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¿Podríamos promover una tercera migración, esta vez de la ciudad al campo?
Por Josefina Agudelo Trujillo - opinion@elcolombiano.com.co
Durante buena parte de los siglos XX y XXI, Colombia vivió una gran migración del campo a las ciudades. En pocas generaciones dejamos de ser una sociedad mayoritariamente rural y nos convertimos en un país urbano, con enormes concentraciones de población, empleo y servicios.
Una primera etapa tomó fuerza después de 1930, impulsada por dos factores: la búsqueda de empleo en la industria naciente y la violencia política que expulsó a miles de familias de sus territorios.
Entre las décadas de 1980 a 2000, una segunda ola de desplazamiento forzado obedeció a la expansión de la violencia de guerrillas, grupos paramilitares y otros actores armados. La ciudad se convirtió, para muchos, más en refugio que en elección.
En los últimos años el desplazamiento persiste, pero se suma otra realidad: muchos jóvenes no encuentran en el campo un proyecto de vida atractivo; no quieren trabajar el campo como lo hicieron sus ancestros y buscan ascenso social a través de la educación superior.
Hoy cerca de cuatro de cada cinco colombianos viven en zonas urbanas, a pesar de que una parte inmensa del territorio conserva una vocación rural. Esta concentración invita a preguntarnos si ha llegado el momento de imaginar un movimiento en sentido contrario.
¿Podríamos promover una tercera migración, esta vez de la ciudad al campo? No sería un retorno por obligación ni una renuncia a la vida moderna, sino una decisión voluntaria: vivir en un municipio pequeño o en una zona rural y desplazarse a la ciudad solo cuando sea necesario. Cambiaríamos la costumbre de vivir en la ciudad e ir de paseo al campo, por la de vivir en el campo e ir de paseo a la ciudad.
La pandemia nos dejó una certeza: muchas tareas pueden realizarse a distancia sin sacrificar productividad. Las reuniones virtuales, los servicios digitales y los modelos híbridos demostraron que, para numerosos oficios, la presencia diaria en una oficina dejó de ser indispensable. Allí aparece una oportunidad para aliviar la presión sobre las grandes ciudades y devolverles vitalidad a territorios.
Vivir en un municipio pequeño es más económico que hacerlo en una gran capital. Hay menos trancones, más naturaleza, relaciones vecinales cercanas y una mejor calidad de vida.
Sin embargo, esta migración no ocurrirá solo por deseo. Requiere internet confiable, buenas vías, seguridad, salud y educación cercanas y, sobre todo, comunidad. El desafío es llevar oportunidades sin convertir el campo en otra ciudad ni destruir su identidad, su vocación productiva o sus ecosistemas.
Tal vez pasaríamos de barrios a aldeas: comunidades de escala humana, conectadas digitalmente y articuladas con el municipio cercano. Allí podrían convivir campesinos, trabajadores remotos, emprendedores, adultos mayores y familias jóvenes. La escuela, el mercado local, los espacios comunes y las redes de cuidado volverían a ocupar un lugar central.
Para hacerlo posible, gobiernos, empresas y ciudadanos tendríamos que actuar juntos. Los municipios deben anticipar su crecimiento; las empresas, consolidar modelos híbridos y medir por resultados; y los nuevos habitantes, integrarse con respeto, comprar local y participar en la vida comunitaria.
Quizás el futuro no consista en hacer ciudades cada vez más grandes, sino en construir territorios mejor conectados. Podríamos comenzar con proyectos piloto que escuchen a las comunidades y protejan la tierra productiva. Esta nueva migración no tendría que ser una huida de la ciudad, sino la búsqueda consciente de una vida más equilibrada: trabajar desde el campo, pertenecer a una aldea y visitar la ciudad sin depender de ella todos los días.