Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
Por Sofía García Gaviria* - Comunicaciones.wic@womeninconnection.co
Cuando me invitaron a la Cumbre de Líderes por la Equidad de Género, lo primero que sentí no fue orgullo: fue vértigo. Estoy acostumbrada a hablar dentro de una cancha, donde el lenguaje es el cuerpo, la marca y el grito que avisa al arco. Pararme frente a un auditorio, sin botines y sin línea defensiva detrás, era otra cosa. Y, sin embargo, fue ahí donde entendí que estar en la cumbre no era llegar a una cima: era poner mi historia personal al servicio de un mensaje colectivo.
Crecí en Medellín pateando un balón en canchas donde casi siempre fui la única niña. En cada vestuario por el que pasé, cargué con preguntas que no siempre supe nombrar: ¿soy suficiente? ¿Puedo mostrarme cansada? ¿Se vale tener miedo antes del partido? ¿Y si me ven llorar? Subir a esa tarima fue transformar esas preguntas en respuestas. Porque la visibilidad real no se trata de que me aplaudan; se trata de servir de espejo y de refugio para que otra persona —una niña, compañera, un joven en la tribuna— encuentre el valor de hablar y de sentir que ella también puede.
Durante años creí que liderar era no equivocarse, no quebrarse, no dudar. La cancha me enseñó lo contrario. Una defensa que no acepta el error no aprende a leer al rival; una capitana que no escucha el conflicto en su equipo termina jugando sola, justo cuando más necesitamos de los demás para lograr un cambio. El liderazgo no es ausencia de conflicto: nace de habitar las conversaciones incómodas. Esas que evitamos en los grupos, en las reuniones, en las casas. Hablar de salud mental en el alto rendimiento es incómodo. Hablar de brechas en el fútbol femenino es incómodo. Hablar de cómo nos enseñaron a pedir perdón antes de pedir lo que merecemos es incómodo. Y por eso hay que hacerlo. La visibilidad real consiste en dar espacio a los temas que solemos callar.
Cuando terminó el evento se acercaron niñas a contarme su historia; cuando fueron sinceras con aquello que las hace vulnerables para volverlo fortaleza; me contaron de cuando quisieron saber más sobre el fútbol femenino y las historias de las mujeres que lo componen, entendí en ese para qué sirven estos espacios. Son una forma concreta de inspirar y aportar a los jóvenes para que vean el liderazgo femenino no como excepción, sino como posibilidad cotidiana, construida desde nuestras historias. Son lugares donde la discusión y el debate caben de verdad, donde el pensamiento crítico se ejercita y los distintos puntos de vista se respetan. En un país que tantas veces confunde discutir con pelear, aprender a debatir es ya un acto de liderazgo.
Por mucho tiempo la palabra “líder” cargó con rasgos masculinizados: el que no llora, el que se impone, el que gana solo. Esa narrativa nos quedó pequeña a todos. Cambiar la narrativa del poder es redefinir el liderazgo desde la empatía y la vulnerabilidad: entender que pedir ayuda no te hace débil, te hace estratega; que cuidar al equipo es tan importante como ganar el partido.
Yo soy defensa. Mi oficio es proteger. Y aprendí que proteger no es blindarse: es acompañar. No llegamos a la cumbre para quedarnos arriba; llegamos para bajar la escalera y subir con más gente. Ese es el partido que me interesa jugar.
*Jugadora Atlético Nacional