Los dos terremotos de 7,2 y 7,5 que destruyeron barrios enteros en Venezuela ocurrieron a menos de 1.500 kilómetros de Medellín; la tragedia nos lleva a preguntarnos: ¿qué pasaría si sucede un sismo de esa magnitud en el Valle de Aburrá? ¿Cuán preparados estamos?
Si bien el área metropolitana no es considerada como una zona con amenaza de sismos, el nivel intermedio en que la ubica el Servicio Geológico lo hace vulnerable e invita a no ahorrar esfuerzos en prevención, mitigación del riesgo y el establecimiento de políticas y presupuestos para corregir las falencias constructivas y de una planeación errónea que tiene la ciudad desde el siglo pasado.
Para empezar a comprender la situación desde el punto de vista geográfico hay que decir que Colombia es un país con alta actividad sísmica debido a su ubicación entre varias placas tectónicas (Caribe y Suramericana) y la presencia de múltiples fallas internas (Romeral, Murindó, Bucaramanga y Cauca).
Si bien no todas las zonas del territorio nacional son mayormente susceptibles a la amplificación de ondas sísmicas, de acuerdo con las características geológicas y del tipo de suelo el riesgo puede incrementarse por la vulnerabilidad de las construcciones, sobre todo aquellas que no cumplen con la normativa vigente.
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Ricardo León Bonnet Díaz, profesor de la facultad de Ingenierías de la Universidad de Medellín, fue cocreador del Modelo Nacional de Riesgo Sísmico. Considera que no conocemos cómo está construida gran parte de la ciudad y qué materiales se utilizaron.
“No es que todo el conocimiento milenario o la autoconstrucción sean malos, pero, lamentablemente, en estas grandes ciudades lo que se autoconstruye se hace con lo que hay disponible, con los recursos económicos que se economiza en el cemento, en la calidad de materiales; no hay control ni supervisión técnica, no hay planos estructurales, ni un revisor estructural”, afirmó el experto.
El terremoto de Popayán
No es posible predecir con exactitud cuándo ocurrirá un terremoto. Aunque existen tecnologías de monitoreo sísmico y sistemas de alerta, la información suele recibirse después de que el evento ha ocurrido. Por ello, la gestión se centra en identificar zonas sísmicamente activas y fuentes cercanas, así como en monitorear la actividad sísmica de manera constante.
Por eso, y con la premisa de que el que hace daño no es el sismo sino la carencia de calidad en las construcciones que no resisten a este, el Estado colombiano creo, en 1984, la primera norma oficial de sismo resistencia en Colombia, conocida como la CCCSR-84, que fue expedida, también, como respuesta y medida preventiva tras el devastador terremoto que azotó a Popayán el 31 de marzo de 1983.
Esta norma fue la antesala de la NSR-10, que es la que está vigente en el país, y que rige el diseño y la construcción de edificaciones en Colombia para garantizar que resistan temblores, con el objetivo de evitar el colapso de las estructura.
Justamente antes de 1984 Medellín daba pasos de urbe. En el centro de la ciudad se concentraban grandes edificios sedes de textiles y bancos. También, de manera paralela, se construyeron lujosas viviendas en altura y en las laderas ya se evidenciaba el asentamiento de población, principalmente la que emigraba de zonas rurales de Antioquia y el Chocó.
“Quien construye lo hace con su conocimiento empírico, entonces tenemos un riesgo latente en todo lo que ha sido autoconstruido y no ingenieril. Ese riesgo es mayor en las zonas periféricas donde han poblado personas desplazadas por la violencia, de bajos recursos económicos que habitan donde pueden y como pueden, con, incluso, combinación de materiales y de sistemas”, dijo Bonnet.
Para el docente e investigador, lo más preocupante es que más del 60% de las edificaciones de Medellín fueron construidas antes de 1984, es decir, cuando no existía una norma regulatoria que obligara a incorporar materiales y prácticas sismorresistentes.
Sin embargo, para la época, muchos ingenieros se basaban en normas internacionales, como la de San Francisco (Estados Unidos) previendo este tipo de fenómenos naturales y una inminente legislación colombiana que exigiera medidas, desde la construcción, para mitigar el riesgo de desplome.
“Muchos edificios emblemáticos, como El Coltejer, fueron construidos con normas internacional ante la falta de una regulación nacional. El problema es que no se sabe a ciencia cierta cuántos sí y cuántos no”, asevera.
Urge revisión a edificaciones
Diego Peña, geólogo y subdirector del Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres (Dagrd), expresó que las edificaciones construidas antes de la entrada en vigor de normas actuales deben ser evaluadas estructuralmente para determinar su cumplimiento y seguridad.
Agregó que la altura de un edificio no determina su nivel de seguridad; el cumplimiento normativo y las evaluaciones periódicas son más relevantes.
“Es fundamental que las propiedades horizontales y las administraciones de conjuntos habitacionales realicen evaluaciones recurrentes, no solo cuando lo exige la ley, sino como parte de sus procesos internos, debido a la alta densidad de ocupantes y la necesidad de garantizar evacuaciones seguras y rápidas”, añadió.
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Para Peña, el daño causado por un sismo “no depende únicamente de la magnitud o la profundidad del evento, sino principalmente de la vulnerabilidad de las estructuras expuestas”.
Los factores clave que determinan el riesgo, según el experto, son la magnitud e intensidad del sismo, la profundidad del epicentro, la respuesta de las edificaciones ante las ondas sísmicas y el tipo de suelo sobre el que están construidas las edificaciones (el suelo rígido transmite menos energía, mientras que suelos sueltos o rellenos pueden amplificar las ondas).
Capacidad de respuesta
El Distrito es consciente el riesgo que tiene Medellín ante un sismo. Por eso, durante el año, además del simulacro nacional, realiza sensibilizaciones y campañas por toda la ciudad.
El subdirector Peña reiteró que en caso de un evento sísmico de gran magnitud que genere desplazamientos masivos o daños generalizados se deben establecer equipamientos y albergues temporales para los afectados. Asimismo, como medida preventiva y urgente, es necesario que los ciudadanos conozcan los planos de los conjuntos residenciales que habitan y las rutas de evacuación y planes que existen.
“Se debe tener a la mano un botiquín, unos elementos esenciales. Incorporar a las mascotas en un plan de evacuación. Que la familia sepa cómo me comportarse y tener procedimientos y protocolos mínimos. Tener información vital no solo de manera física, sino digital, documentos relevantes escaneados”, dijo Peña.
Mitos y leyendas
No todas las recomendaciones populares como ubicarse bajo el marco de una puerta o el triángulo de la vida son aplicables a todos los tipos de construcción; su efectividad depende de la arquitectura y materiales del edificio.
Es preferible, según el Dagrd, evitar generalizaciones y adaptar las acciones a la realidad de cada edificación. El uso de ascensores está contraindicado durante sismos debido al riesgo de fallos estructurales. La decisión entre dirigirse a la azotea o a un piso bajo debe basarse en el conocimiento previo de los puntos seguros definidos en cada edificio.
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“Es que un sismo tiene una duración, siendo muy larga, de casi 25, 30 segundos, puede ser menos. Eso es mucho tiempo la tierra moviéndose, pero pueden ser 5, 7, 8, 10 segundos, y se debe evacuar de manera rápida y segura. Por eso hay que precisar sitios, generar albergues, saber dónde encontrarnos y qué vamos a necesitar”, explicó Peña.
¿Qué se puede hacer?
Medellín ha sido mal planificada, coinciden académicos, funcionarios y expertos. Esto no debe ser visto como una situación superficial sino como un asunto de fondo que requiere soluciones inmediatas.
En esa dirección, el ingeniero Bonnet es categórico en instar a que Medellín y Colombia empiecen a revisar las construcciones que no cuentan con la norma de sismorresistencia o que están construidas en zonas de riesgo. Recomendó que haya una reserva económica, un presupuesto, que no dependa del gobierno de turno, incluso, a largo plazo, para crear programas y planes de vivienda que permitan reubicar a moradores que están en zonas de riesgo.
“Hoy tenemos un panorama inquietante y muchas personas están viviendo en vivienda informal o en viviendas con mamposterías o con pórticos que están desactualizados. O, en la mayoría de los casos, que fueron diseñados sin norma. No tienen varillas de refuerzo, no tienen columnas de concreto. O sea, no hay columnas, no hay vigas”, dijo Bonnet.
Pero, más allá de las políticas estatales y las acciones de las autoridades, la medida urgente parte desde los ciudadanos: el autocuidado, esto es que las personas reconozcan en dónde están viviendo y en qué condiciones.
“Se debe convencer a la comunidad de apropiarse del conocimiento. Que sepa muy bien en qué condiciones está, concientizarla a través de videos, de tutoriales, de capacitaciones comunitarias con líderes, que acepten y reconozcan el riesgo”, concluyó el docente.