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Han pasado treinta y cinco años y sé que Borges tenía razón: la muerte de un padre es algo que sigue sucediendo sin fin. Hasta que el mundo se acabe o hasta que nos acabemos nosotros, total es un poco lo mismo.
Por Sara Jaramillo Klinkert - @sarimillo
Estoy en silencio. Lejos, muy lejos ladra algún perro. El mismo árbol de siempre se asoma al balcón de mi apartamento, no sé qué árbol es y no me importa, todos los árboles son araucarias cuando pienso en mi padre. Sembramos una en la rotonda de la casa de la infancia y creció, imparable, junto a nosotros, parecía que iba a llegar al cielo. Pero mi padre se adelantó (lo adelantaron) y llegó primero que ella. Lo primero que hicieron los que compraron la casa fue cortarla. «Despejamos la vista», dijeron. Yo lo que vi fue un hueco. El mismo hueco que tengo por dentro. Llevo treinta cinco años y cuatro novelas llenándolo. Y ahí sigue, intacto.
Soy Emma Zunz, la de Borges, cuando regresó de la fábrica de tejidos en la que trabajaba y encontró una carta. Nueve o diez líneas borroneadas le informaban sobre el fallecimiento de su padre. «Dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas, luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte del padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin». Conozco ese aturdimiento porque es el mismo que siento todos los diecisietes de mayo. Han pasado treinta y cinco años y sé que Borges tenía razón: la muerte de un padre es algo que sigue sucediendo sin fin. Hasta que el mundo se acabe o hasta que nos acabemos nosotros, total es un poco lo mismo.
Hace unos años, un gran amigo llamado Juan perdió a su madre también un diecisiete de mayo. Recuerdo haber pensado que yo estaría menos sola ese día, que no sería la única en sentir tanta tristeza cada vez que rememorara la fecha. La mente tiene particulares formas de aliviarse. Como si la tristeza, al repartirse, doliera menos. Hoy no sólo pienso en mi padre, sino también en Juan y en su madre. Pienso en cuanto me sorprendió que una hermana de mi padre hubiera muerto el año pasado justo el mismo día. Habiendo tantos y venir a morirse un diecisiete de mayo. Pienso incluso en todos aquellos lectores que hacen una larga fila para que les firme un libro y, al llegar a mi mesa, olvidan el libro porque lo que buscaban no era la firma, lo que buscaban era poner su boca cerca de mi oído para poder decirme bajito, como si fuera una confesión, como buscando un alivio: mi padre también murió un diecisiete de mayo. O mi madre. O mi hermano. Da igual quién, porque el dolor de la muerte es el mismo.
Es curioso que una fecha, inadvertida para la mayoría, pueda unir con intensidad a personas tan distintas. Cada quien tendrá sus propias tragedias y sus fechas específicas para rememorarlas, no importa cuáles sean, en algún lugar del mundo siempre habrá alguien más pasando por lo mismo. Sé que a veces lo parece, pero les juro que no, que en el dolor no estamos solos. Nunca lo estaremos.