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Apagar el ruido

A estas alturas, ya no apaga el celular quien quiere, sino quien puede. Hay una élite para la que este dispositivo volvió a ser una herramienta y no un yugo.

hace 1 hora
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  • Apagar el ruido
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Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com

El verdadero lujo contemporáneo no viene envuelto en papel dorado ni se anuncia con destellos artificiales en una pantalla de cinco pulgadas. Habita, más bien, en la sutil poesía del silencio. Viene en la audacia casi revolucionaria de dejar el teléfono boca abajo sobre la mesa y sostener la mirada limpia de quien tenemos enfrente, sin la urgencia neurótica de registrar el efímero instante para una audiencia invisible que flota en el éter digital.

Durante la última década, compramos colectivamente la ilusión de que la felicidad era una coreografía perfectamente iluminada. Se diseñaron de forma milimétrica restaurantes con paredes idénticas, festivales con letreros de neón predecibles y existencias con filtros clonados. Un teatro estético minuciosamente pensado para impresionar en el escaparate de Instagram. El resultado inevitable de esa sobreexposición es una fatiga generalizada del alma, un hastío de luz azul.

Paradójicamente, ha sido la Generación Zeta, aquella que abrió los ojos directamente ante el píxel y fue arrullada por el parpadeo de las notificaciones, la primera en levantar la mano para decir “basta”. Para estos jóvenes nativos, contar las horas frente a la pantalla ya no es un trofeo de modernidad, sino una dolorosa métrica de la que urge escapar a toda costa. La verdadera novedad, su manifiesto rebelde, es el roce.

Ansían la maravillosa imperfección del cara a cara, el latido del silencio incómodo en una conversación real y la textura analógica de la vida. En un mundo hiperconectado donde la realidad se consume en un suspiro, muchos ansían el misterio como quien busca un tesoro sumergido. Por eso, el giro cultural que se está dando en distintas marcas de lujo que miden el pulso joven y callejero, no responde a una simple tendencia pasajera. Es la lúcida comprensión de que la hiperconectividad nos prometió una gran aldea global y nos devolvió, en cambio, un aislamiento crónico en mitad de la multitud. Lo verdaderamente hermoso ocurre en foros humanos y espacios físicos, allí donde la electricidad del encuentro no puede ser replicada por ningún algoritmo.

Quienes trabajan en el mundo del lujo siempre han sabido que su esencia más profunda radica en custodiar lo escaso. Ayer eran los diamantes, hoy es la atención plena, el anonimato sagrado y la privacidad. Vivimos en un ecosistema profundamente adictivo donde el desapego digital se ha transformado en el más aristocrático privilegio de clase. A estas alturas, ya no apaga el celular quien quiere, sino quien puede. Aquel que dispone de un asistente que le filtra el ruido diario o quien aún conserva la autonomía emocional para no morder el anzuelo del selfi eterno. Hay una élite para la que este dispositivo volvió a ser una herramienta y no un yugo.

Sacar el teléfono en una comida compartida para inmortalizarlo todo ya no genera admiración y en cambio empieza a rozar el mal gusto. El mañana le pertenece por completo al misterio, a lo que se vive, se respira y se desvanece en el momento exacto, sin dejar ninguna huella en la nube. Desconectarse no es nostalgia, es la última trinchera del lujo y la intimidad.

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