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El declive de la calidad

Cuando comprar una marca tradicional se transforma en una costosa lotería de frustraciones, lo que realmente se está desgastando es la credibilidad del sistema económico general.

hace 15 minutos
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  • El declive de la calidad

Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com

No, no es su imaginación, muchas de las cosas que compramos hoy porque su marca nos inspira confianza y creemos en su buena calidad, son, sencillamente, una ordinariez. Desde los grandes electrodomésticos que antes duraban décadas, pasando por la cremallera que ni sube ni baja en la chaqueta nueva o el helado que antes sabía delicioso y ahora solo es un mejunje de azúcar y sabores artificiales. Los consumidores enfrentamos una realidad innegable: la calidad de las marcas de siempre está en picada.

Este preocupante fenómeno global no responde a una percepción subjetiva ni a un lamento nostálgico del pasado. Lo confirma el National Consumer Rage Study de 2025, el cual revela que tres cuartas partes de los ciudadanos tuvieron problemas con la calidad o el servicio de algún bien, una alarmante cifra que duplica los registros históricos analizados desde 1976. Las quejas han alcanzado niveles récord en los índices de satisfacción, desnudando un malestar estructural profundo.

Detrás de este declive no se esconde un misterio técnico o de ingeniería, sino una fría transacción financiera. En su investigación Worse on Purpose (Peor a propósito), Keyana Sapp expone las dinámicas corporativas que erosionan los estándares tradicionales del comercio minorista. El ciclo se repite de forma idéntica: fundadores que creían en sus productos y que dedicaron décadas a construir marcas queridas y confiables aceptan ofertas lucrativas de corporaciones o firmas de capital privado. Mientras los creadores originales capitalizan su reputación, los nuevos dueños corporativos demuestran carecer de vínculo emocional con el producto y de fidelidad hacia los clientes leales. Para estas megaempresas, la marca comprada es solo un activo contable del cual exprimir la máxima rentabilidad a corto plazo sin importar en absoluto el futuro de la marca.

Este profundo distanciamiento se ha agudizado debido al peso desmedido de los inversionistas. Y la semejanza con esas empresas que se dedican a comprar otras para desguazarlas es innegable. Los directivos actuales operan bajo una presión asfixiante para maximizar los rendimientos de los accionistas, enfrentándose al despido directo si no obedecen las estrictas exigencias del mercado global.

El activismo de estos fondos para presionar directores ejecutivos se ha cuadruplicado desde 2018. Mientras los productos cotidianos se rompen en las manos de la gente y lo desechable parece dictar el rumbo del mercado global, las ganancias corporativas alcanzaron un máximo histórico de 3,9 billones de dólares en el primer trimestre de 2025.

El capitalismo contemporáneo parece haber olvidado por completo que la confianza es el verdadero valor de cambio. Nos encontramos atrapados en un ecosistema desigual donde las corporaciones son inmensamente ricas y los bienes de consumo cotidianos resultan ridículamente frágiles. Al final, esta lógica devoradora deteriora los objetos y destruye el pacto implícito entre el productor y la sociedad entera.

Cuando comprar una marca tradicional se transforma en una costosa lotería de frustraciones, lo que realmente se está desgastando es la credibilidad del sistema económico general. Maximizar el valor del accionista a expensas de la calidad del producto no es crecimiento genuino, sino un engaño plenamente programado contra los ciudadanos de a pie.

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