Se contuvo. Cuando terminó la final del Mundial de Norteamérica, Lionel Messi no lloró. Solo se quedó mirando, con cara atónita, a un punto fijo mientras muchas personas –rivales, compañeros–, llegaban a abrazarlo. Después, se quedó sentado en la cancha del estadio MetLife y, con algo de frustración en el rostro, se quitó los guayos, las medias, las vendas, las canilleras, y se puso en la pose de un adolescente que siente una tristeza que lo supera.
Después pasó por el “túnel de honor” que hicieron los españoles para recibir la medalla de plata, de manos del presidente de la Fifa, Gianni Infantino, y del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, en la tarima de premiación.
Luego, cuando se bajó y se puso de pie frente a la tribuna donde cientos de argentinos, con pañuelo en mano, con la camiseta ondeando, gritaban su nombre: “Messi, Messi”. En ese momento se quebró. Lloró unas lágrimas amargas que no pudo contener más. Pensaba, seguro, que se le escapó la opción de un segundo Mundial, pero también en que ese juego, ante España, fue el último de su carrera en el torneo que siempre soñó ganar.
¿Cómo quedó el historial de Lionel Messi en los mundiales?
Además, es el segundo máximo goleador de la historia del torneo: en sus 6 participaciones anotó 21 goles. Solo lo superó el francés Kylian Mbappé, quien con 10 anotaciones en Norteamérica llegó a 22 en la misma cantidad de partidos y es quien ostenta este récord, y eso que apenas tiene 27 años.
Messi, a pesar de no haber logrado el bicampeonato, quedará en la historia de los mundiales y, para muchos, se ratificó como el mejor jugador de la historia. Sus lágrimas, al final del partido contra España en Nueva York, fueron un cierre amargo para un futbolista que le dio muchas alegrías a los aficionados al balompié en los últimos 20 años.