Hace tres meses, María Eugenia Ospina recibió la última llamada de su hijo. Desde algún lugar de Rusia, Dilmar Estiven Restrepo, un joven de 28 años oriundo de Medellín, le alcanzó a decir que lo enviarían a la “Línea Uno”, una de las zonas más peligrosas del frente de guerra entre Rusia y Ucrania. Después de esa conversación, el silencio ha sido absoluto.
”Ma, ya voy para misión. No sé cuándo volvamos a hablar”, recuerda la mujer que fueron las últimas palabras que escuchó de su hijo el pasado 1 de abril. Desde entonces, la familia no ha vuelto a tener noticias de él.
Restrepo, quien trabajaba como mototaxista en Medellín y se encontraba validando el bachillerato, viajó el 5 de marzo atraído por una oferta que le prometía un bono de aproximadamente $65 millones por incorporarse al Ejército ruso y un salario mensual de entre $10 y $12 millones.
Su madre no sabía nada de la guerra entre Rusia y Ucrania. Dice que solo escuchaba lo que decían de Vladimir Putin, el presidente de Rusia. “Decían que era un presidente regio”, y nada más. Sin embargo, su hijo sí le explicó que iría a la guerra.
Su madre recuerda que la decisión no nació de un deseo de ir a la guerra, sino de la ilusión de cambiar el futuro de la familia. “Él me decía que me iba a mandar la plata para que compráramos una casa o un lote. Yo le insistía en que no se fuera, que era una guerra que no tenía nada que ver con nosotros”, contó María Eugenia.
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Un viaje lleno de irregularidades
Según cuenta su madre, una noche él, súbitamente, le anunció que se iría a Rusia junto a su amigo, Juan Esteban Atehortúa. Salió de Medellín rumbo a Bogotá, no se demoró en recibir un pasaporte para viajar a Panamá, luego a Estambul (Turquía) y finalmente ingresó a territorio ruso por vía terrestre.
Al llegar, empezaron las sorpresas. Ese cuantioso bono que le prometieron antes de partir sí se lo entregaron, pero con un descuento por los costos del viaje, del uniforme y demás. Además, lo separaron de su amigo, de quien su familia tampoco tiene conocimiento sobre su paradero.
“Me dijo que les habían dado apenas la mitad del bono porque les descontaron el transporte y la dotación”, recordó su madre.
Después, ni eso, pues le robaron ese dinero, junto con su celular y sus pertenencias durante el proceso de incorporación. Logró comunicarse con su madre utilizando teléfonos prestados de otros compañeros.
Cuando su madre, ya preocupada, le sugirió que escapara, él le alcanzó a advertir que varios extranjeros que intentaron abandonar el entrenamiento habrían sido golpeados y enviados a calabozos por los superiores militares.
Redes de reclutamiento
La desaparición de Dilmar obligó a María Eugenia a investigar más sobre la guerra de Rusia y Ucrania y encontró las denuncias sobre presuntas redes informales de reclutamiento que estarían captando colombianos a través de redes sociales con promesas de altos ingresos.
María Eugenia, por ejemplo, asegura que nunca conoció a la persona que convenció a su hijo de viajar. “Él nunca me quiso decir quién era. Solo sé que le pintaron todo muy fácil y le prometieron mucho dinero”, afirmó.
Tras contactar a familiares de otros colombianos que también viajaron bajo condiciones similares, la mujer asegura haber conocido versiones según las cuales los reclutadores recibirían millonarias comisiones por cada combatiente enviado.
“Nos dicen que pueden ganar hasta 80 millones de pesos por cada persona que reclutan. Están haciendo negocios con el dolor de las familias”, denunció.
Estas afirmaciones, sin embargo, no han sido confirmadas oficialmente por las autoridades colombianas.
”No aparece ni vivo, ni muerto”
En medio de la búsqueda, la familia ha logrado contactar personas en Rusia, pero la respuesta ha sido desalentadora. “Lo único que nos dijeron es que no aparece ni vivo, ni muerto ni desaparecido. No saben dónde está”, relató la madre.
Ante esta incertidumbre, la familia inició gestiones ante la Cancillería colombiana y espera el acompañamiento de la Personería de Medellín para activar los canales diplomáticos que permitan conocer el paradero del joven.
También buscan que el Ejército colombiano, donde Dilmar prestó el servicio militar entre los 18 y los 20 años, pueda ayudar a rastrear información sobre su situación.
El llamado a otros jóvenes
Mientras espera una respuesta oficial, María Eugenia les envía un mensaje a las familias de otros jóvenes que puedan estar considerando viajar al conflicto con las promesas de salarios inmensos:
”A las mamás les digo que hablen con ellos, que no crean en esas promesas. No vale la pena arriesgar la vida por una guerra que no es nuestra”, afirma.
Luego hace una pausa y resume el dolor de estos tres meses: “Yo quiero que me digan si está vivo o si está muerto. Lo peor es esta incertidumbre”.
No es un caso aislado
La historia de Dilmar ocurre en medio de un fenómeno que ha venido creciendo en Colombia. En los últimos años, decenas de exmilitares y civiles han viajado a Rusia o Ucrania atraídos por ofertas que prometen salarios de más de 10.000 dólares mensuales (cerca de 40 millones de pesos), bonos de enganche y la posibilidad de mejorar rápidamente su situación económica. Sin embargo, quienes han logrado regresar describen una realidad muy distinta.
Audel Hernán Rojas Beltrán, un colombiano que combatió en el frente de guerra del Donbás, región ucraniana bajo ocupación rusa, entre finales de 2023 y comienzos de 2024, relató a EL COLOMBIANO que las condiciones para los extranjeros se deterioraron drásticamente.
”Entre los ucranianos sí hay rotaciones cada cinco o diez días. Pero a los colombianos no. A nosotros nos dejan allá, como si fuéramos desechables. Conocí compatriotas que pasaron hasta siete meses metidos en una trinchera esperando sobrevivir”, contó.
El excombatiente aseguró que muchas de las ofertas laborales esconden condiciones que solo se conocen una vez llegan al país.
Según su testimonio, algunos reclutadores incluso financian los pasajes para luego retener los documentos de los viajeros y someterlos a controles que les impiden abandonar las filas.
”Todo se volvió un negocio de plata. Entre más le pagan el viaje, más lo controlan. Le pueden quitar el pasaporte, presionarlo para quedarse y usted termina sin decidir cuándo sale o cuándo descansa”, afirmó.
Ese panorama también fue documentado por el médico colombiano Eduardo Arias, quien participó recientemente en una misión humanitaria en Ucrania.
Durante su trabajo atendió a soldados con heridas causadas por explosivos, amputaciones y lesiones de extrema gravedad. Allí conoció a un combatiente colombiano que le relató que, de un grupo inicial de 53 hombres, solo dos seguían con vida.
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De acuerdo con un informe del centro de pensamiento Atlantic Council, entre 300 y 550 colombianos han muerto en la guerra entre Rusia y Ucrania, convirtiéndose en el contingente extranjero con más bajas dentro de las filas ucranianas.
A ello se suma que la Cancillería enfrenta decenas de solicitudes de familias que intentan repatriar los cuerpos o establecer el paradero de sus seres queridos.
Ante este panorama, Colombia sancionó recientemente la ley que incorpora la Convención Internacional contra el Reclutamiento, la Utilización, la Financiación y el Entrenamiento de Mercenarios. La norma busca facilitar la investigación y judicialización de quienes reclutan colombianos para participar en conflictos armados en el exterior.
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