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No entender

Todos, absolutamente todos, estamos hechos de lo mismo, en nuestra maravillosa diversidad.

hace 1 hora
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  • No entender

Por Rosana Arizmendi Mejía - JuntasSomosMasMed@gmail.com

“Todo cuanto amas viene de una estrella”. Esta es una de las frases de “El universo que somos”, la nueva exposición del Planetario de Medellín. “Todo cuanto amas viene de una estrella”. Quedé obsesionada. Por la belleza y la contundencia de la verdad que expresa: literalmente todo cuanto hay para amar en este planeta —el mar, y todo lo que hay en el mar, como las ballenas, los delfines, los tiburones, los ctenóforos, los corales, los pulpos, los cangrejos, los foraminíferos o los hidrozoos; y todo lo que hay en la tierra, como los gatos, los perros, las ardillas, las tórtolas, los carpinteros, los azulejos, el colibrí colirrufo, los búcaros, el chiminango, el algarrobo, el balso, las acacias amarillas del jardín, el aguacate, el chocolate, el café, el té, las papitas, el vino, los quesos, las vacas, cabras y ovejas que nos dan los quesos, el coco, el patacón, las mamás, los papás, los novios (o las novias), las sobrinas, las primas, las amigas, los amigos, les amigues, las tías, las abuelas, y todos los humanos que compartimos este planeta, incluidos quienes perdieron sus casas o personas cercanas en el terremoto, así como todos los que están ayudando allá, todos los que hacemos lo que podemos desde acá, y todos los que cada día viven su vida de la mejor manera que pueden— está hecho, entre otros, de hierro, manganeso, carbono, e hidrógeno y oxígeno (en forma de agua), elementos que se formaron hace miles de millones de años en estrellas lejanas, y que, gracias a la fuerza de gravedad, se fueron quedando aquí “atrapados” durante los procesos de formación y evolución de la Tierra. Es decir, todos, absolutamente todos, estamos hechos de lo mismo, en nuestra maravillosa diversidad.

Por eso, me cuesta mucho —muchísimo— entender por qué estamos invirtiendo tiempo, energía y recursos en asuntos, tan fuera de lugar, como batallas culturales, como querer volver a todo el mundo creyente en Dios, como promover la discriminación en nombre de la “familia tradicional”, o como disfrazar de ideología de género a los enfoques diferenciales. ¿En serio estamos para esto, cuando un tercio del país está en llamas, otro tercio está afectado por el terremoto, y otro tercio vive en vilo por el conflicto armado? ¿En serio estamos para esto en un momento en el que los retos que enfrentamos solo pueden ser resueltos de manera colectiva (y subrayo el adjetivo colectiva)?

Les invito a leer el artículo de Amalia Tapiero, “Entender y no entender la batalla cultural de Abelardo de la Espriella”, en la revista Cambio. En él, la autora nos invita a practicar el “no entender” como una forma de pensamiento crítico, idea que suscribo y apoyo plenamente. Como ella dice: “en esta batalla cultural, nos corresponde conservar justamente la curiosidad que nace de no entender el absurdo que vivimos y buscar explicaciones desde el arte, la academia, la ciencia y el pensamiento crítico.” Y yo agrego: recordemos que las sociedades son, mientras más diversas, más resilientes; igual que los ecosistemas. Y no lo digo yo; lo dice la ciencia. ¡Salud!

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