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Colombia, más perdida que nunca

Si Colombia quiere cambiar, los primeros que deben hacerlo somos los ciudadanos. No los políticos, no los partidos, no los salvadores de turno.

hace 43 minutos
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  • Colombia, más perdida que nunca

Por Diego Santos - @diegoasantos

No sé si Colombia haya tenido alguna vez una brújula clara que le indicara hacia dónde debía dirigirse como proyecto de nación. Pero de lo que no me cabe duda es que, si alguna vez existió, hoy ese instrumento indispensable está roto, oxidado y abandonado en el fondo de la bodega. Colombia avanza sin rumbo, a la deriva, sumida en una mediocridad tan evidente que duele. Somos una colcha de retazos cosidos a la fuerza: visiones egoístas, resentidas, excluyentes y oportunistas que no dialogan entre sí ni buscan un propósito común.

Y no, no son únicamente Gustavo Petro y su séquito los responsables del sinsentido en el que se ha convertido el país. Señalarlos como los únicos culpables es, además de cómodo, profundamente deshonesto y mezquino. La responsabilidad es colectiva, aunque a muchos les irrite que el guante también les quede. Hablo, en especial, de quienes se exhiben en redes sociales con orgullosas etiquetas ideológicas —“de derecha y punto”— como si fueran víctimas puras de un gobierno ruín, cuando en realidad han sido parte activa del deterioro que denuncian. Los de centro. Igual.

Daniel Samper Ospina nos define como un circo. Pero incluso esa metáfora se queda corta, porque disfraza una verdad más incómoda: somos un país vulgar y ramplón, con líderes extraviados y una ciudadanía incapaz de exigirse a sí misma. Nos movemos con una facilidad alarmante entre apoyar a un comunista que profundiza el desastre y a otro que se vende como un “tigre” salvador, como si cambiar de jaula fuera sinónimo de libertad. Y lo asumimos como normal.

Somos un país fracturado hasta en lo elemental. Al bogotano le importa poco el antioqueño; al antioqueño, el costeño; y así sucesivamente, en un bucle de desprecio mutuo que impide cualquier idea de nación. Parecemos anestesiados frente a nuestra propia mediocridad: nos cuesta la autocrítica, nos incomoda el mérito ajeno y disfrutamos hundir al que progresa. Reelegimos sin pudor a políticos que saquearon las arcas públicas y convertimos en celebridades a personajes despreciables, mientras decenas de candidatos juegan a querer ser presidentes sin proyectos serios que ofrecer. Y los pocos con visión de verdad, están ahogados entre la cacofonía de la polarización.

Nos repetimos, como mantra tranquilizador, que estamos mucho mejor que hace 30 años, como si fuera un logro extraordinario y no una obligación mínima de cualquier país que recauda impuestos. Nuestra autoestima es frágil, pero nuestra ignorancia es mayor. Juntas explican por qué Colombia sigue siendo irrelevante, sin peso internacional, sin ambición colectiva y sin alma.

La conclusión es incómoda, pero inevitable: si Colombia quiere cambiar, los primeros que deben hacerlo somos los ciudadanos. No los políticos, no los partidos, no los salvadores de turno. Nosotros. De lo contrario, si no estamos dispuestos a revisar nuestras conductas, nuestras lealtades y nuestra mediocridad normalizada, tal vez debamos aceptar algo aún más duro: que el país que tenemos es exactamente el que merecemos, que seguiremos navegando en aguas fangosas esta y las próximas generaciones. Es la innegable y cruda realidad.

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