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El trabajo no se destruye, se transforma... por la IA

En computación y matemáticas, la IA solo se usa en un tercio de las tareas donde tendría cabida.

hace 1 hora
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  • El trabajo no se destruye, se transforma... por la IA

Por Juan David Ramírez Correa - columnasioque@gmail.com.

Cuando se habla de inteligencia artificial surgen dos reacciones: la del tipo del coworking de El Poblado, asombrado con cada novedad de la IA, y la de quien solo ha escuchado que ese bicho raro le quitará su trabajo. Ambas reacciones tienen su lógica, pero en el fondo, lo que están haciendo es demostrar que la IA incomoda, por lo bueno y lo malo.

En lo positivo, la IA está retando la capacidad de adaptación de la humanidad. Hay muchos ejemplos de convivencia entre ambas. Es el caso de la medicina donde la IA está ayudando a los médicos a detectar tumores con altísima precisión. El radiólogo no desaparece, ahora tiene un aliado incansable. En el ámbito legal, la IA está acompañando a los abogados a revisar contratos y analizar jurisprudencias en minutos, tareas que tomaban días. El abogado sigue siendo clave en la estrategia, pero el trabajo mecánico ya no consume su tiempo.

Así son las cosas... mucha gente usándola, pero mucho camino por recorrer. Anthropic, una de las compañías líderes en el tema, publicó un informe sobre el impacto de la IA en el mercado laboral. En computación y matemáticas, la IA solo se usa en un tercio de las tareas donde tendría cabida. En derecho, el uso no supera el 20%. En educación, está por debajo del 15%. Conclusión: la brecha entre lo que la IA puede hacer y su uso real aún es amplia y eso abre las posibilidades de adaptación.

Ahora, lo negativo. La conversación sobre los empleos que la IA absorbería es cada vez más fuerte. The New York Times Magazine relató la historia de Thomas Greifenberger, un joven recién graduado en finanzas y mercadeo, que terminó podando árboles en Long Island, porque el mercado ya no lo requería. Thomas sintió que la IA le quitó su espacio y no fue un caso aislado. El Fondo Monetario Internacional cuantificó en 2024 que el 40% de los empleos están expuestos a la IA. En economías avanzadas, la cifra sube al 60%. Además, se especula que en Estados Unidos la contratación en sectores como finanzas, seguros, contabilidad, consultoría y tecnología se ha frenado por un posible efecto halo de la IA.

Lo cierto es que el mundo eligió a la IA. En 2024, la inversión global en inteligencia artificial superó los 300.000 millones de dólares, sumando tensiones geopolíticas. No es una moda: es una apuesta civilizatoria.

Entonces, ¿sí o no a la IA? ¿Buena o mala? ¿Salva o destruye? Todo depende de lo que hagamos con ella, pero hay que pensarle bastante al tema.

Thomas Friedman lo anticipó. En su libro Gracias por Llegar Tarde (2016) dice que la tecnología avanza a una velocidad que el ser humano no puede seguir en tiempo real. Para Friedman, solo se entiende lo nuevo cuando se respira para pensar. Eso es lo que necesitamos hacer con la IA: detenernos y entender que esto va más allá de los algoritmos, porque toca la humanidad en su esencia.

En 1785, Antoine Lavoisier dijo: “la materia no se crea ni se destruye, se transforma”. Así ha sido cada revolución tecnológica, puros actos de transformación. La imprenta no mató a los copistas: los convirtió en editores, periodistas, libreros. La electricidad no mató a las velas: creó oficios nuevos. La globalización no eliminó empleos, los distribuyó por el mundo. Antes la adaptación tomaba décadas, con la IA el reordenamiento ocurre en meses. Ese es el verdadero reto: lograr que aquello que toque la IA, no se destruya, sino que se transforme.

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