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¡Viva Elon!

Para muchos activistas Elon Musk es un odioso millonario. Para la historia económica podría resultar siendo la persona que más haya contribuido al progreso material de la humanidad en el siglo XXI.

hace 15 horas
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  • ¡Viva Elon!

Por Luis Guillermo Vélez Álvarez - opinion@elcolombiano.com.co

Al inicio de la Revolución Industrial hubo quienes denunciaron a James Watt por enriquecerse con la máquina de vapor; más tarde, a George Stephenson lo condenaron por lucrarse con el ferrocarril y a Henry Ford lo vilipendiaron por acumular una inmensa fortuna fabricando automóviles.

Algo semejante ocurre en esta época con los informes anuales de Oxfam denunciando, con tono de indignación moral, que los ricos son cada vez más ricos. Los titulares se repiten ad nauseam: el uno por ciento posee más riqueza que el resto de la humanidad. El mensaje implícito o explícito es siempre el mismo: algo anda mal, hay que redistribuir gravando las grandes fortunas.

Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿de dónde salió esa riqueza?

Los informes de Oxfam no son más que registros envidiosos de activos y patrimonios financieros: contabilidad. Pero la economía no es contabilidad. La economía se ocupa de entender cómo se crea la riqueza material, es decir, los bienes y servicios que satisfacen necesidades del cuerpo y la fantasía; cómo aumenta la riqueza con el aumento de la productividad y cuáles son los determinantes del crecimiento de ésta.

La riqueza de las naciones, no la contabilidad de los ricos, es título que Adam Smith dio a la obra fundacional de la economía. La diferencia es fundamental.

Para muchos activistas Elon Musk es un odioso millonario. Para la historia económica podría resultar siendo la persona que más haya contribuido al progreso material de la humanidad en el siglo XXI.

Cuando Musk apostó por Tesla, la industria automotriz consideraba los vehículos eléctricos como una curiosidad para ambientalistas. Hoy prácticamente todos los grandes fabricantes del mundo compiten por desarrollar tecnologías similares. El beneficio no se limita a los accionistas de Tesla. Se extiende a millones de consumidores, a nuevas cadenas de innovación y a una aceleración tecnológica que probablemente habría tardado décadas en producirse.

Lo mismo ocurre con SpaceX. Durante medio siglo el acceso al espacio permaneció atrapado en una lógica casi artesanal: construir un cohete, lanzarlo y perderlo para siempre. Musk desafió esa premisa y desarrolló cohetes reutilizables que han reducido drásticamente los costos de lanzamiento. Como ocurrió con el ferrocarril, el motor de vapor o el contenedor marítimo, una caída radical de los costos abre posibilidades económicas completamente nuevas.

Starlink constituye un tercer ejemplo. Mientras gobiernos, agencias internacionales y ONG organizaban conferencias sobre inclusión digital, miles de comunidades rurales y remotas obtuvieron acceso efectivo a internet gracias a una constelación de satélites financiada por una empresa privada. Allí donde la burocracia discutía, la innovación actuaba.

Dentro de un siglo nadie recordará los comunicados de prensa de Oxfam ni los debates sobre el patrimonio neto de los multimillonarios. Pero es posible que miles de millones de seres humanos sigan utilizando tecnologías nacidas de los cohetes reutilizables, de las redes satelitales globales y de las innovaciones que hoy asociamos con el nombre de Elon Musk. La historia suele ser más generosa con quienes crean que con quienes protestan.

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