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Una paz desarmada y desarmante

hace 18 minutos
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Por Aldo Civico - @acivico

Hace un año fue elegido el papa León XIV. Apareció en el balcón de la basílica de San Pedro con un saludo simple y profundamente simbólico: “La paz esté con ustedes”. Aquellas palabras captaron de inmediato mi atención. El nuevo Papa retomaba la misma expresión que Jesús dirigió a sus discípulos tras la resurrección. Ellos estaban encerrados, paralizados de miedo tras la captura y la crucifixión de su líder. El evangelista Juan escribe que Jesús se puso en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. En un tiempo en que también nosotros parecemos encerrados en nuestros temores e incertidumbres, cuando la confianza hacia el otro se erosiona bajo el peso de la sospecha y la polarización, difícilmente podía haber un saludo más necesario y oportuno. Y fue precisamente en ese primer mensaje en el que León XIV habló de una “paz desarmada y desarmante”. En esa expresión ya estaba condensada una de las intuiciones más profundas de su pontificado.

Para León XIV, la paz no es solo un asunto diplomático ni una categoría política. Es, ante todo, una forma de habitar el mundo. Una condición ontológica del ser humano. Por eso su visión de la paz va mucho más allá de la administración del conflicto o del equilibrio de fuerzas. En sus discursos emerge una idea constante: la violencia contemporánea no nace únicamente de intereses económicos o geopolíticos, sino de una fractura más profunda: una humanidad que ha perdido la relación consigo misma, con los demás y con la trascendencia. “La guerra degrada al hombre”, dijo al cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede.

De allí que León XIV insista constantemente en palabras como encuentro, fraternidad, diálogo, reconciliación y puentes. No son simples recursos retóricos, sino verdaderas categorías antropológicas. “La conciencia de pertenecer a una sola familia humana sigue siendo la condición para una paz verdadera”, dijo recientemente en Argel. Detrás de esa afirmación se esconde una intuición profundamente agustiniana: el desorden exterior refleja un desorden interior, una fractura en el corazón humano. Quizás allí radique lo más contracultural de este pontificado.

Vivimos en una civilización hiperconectada, pero incapaz de sostener vínculos profundos. Nunca habíamos tenido tantas herramientas de comunicación y, al mismo tiempo, tanta dificultad para reconocernos mutuamente. El otro se ha convertido fácilmente en una amenaza, un adversario o un enemigo. La política se organiza en torno a la polarización. El mercado transforma incluso las relaciones humanas en transacciones. En ese contexto, la paz de la que habla León XIV adquiere una dimensión casi revolucionaria. Porque no propone simplemente detener las guerras, sino reconstruir las condiciones espirituales que hacen posible la convivencia humana. La paz para este Papa no parece ser un evento, sino una disciplina del alma y una arquitectura de la convivencia. La humanidad, sugiere, no será salva únicamente por tratados, tecnologías o mercados, sino por su capacidad de volver a reconocerse como una comunidad humana. Por eso el Papa insiste en “una paz desarmada y desarmante, humilde y perseverante”.

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