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Defender el Modelo Económico

El modelo económico colombiano no es improvisado. Es el resultado del consenso político.

08 de enero de 2026
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  • Defender el Modelo Económico

Por Rodrigo Botero Montoya - opinion@elcolombiano.com.co

El gobierno ha inscrito ante la autoridad electoral el comité promotor de una Asamblea Constituyente, con lo cual da el primer paso para activar una iniciativa de cambio institucional que el país no está pidiendo y que Gustavo Petro se comprometió solemnemente a no impulsar. Acerca de la conveniencia de un tema de esa naturaleza en medio del proceso electoral en marcha se pronunciarán los dirigentes políticos y los expertos en derecho constitucional.

Las probabilidades de éxito de un proyecto de gran envergadura en las postrimerías del cuatrienio de un gobierno con poca credibilidad y sin mayorías en el Congreso son bajas. Se trata nada menos que de desmontar la Constitución de 1991 para hacer la transformación radical del país que el orden institucional vigente no permitió. Está por verse si la Corte Constitucional le dará su aprobación a esta maniobra política. Mientras ese proceso se cumple, la iniciativa gubernamental sirve como mecanismo de distracción y como factor de incertidumbre.

Así la propuesta de convocar una Asamblea Constituyente languidezca como un globo de ensayo para propósitos electorales, conviene tener presente sus objetivos económicos. El nuevo ordenamiento económico propuesto buscaría modificar el sistema actual por uno más acorde con las preferencias ideológicas del presidente Petro. Eso implicaría cambiar el modelo económico vigente para reducir el protagonismo de la empresa privada y suprimir la autonomía del Banco de la República. Dada la similitud de esos objetivos con lo que hizo Hugo Chávez en Venezuela, es posible observar, como en un experimento de laboratorio, las consecuencias de implementar el Socialismo del siglo XXI.

Chávez detestaba la empresa privada y se propuso reemplazarla por medio de las expropiaciones y la proliferación de empresas estatales que eliminarían a la burguesía venezolana. Las consecuencias de ese proyecto fueron poco afortunadas. La estatización del sector empresarial y la politización de PDVSA, la empresa petrolera estatal, se convirtieron en una fuente de saqueo y de destrucción de riqueza. El colapso económico resultante redujo el PIB de Venezuela en un 75%. El siguiente caso ilustra el funcionamiento de ese esquema político: Una planta de cemento de propiedad de una empresa colombiana fue expropiada por el régimen bolivariano, o más exactamente confiscada, porque no hubo indemnización. La administración estatal de la planta confiscada redujo a una quinta la producción y multiplicó por cinco el número de empleados.

C0n respecto al banco central, el traslado de las reservas internacionales al gobierno y la emisión para financiar el gasto público contribuyeron a envilecer la moneda. La pérdida de valor del bolívar se tradujo en fuga hacia otras monedas incluyendo al peso colombiano. El sistema chavista lleva implícita la dictadura.

El modelo económico colombiano no es improvisado. Es el resultado del consenso político. Privilegia la empresa privada y el derecho de propiedad. Defender su vigencia es parte esencial de la defensa de la democracia liberal.

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María Clara Posada Caicedo

Jean-François Revel advertía en El conocimiento inútil que una de las paradojas centrales de la modernidad es esta: nunca hubo tanta información disponible y, sin embargo, nunca fue tan fácil mentir con éxito. Para Revel, el mundo no se mueve por la ignorancia sino por la manipulación consciente del conocimiento. La mentira prospera cuando se reviste de ideología, cuando se presenta como una “verdad superior” que pretende corregir o sustituir a la realidad. Allí nace lo que él llama la inutilidad del conocimiento: los hechos están, pero no importan si contradicen el dogma.

Esa lógica no surge de la nada. Tiene antecedentes explícitos en la tradición revolucionaria. León Trotski lo formuló sin ambigüedades al sostener que no se tiene derecho a decir toda la verdad cuando esta debilita a la revolución, una paráfrasis fiel de su concepción instrumental de la verdad política. Iósif Stalin fue todavía más brutal al afirmar que las ideas son más poderosas que los hechos. No se trata de frases aisladas ni de provocaciones retóricas, sino de una doctrina: la verdad deja de ser un valor y se convierte en un medio subordinado a la causa.

Revel sostenía que esa mentalidad es particularmente visible en cierta izquierda que no discute la realidad sino que la reescribe. Esa, que no busca comprobar, sino confirmar. Frente a la verdad empírica, levanta una verdad ideológica moldeada por sesgos, resentimientos, odios y una convicción moral que se cree autorizada a falsear porque se auto-percibe del “lado correcto de la historia”. La mentira deja de ser un problema ético y se vuelve una herramienta política.

Ese patrón se hace evidente en el comportamiento del candidato del continuismo, Iván Cepeda, frente al expresidente Álvaro Uribe Vélez. No se trata aquí de una diferencia de opiniones o de una controversia ideológica legítima. Se trata de una contradicción vulgar entre lo que Cepeda afirma bajo juramento en los estrados judiciales y lo que declara sin pudor en escenarios mediáticos internacionales.

El abogado del expresidente, Jaime Granados Peña, lo ha expuesto con claridad: Cuando Cepeda fue contrainterrogado en juicio y enfrentado a la gravedad del juramento, tuvo que admitir que no le constaba ningún hecho que comprometiera penalmente a Uribe. Nada. Ninguna prueba. Ningún conocimiento cierto. Solo conjeturas. Sin embargo, lejos de contextos con consecuencias legales, Cepeda reaparece en España acusando al presidente de haber construido su poder económico en relación con el narcotráfico. La diferencia entre ambos escenarios es reveladora. Ante los jueces, la verdad fáctica se impone. Ante los micrófonos, la ideología se desborda. Es exactamente el fenómeno que describía Revel y que Trotski y Stalin asumieron como principio: cuando la causa lo exige, los hechos estorban.

Granados añade otro elemento que Cepeda omite deliberadamente en sus discursos internacionales. El expresidente Uribe fue exonerado por el Tribunal Superior de Bogotá, que revocó una decisión injusta y lo declaró inocente. También recuerda que el caso de Santiago Uribe tuvo una absolución que hoy se encuentra en discusión jurídica, sujeta a impugnación ante la Corte Suprema de Justicia. Esos datos existen. Son públicos. Pero no encajan en el relato del stalinismo del siglo XXI. Aquí no estamos ante un error. Estamos ante una estrategia en la que se dice una cosa donde hay sanción y otra donde no la hay. Se callan los hechos que incomodan y se amplifican las acusaciones que alimentan el prejuicio. Eso, en términos de Revel, no es ignorancia. Es una forma activa de mentira.

Colombia paga un alto precio cuando la política adopta esta lógica y las elecciones se someten a ese vaivén. Porque cuando la verdad deja de importar, todo se vuelve sospechoso. Y cuando la ideología se cree con derecho a sustituir los hechos, la democracia se resquebraja. Revel lo advirtió hace décadas. Trotski y Stalin lo proclamaron sin pudor. Hoy, tristemente, lo experimentamos en carne propia con nuestra versión Temu, en Cepeda -el neotrostkiano.

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