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Por Beatriz de Majo - beatrizdemajo@gmail.com
La soberanía de Taiwán no pende de un hilo como pretenden algunos, pero la coyuntura vuelve a situarla en una incómoda cuerda floja. En medio de un escenario internacional saturado por guerras -desde Oriente Medio hasta Ucrania- y las consecuencias económicas que ello entrena para la globalidad, emerge con discreción un movimiento que tendría consecuencias profundas: pudiera estarse cocinando un eventual acuerdo de cooperación entre el Kuomintang (KMT) y el Partido Comunista chino. Esta semana la líder taiwanesa Cheng Li-wun se reunirá con Xi Jingping en suelo chino en torno a este tema.
¿Qué podría incluir un acuerdo? No se trataría de un pacto político definitivo, sino de un marco de cooperación pragmática: intensificación del comercio bilateral, facilidades para inversión, acuerdos en materia tecnológica y, quizás, mecanismos de intercambio cultural y académico. En esencia, un intento de normalizar relaciones sin tocar —al menos de forma explícita— el núcleo del conflicto: la soberanía. Este tipo de acuerdos suelen tener una lógica de acuerdo con la cual lo económico allanaría el camino para lo político.
Pensar que un entendimiento de este tipo resolvería la cuestión de la independencia taiwanesa resulta, como mínimo, ingenuo. La identidad política de Taiwán ha evolucionado de manera notable en las últimas décadas, alejándose de la idea de una reunificación bajo Pekín. El dato es revelador: Cuando Cheng como dirigente del KMT sugirió que los taiwaneses deberían sentirse orgullosos de decir “soy chino”, el rechazo alcanzó 62% y sólo 25% abrazó su tesis. El dato no es anecdótico: es una radiografía del sentir social. Cualquier acuerdo que ignore esta realidad está condenado a ser frágil.
El KMT, históricamente más proclive a mantener canales abiertos con China, parece apostar por una estrategia de acercamiento que prioriza la estabilidad económica. Pero ese cálculo político choca con una ciudadanía celosa de su autonomía. La pregunta es si el partido lee correctamente el momento histórico o si, por el contrario, se desfasa respecto a la sensibilidad de su propia población.
Desde la óptica regional, Japón observaría este acercamiento con cautela y recelo. Tokio ha reforzado su postura de seguridad frente al ascenso chino, y cualquier movimiento que acerque a Taiwán a Pekín podría interpretarse como debilitamiento del equilibrio estratégico en el Asia-Pacífico. Para Japón, Taiwán no es solo un vecino: es una pieza clave en la contención de China y en la estabilidad de rutas comerciales vitales.
En cuanto a la coyuntura internacional, resulta difícil no ver una oportunidad estratégica para Pekín. Con la atención global dispersa en múltiples conflictos, China aprovecharía el momento para avanzar en una agenda que, en condiciones normales, generaría, al menos, suspicacia. Taiwán, además, ocupa un lugar central en la producción mundial de semiconductores, un sector crítico en la competencia tecnológica global. Asegurar mayor influencia sobre la isla —aunque sea de forma indirecta— tendría implicaciones económicas y geopolíticas de alcance.
Más que un acuerdo de cooperación, lo que se perfila es una jugada de largo plazo. Pekín no necesita resolver el conflicto de inmediato; le basta con erosionar resistencias, generar dependencias y ganar tiempo. Mientras el mundo mira hacia otros frentes, Xi parece mover sus fichas con paciencia y sabiduría estratégica. La incógnita es si Taiwán, dividido entre pragmatismo económico e identidad política, sabrá mantener el equilibrio sin ceder terreno en aquello que su población considera esencial.