“Vivimos funcionando más que latiendo”: Hugo Mujica

La reciente participación del poeta Hugo Mujica en la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2026 coincide con la publicación la segunda edición de ‘Del crear y lo creado. Poesía completa (1983-2011)’, editada por Vaso Roto Ediciones. Ganador del Premio Loewe de Poesía en 2025, el autor argentino reúne en este volumen casi tres décadas de escritura.

hace 1 hora
  • “Tengo un pulmón extra: los oídos”, dice el poeta y filósofo argentino Hugo Mujica; reflexiona sobre el silencio como una forma de escucha profunda y la belleza que nace de las heridas. Foto: Cortesía
    “Tengo un pulmón extra: los oídos”, dice el poeta y filósofo argentino Hugo Mujica; reflexiona sobre el silencio como una forma de escucha profunda y la belleza que nace de las heridas. Foto: Cortesía
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Hugo Mujica (Avellaneda, Argentina, 1942) posee una trayectoria marcada por el tránsito entre disciplinas y geografías. Filósofo, teólogo, antropólogo y poeta, su vida cambió drásticamente en la década de los sesenta cuando, tras residir en Estados Unidos y participar de la efervescencia cultural neoyorquina, optó por la vida monástica. Integrante de la Orden de la Trapa durante siete años, bajo un estricto voto de silencio, fue en ese aislamiento donde su expresión artística viró de la pintura hacia la palabra escrita.

Su obra poética y ensayística explora la relación entre el silencio, la escucha y el acontecimiento cotidiano. En sus textos, Mujica plantea la existencia no como un propósito con final predeterminado, sino como una apertura constante a la transformación y a la libertad de elección. Para el autor argentino, habitar la vida implica la capacidad de narrar la propia historia y encontrar belleza incluso en la herida, defendiendo una sensibilidad que nace de la observación pausada frente a la inmediatez del consumo actual.

“Si dejas vivir a la vida, ella misma te va llevando. Nosotros somos ese pedacito de vida que nos va viviendo, y la misma que vive esa mesa, que está ahí. Todo eso tiene una intencionalidad que no sabemos, porque somos tan solo una gotita de todo ese mar, pero debemos confiar y seguir”.

“Todo fue como siempre: / Abrí las manos y estabas / y todo fue como siempre / por única vez”.

Usted empezó a trabajar desde muy pequeño en una fábrica de vidrio. ¿Cuál fue esa primera mirada de origen que le dejó este lugar?

Mi padre quedó ciego cuando yo tenía alrededor de seis años, por un accidente de trabajo. Mi madre estaba en casa todo el tiempo, pero cuando eso sucedió nos dio una fuerza superior. A partir de ahí, mi madre se encargó de cuidarlo y yo empecé a trabajar; me creía el hombre de la casa. En vez de condenarnos, el accidente de mi padre nos obligó a sacar una fuerza nueva y nunca nadie se quejó o se volvió un drama.

De esta segunda edición de ‘Del crear y lo creado’ que reúne sus poemas hasta 2011, ¿cuáles fueron los que más lo atravesaron?

Hay uno que dice: Pocos ven su belleza/ y también la espina/ la tiene/ no pocas veces/ la herida es una rosa. Cuando terminé de escribirlo, me pareció preciosa la idea de descubrir que el dolor también es belleza.

Tengo entendido que a su vida llegó primero la pintura y luego la poesía. Hablemos un poco de ese tránsito

Sí, estudié en Bellas Artes. Yo me había concebido a mí mismo como un pintor. Primero tuve un cuaderno de pinturas, antes que un cuaderno de poemas, y siempre he dicho que quiero escribir como pinta Giorgio Morandi. Cuando ves una pintura de él, quedas sumergido en el silencio.

¿En qué momento la poesía entró en su vida?

Me fui a vivir a Estados Unidos. Viví diez años ahí. Llegaron los años sesenta: los hippies, la revolución sexual, la matanza de Kennedy, Luther King, la guerra de Vietnam. Todo lo que fueron esos años obligaba a hacer un giro... O sea, cuando se acababan los sesenta había que tomar decisiones. La revolución creativa había fracasado; se la había tragado el sistema.

Y ahí la gente o volvía al establishment, al que yo pertenecía, o se reventaba con drogas y moría, o se iba por la línea mística. Yo me enganché por ahí y empecé a estudiar con un gurú, Swami Satchidananda, a vivir en un monasterio. En un momento, una amiga de él dio una conferencia en un monasterio trapense.

Fue ahí cuando me enamoré estéticamente del silencio y entré en esa orden. Estuve siete años. En el monasterio dejé de pintar, luego de tres años sin tensión ninguna. Viviendo en el silencio llegó la poesía. Resultó que, al observar una cosa, mi cuerpo la sentía; luego iba a anotarla en un papel y me daba cuenta de que nacía una expresión nueva.

Usted dice que se enamoró del silencio. Sin embargo, eso me lleva a pensar que la decisión de vivir en un monasterio debió significar un cambio abrupto, sobre todo porque venía de una cotidianidad atravesada por las palabras y el ruido. ¿Cuáles fueron los principales cambios y aprendizajes que encontró en esa experiencia?

El silencio no es nada. No existe como lugar (risas). Yo creo que lo que uno llama silencio es aprender a escuchar. Y, en determinados ambientes, podés escuchar y sentir cómo se te dilata todo, porque no hay nada que lo interrumpa y se vuelva palabra.

Es una sensación de apertura, de que mi cuerpo empezó a escuchar y, por eso, empecé a escribir. Porque no es escuchar palabras nada más, sino escuchar que todo está expresándose; no hablando, pero sí expresándose.

Para mí, el aprendizaje fue ese. Yo digo que tengo un pulmón extra: los oídos. Una sensibilidad distinta, que nace desde la piel.

Ese final quedó muy potente. “Tengo un pulmón extra: los oídos” tiene mucha fuerza literaria y filosófica.

Dostoievski solía decir “La belleza salvará al mundo “¿está de acuerdo con esto?

No sé si vaya a salvar al mundo, porque ya no hablamos de un solo mundo. Está el mundo de los árabes y el de nosotros; antes se hablaba para todos. Pero sí creo que quien tiene un contacto verdadero con la belleza experimenta una transformación de la vida. Yo veo el mundo como una antorcha de sentido: nos sentamos alrededor y contamos cosas sobre la vida.

Yo era un joven neoyorquino, me encanta decirlo así (risas). En esa época decía que quería tener amigos hippies y un día alguien me dijo: “Porque ustedes, los hippies...”. Ahí me di cuenta de que yo era uno de ellos (risas). Entonces, para vestirse como hippie había que tener una camisa celeste y sandalias hechas a mano.

Entré a un local. No había nadie. Recuerdo una ventana con una cortina y, apenas entré, se escuchaba una cantada de Bach a todo volumen. Quedé atravesado por eso. Después de escucharla me dije: “Yo voy a vivir de la belleza del arte”. En ese momento sentí que le estaba diciendo que sí a ese camino.

Alguna vez, en una entrevista, usted mencionó que ya no se escriben textos sobre para qué se vive. Desde esa orilla, ¿cómo cree que hoy se podría construir el sentido de la vida?

Nosotros estamos consumidos por la inmediatez. Si vas a escribir una reflexión sobre la vida, primero debés tener esa vivencia para después poder expresarla. Mucha gente encuentra mi literatura y mis poemas interesantes porque primero viví cuarenta años y luego escribí sobre eso. Me parece que hoy falta una separación de la vida: habitarla primero para después expresarla.

Vivimos en la inmediatez. Si un libro salió bien, entonces hay que escribir otro antes de que se olviden de que sos el autor del primero. Hay un mercado de por medio y también, cuando algo funciona, puede convertirse en un vicio, porque empezás a repetir lo mismo. Vivimos más funcionando que latiendo.

El escritor Byung-Chul Han habla en sus libros de cómo a las últimas generaciones nos ahoga la cotidianidad. ¿Por qué cree que terminamos refugiándonos en ella?

Porque la cotidianidad es una especie de defensa que inventamos para no arriesgarnos. Entonces ya sabemos lo que hacemos todos los días y no sentimos la necesidad de innovar. Repetimos lo mismo.

Si mi marido o mi esposa cambió —que sería lo mejor que le podrías decir a alguien—, “cambiar” casi siempre se asocia con algo malo (risas). Entonces la cotidianidad es una especie de pacto con la prisión; es lo mejor que podemos hacer estando presos.

¿Es necesario arriesgarse para tener un sentido?

Es que la vida es riesgo y la riqueza del riesgo es que te pone donde vos no irías por vos misma. Y la idea es que la vida nos pegue, nos toque y cuando nos toca contestás pero preferimos vivir protegidos. Debemos sentir la sorpresa, el golpe del otro.

¿Cómo lograr vivir entre tanta inmediatez?

En el fondo tú sabes qué es lo que debes hacer, el punto está en si tomas la decisión o no. Hace algunos años estaba compartiendo con el cantante Pedro Aznar y de pronto dijo una frase: “Bastaría desenchufar el teléfono” y abrimos los ojos, sabíamos que era verdad pero que estábamos condenados a esa noche no poder apagar el celular (risas). Entonces, en la vida debemos afirmarnos más en esa libertad.

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