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¡Reaccionemos! Esta primera etapa -elecciones al Congreso- debe ser un señal de fuerza. El 8 de marzo no es el final; es el comienzo.
Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada
En el mundo de la política, donde cada voto cuenta como una pieza en un gran juego de poder, el 8 de marzo se presenta como un momento clave para anticipar lo que vendrá en la primera vuelta presidencial. Esta elección es la ocasión en que las fuerzas políticas se evalúan, se fortalecen o se pierden en la nada. Imaginemos qué pasaría si la centroderecha -unión de ideas que defiende la libertad económica, el orden, la seguridad, la seguridad jurídica, la atracción de inversión y la oposición al exceso de intervención estatal- muestra señales de debilidad... Sería como un equipo que, justo antes del partido decisivo, divide esfuerzos y pierde momentum.
Hay varias posibilidades, por ejemplo, que algunos partidos con tendencias conservadoras y liberales terminen en un mal escenario: No llegar al umbral electoral, esa barrera que requiere unos 650.000 votos para tener representación en el Congreso. Esos votos no desaparecen; se reparten entre los otros partidos según su votación, y podrían terminar beneficiando a fuerzas opuestas, por las que nunca hubiéramos votado a conciencia, como las que apoyan el continuismo de un gobierno de izquierda que ha destruido el país. Perder entre 500 y 900 mil votos en distintos grupos que no superan esa barrera, es oxígeno para los competidores.
Partidos como el Centro Democrático, pilar de la centroderecha, enfrentan un riesgo. Hay tres opciones parecidas compitiendo por el mismo grupo de votantes, usando banderas que originalmente impulsó el presidente Uribe, pero que ahora otros levantan. Esta división no es inteligente: Los votos esparcidos en listas similares que no pasan el umbral se vuelven inútiles, mientras que los partidos que sí lo logran en la izquierda, ganan más escaños de manera desproporcionada, gracias a votos que nunca les hubieran sido propios. Así, sus curules aumentan, su poder crece y se impulsan las chances del candidato del continuismo. El heredero de Petro, vería facilitado su camino a la presidencia, con una percepción de fuerza que en realidad surge de la improvisación vanidosa de la derecha.
La política es un enfrentamiento donde la unión marca la diferencia entre ganar o perder. La verdadera fuerza no está en la idea romántica de dispersar esfuerzos por pureza, sino en concentrarlos para ganar respeto del rival. Si la centroderecha pierde escaños, manda un mensaje de fragilidad que se oirá en todo el país hasta la primera vuelta. El gobierno, con su estructura bien armada, lo vería como señal de triunfo temprano. Les daría confianza, proyectando invencibilidad presidencial. La oposición enfrentaría una imagen de estancamiento. Este juego, de suma cero, sería resultado de la unidad venciendo a la división, donde el oponente a vencer, avanza sin mucho esfuerzo. El riesgo está ahí. Pero en una democracia, el votante no es alguien que solo mira, sino que decide y debe hacerlo con sensatez. Su voto no debe guiarse por emociones del momento; tiene que ir a donde refuerce, con certeza, las ideas que lo inspiran. Optar por la fragmentación es regalar terreno al contrario, dejando que su presencia crezca con lo que perdemos por desunión.
¡Reaccionemos! Esta primera etapa -las elecciones al Congreso- debe ser señal de fuerza. El 8 de marzo no es el final; es el comienzo. Si pensamos con estrategia y unimos votos en opciones que sí pasen el umbral, convertimos la debilidad en poder imbatible. La centroderecha puede volver fuerte, con escaños que equilibren las cosas y defiendan su visión, depende de nosotros en las urnas. El país no está para experimentos que salgan mal. El poder no tolera dudas; recompensa la decisión unida, coherente y certera..