Pico y Placa Medellín
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Por Aldo Civico - @acivico
Hay una escena que resume el espíritu de esta época: Álvaro Uribe, en su casa de Llano Grande, con un vaso de aguardiente en la mano, conversando durante horas con un streamer de 24 años cuya influencia nació entre transmisiones en vivo, bromas virales y discusiones improvisadas frente a una cámara. Semanas antes, Gustavo Petro había hecho algo parecido desde la Casa de Nariño. Westcol no entró al mundo de los presidentes; fueron los presidentes quienes terminaron entrando al suyo. Hace apenas una década, una imagen así habría parecido improbable, incluso ridícula. La política todavía dependía de ciertos rituales de legitimidad: entrevistas solemnes, editoriales, ruedas de prensa, debates moderados por periodistas o académicos. Existía una arquitectura relativamente estable de la conversación pública. Los periódicos, la televisión, la radio y las universidades funcionaban como filtros culturales que definían qué merecía atención, qué temas eran importantes y quién tenía autoridad para hablar. Ese orden se está agotando frente a nosotros.
Hoy la autoridad ya no proviene únicamente de la experiencia, el conocimiento o la trayectoria institucional. Proviene, sobre todo, de la capacidad de capturar atención. Y la atención se ha convertido en el recurso más escaso y disputado de nuestro tiempo. Por eso figuras como Westcol adquieren semejante centralidad. No necesariamente porque ofrezcan una visión sofisticada del mundo, sino porque entendieron antes que muchos políticos, periodistas e intelectuales algo decisivo: la conversación pública dejó de organizarse alrededor de instituciones y empezó a organizarse alrededor de emociones, identificación y cercanía.
El algoritmo premia aquello que provoca reacción inmediata: indignación, humor, espontaneidad, conflicto. La autenticidad —o al menos su apariencia— vale más que cualquier protocolo. La política, inevitablemente, termina adaptándose a esa lógica. Ya no basta con tener razón; hay que producir conexión. Ya no basta con argumentar; hay que generar presencia. Pero ahí también aparece un riesgo profundo. Cuando el espacio público queda completamente sometido a la economía de la atención, la sociedad empieza a perder espesor. Lo complejo se vuelve aburrido. Lo lento desaparece. La reflexión pierde terreno frente al impacto instantáneo. Byung-Chul Han ha descrito esta época como una sociedad de la hiperexposición: todo debe hacerse visible, rápido y consumible. El problema es que aquello que necesita silencio, tiempo o contemplación queda expulsado de la conversación.
La política misma corre el riesgo de degradarse en entretenimiento permanente. Esta campaña nos ha ofrecido incluso ejemplos patéticos. Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple decadencia cultural sería demasiado cómodo. También hay algo profundamente democrático en esta transformación. Una conversación política en streaming alcanza a jóvenes que jamás se sentarían a ver un debate televisado o una entrevista editorial. Obliga a los líderes a abandonar parcialmente el libreto, a responder en un lenguaje menos técnico, a exponerse fuera de la solemnidad protegida de las instituciones. Tal vez por eso la pregunta importante no es cómo regresar al viejo orden mediático. Ese mundo ya terminó. La verdadera pregunta es otra: ¿qué tipo de conciencia seremos capaces de construir dentro de esta nueva arquitectura tecnológica?