero también mucho placer”.

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En Colombia vivir del deporte no es fácil. Menos de uno “alternativo”, como la apnea. Sofía vive de la “marca” que sus logros en el agua le ayudaron a construir. También de la fidelidad de la comunidad que tiene en redes sociales: es una creadora de contenido. No le pagan por hacer apnea, pero cree en el deporte, por eso aceptó ser presidente de la Liga Antioqueña de Actividades Subacuáticas. Ese es el motivo por el que quiere seguir ligada al deporte, practicar apnea hasta que el cuerpo no aguante más. Por fortuna es una actividad de longevidad alta. En competencias participan personas de hasta 70 años. Ella espera competir un par de décadas más. “Yo afán no tengo”, dice entre risas cuando le pregunto por un nuevo récord.

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