Dora Elena López Duque no necesita “pastelear” los nombres de los 9 sacerdotes que han pasado por la parroquia San Jerónimo de La Gabriela en el municipio de Bello, donde se crió y ha vivido hasta ahora. Los dice en el orden que estuvieron desde 1982, con apellidos incluidos. Una memoria prodigiosa que, según ella, Dios le ha dado. También manifiesta que la premió con la vocación de servicio, con el don de obrar sin interés propios. No en vano esta es su Semana Santa número 44 en el mismo barrio, quizá no con la misma gente, pero sí con la fe intacta que ha tenido desde que era una niña.
Siendo apenas una jovencita, con 15 años a lo mucho, Dora empezó a interesarse por apoyar las actividades de la iglesia, una que en aquel entonces ni siquiera había sido bautizada. Apenas era una capillita distinguida por pocos que rápidamente se ganó el cariño de la comunidad, la cual, casi siempre, tenía que buscar otras parroquias en barrios aledaños para poder disfrutar uno de los siete sacramentos católicos: la eucaristía.
Entre la misma gente de La Gabriela se fue tejiendo la iglesia. Pasó de ser un lugar NN a adoptar el nombre de San Jerónimo, santo al que se le atribuye la traducción de la Biblia del hebreo y griego al latín, y considerado el Doctor de la Iglesia. En todo ese proceso estuvo Dora, quien a su corta edad ya estaba rodeada de hombres y mujeres mayores que empezaban a forjar una comunidad religiosa voluntaria, pero a ella poco le importaba ser la menor. Su verdadero propósito era servir.
Poder disfrutar de una Semana Santa sin necesidad de trasladarse a otro sitio de Bello o Medellín era toda una novedad para ella, un privilegio que le resultaba divino y hasta sagrado. La aprovechaba -y la aprovecha- al máximo, no perdía minutos en su casa que podrían ser vitales para la organización de todos los eventos religiosos que se realizaban durante los 7 días. Tanto era el tiempo que pasaba en la iglesia que su mamá una vez le dijo: “Si quiere le doy un colchón y una cobija para que duerma allá”, siendo también una mujer muy devota, que le inculcó a sus cinco hijos el respeto y el amor por Dios.
Al cabo de unos años, Dora se convirtió en una mujer religiosamente multifuncional: hizo parte del grupo juvenil, del coro de la iglesia y hasta se unió al grupo de proclamadores de la palabra. No desde un rol protagónico ni tampoco con el afán de ganar adeptos y reconocimientos, sino con la humildad que Cristo profesó en su paso por la tierra de los hombres, poniendo a disposición su capacidad de servir sin recibir nada a cambio.
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En algún momento de su juventud, estando soltera, pensó en ser monja, mientras estudiaba el bachillerato. Dice que sintió el llamado, pero luego concluyó que su misión era obrar desde otro frente.
“Yo fui a retiros espirituales, a encuentros con las Terciarias Capuchinas, con las Dominicas, a diferentes comunidades. Casi me pescan (risas), y yo sí lo consideré, pero una vez terminé de estudiar, ese deseo que había sentido de ser religiosa no era el mismo. Finalmente me gustó más el trabajo de parroquia, de colaborarle a la comunidad desde mi rol, y no desde un convento”, detalló Dora.
Si bien la Semana Santa en los barrios no se hace en vivo —es más una tradición que se tiene en los pueblos— ella recuerda que por casi 10 años en La Gabriela sí se realizó de esa manera. Es una de sus anécdotas más preciadas, pues dice que eso permitía una mayor participación de la gente en las procesiones y en las eucaristías. Uno hacía el papel de José, otro el de María, otro el de Jesús y así sucesivamente se iban asignando los roles. De las mejores experiencias, según López Duque.
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