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Camine conmigo: una noche a ciegas para llegar a El Tabor, la piedra más alta de Antioquia

A medianoche, cuando la ciudad duerme y el cuerpo todavía duda, empezamos a caminar. No para ver más lejos, sino para ver mejor. La Piedra El Tabor —la roca más alta de Antioquia desde su base— nos esperaba en silencio. Subirla de noche fue una decisión consciente: renunciar a la vista para escuchar lo que el camino tenía que decir.

  • Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. Foto: Club de los Perdidos.
    Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. Foto: Club de los Perdidos.
  • Bajando Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
    Bajando Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Camino de hormigas nocturno. Foto: Cristina Rodríguez.
    Camino de hormigas nocturno. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Primeras líneas del amanecer en cima de Tabor. Foto: Club de los Perdidos.
    Primeras líneas del amanecer en cima de Tabor. Foto: Club de los Perdidos.
  • Amanecer en Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
    Amanecer en Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Bajando con luz la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
    Bajando con luz la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
    Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Vista desde abajo con luz de día de la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
    Vista desde abajo con luz de día de la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
  • Equipo que subió Piedra Tabor nocturno.
    Equipo que subió Piedra Tabor nocturno.
  • Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. En la foto a su derecha guía Javier Castaño junto a locales. Foto: Cristina Rodríguez.
    Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. En la foto a su derecha guía Javier Castaño junto a locales . Foto: Cristina Rodríguez.
hace 2 horas
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Para llegar a la Piedra El Tabor hay que querer llegar. San Carlos queda en la zona de embalses del Oriente antioqueño y desde Medellín el trayecto toma entre tres horas y media y cuatro, dependiendo del humor de la vía y del tráfico. Desde el casco urbano, la ruta continúa hacia las veredas El Tabor y Vallejuelos, por el mismo camino que conduce a los balnearios de La Viejita, mientras la quebrada San Antonio acompaña el descenso, discreta pero constante, como si supiera algo que uno aún no.

Lea además: Camine conmigo: Travesía El Retiro–Fredonia, cuando caminar se vuelve medicina

El Tabor tiene varios nombres —Cerro El Tabor, Piedra El Tabor, Monolito El Tabor— y una historia oral que no se borra: durante años fue llamada Piedra La Teta, por su forma evidente y sin rodeos. Nombrar también es una forma de apropiarse del paisaje, de volverlo cotidiano, de hacerlo parte del cuerpo.

Geológicamente, pertenece al Batolito Antioqueño, una formación granítica con más de 80 millones de años que comparte linaje con la Piedra del Peñol, la Piedra del Marial y El Peñón de Entrerríos. Pero El Tabor tiene algo distinto: es la piedra más alta de Antioquia desde su base (223 metros) y la segunda más grande del departamento. En su cima, el altímetro marca 1.858 msnm.

Bajando Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Bajando Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.

La decisión: caminar de noche hacia la Piedra Tabor

Arrancamos a las 8:30 p. m. desde la Estación Universidad, en una van que nos sacó de la ciudad. Éramos once personas. Once cuerpos con historias distintas y una misma intención: subir de noche para ver amanecer, aventura que hicimos con el Club de los Perdidos.

Nuestro guía, Javier Castaño, músico y flautista de la Orquesta La Eterna, se mueve como toca: con ritmo, pausa y sensibilidad. Hay personas que no necesitan explicar mucho; caminan y uno entiende.

Llegamos pasada la medianoche. Antes de empezar, calentamos el cuerpo y estiramos en la Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. Bajo un cielo tan despejado que parecía un error de la realidad, la piedra empezó a revelarse en la oscuridad, obligando a la noche a ceder un poco.

Ahí nos presentamos. No con nombres solamente, sino con intenciones. Entendimos que esa subida no se hacía en solitario. Que esa noche nos cuidaríamos entre todos, porque los ojos no serían los protagonistas.

Subir cuando no se ve nada

La subida no es larga: entre una y dos horas, según el ritmo y las pausas. Pero no es fácil.

El reto no está en la distancia, sino en la inclinación, las piedras volcánicas sueltas, la humedad, el equilibrio. Esa noche el clima estuvo de nuestro lado: cielo despejado, temperatura fresca, cero lluvia. Una bendición. No había lodo ni frío extremo. Solo camino.

Caminar de noche es reaprender a caminar. Las manos entran en juego. El oído se afila. El olfato despierta. El cuerpo duda, pero sigue. Aprendemos a distinguir un palo de una roca, una raíz de un matorral. El bosque se vuelve sonoro: azulejos, guacharacas, grillos, sapos, hojas golpeadas por ramas invisibles.

A las 2:14 a. m. hicimos una pausa que no estaba en ningún itinerario: nos quedamos en completo silencio. Apagamos las linternas. El cielo explotó en estrellas. La ciudad, con su contaminación lumínica, parecía un recuerdo lejano.

Pensé en Osho:

“La vida no te espera en ninguna parte. Te está sucediendo”.

Y era verdad. Estaba ahí. Respirando.

Camino de hormigas nocturno. Foto: Cristina Rodríguez.
Camino de hormigas nocturno. Foto: Cristina Rodríguez.

Ver sin los ojos: aprender a avanzar a ciegas

¿Por qué caminar de noche si no se ve nada? Porque estamos demasiado acostumbrados a depender de la vista. La usamos para elegir, juzgar, decidir, defendernos. Y olvidamos que tenemos otros sentidos —científicos y espirituales— que también leen el mundo.

Caminar en la oscuridad no es solo un reto físico: es un acto de escucha, un ejercicio de confianza, un regreso a lo salvaje.

Ahí, el cuerpo recuerda.

Lea aquí: Caminar cuando todos duermen: así son 12 horas de recorrido nocturno en el Páramo de Belmira

El último tramo antes de la Piedra El Tabor

Desde la escuela, el camino continúa entre potreros unos 800 metros, hasta que la carretera desaparece y el sendero se cierra. Luego viene el bosque. Las raíces. Las rocas grandes. El lugar conocido como la Raíz de la Roca, un punto que vibra, literal y simbólicamente.

Más arriba, la primera zona despejada: la Piedra El Tabor frente a nosotros. Imponente. Cercana. Tocable.

El tramo final es estrecho, técnico, exigente. Hasta que, por un boquete natural, accedemos a la cima.

3:20 a. m.

360 grados de Antioquia dormida, y nosotros despiertos bañados en estrellas infinitas.

Primeras líneas del amanecer en cima de Tabor. Foto: Club de los Perdidos.
Primeras líneas del amanecer en cima de Tabor. Foto: Club de los Perdidos.

Esperar el amanecer en Piedra Tabor

No hacía frío. La sangre seguía caliente. Nos sentamos, sacamos cobijas, hablamos, reímos. Nadie tenía sueño. Una hora después, la temperatura bajó y Javier sacó un fogón, vino, naranjas y clavos.

Vino caliente. En la piedra más alta de Antioquia. Bajo un cielo estrellado.

Hay momentos que no necesitan adjetivos.

A las 5:30 a. m., una línea azul y amarilla cruzó el cielo. El amanecer fue sutil, elegante, sin alardes. Rayos revisando montañas. Un mar de cordilleras. Minutos breves que se sienten infinitos.

Amanecer en Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Amanecer en Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.

Bajar la Piedra Tabor, ahora con luz de día

A las 6:40 a. m. emprendimos el regreso. Con luz, el camino se revela: lianas, cuchillas, raíces, rocas enormes, árboles que parecen rascacielos naturales. El miedo desaparece. La belleza se multiplica.

De bajada, nos cruzamos con caminantes que subían de día. Dos experiencias distintas. Dos verdades igual de válidas.

A las 8:00 a. m., de vuelta en la escuela, nos esperaba un desayuno campesino, de esos que no solo llenan el estómago sino que aterrizan el cuerpo después de una noche intensa. La ruta había terminado. El aprendizaje no. Todavía quedaba camino por decantar.

Y como el cuerpo también habla —y pide—, había un regalo más esperando. Vea pues: unos 20 minutos más abajo están las cascadas. Sí, cascadas. El charco perfecto para cerrar el ciclo. El agua fría no pregunta, entra y ordena. El cuerpo agradece, los músculos se callan y el espíritu —ese que venía cargando cosas que ni sabíamos— se suelta. El agua cayendo hace su magia (lo que los científicos llaman Efecto Lenard), pero uno no necesita saber de iones para entenderlo: sale liviano, como recién estrenado.

Bajando con luz la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Bajando con luz la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Vista desde abajo con luz de día de la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.
Vista desde abajo con luz de día de la Piedra Tabor. Foto: Cristina Rodríguez.

Y quizás por eso todo lo vivido empieza a acomodarse. Porque como decía Osho, el silencio y cerrar los ojos no son una renuncia al mundo, sino una forma más honesta de habitarlo. Cuando no vemos, dejamos de anticipar. Dejamos de controlar. El camino deja de ser una línea y se vuelve experiencia. Cada paso es presente puro.

Equipo que subió Piedra Tabor nocturno.
Equipo que subió Piedra Tabor nocturno.

En la Piedra El Tabor entendí que la oscuridad no es ausencia, es maestra. Que no ver obliga a confiar: en el cuerpo, en el otro, en la tierra que sostiene. Que cuando los ojos descansan, algo más antiguo despierta y guía.

Porque después de caminar sin ver, uno aprende algo sagrado: la vida no siempre se ilumina para mostrarnos el camino; a veces se oscurece para que aprendamos a estar verdaderamente presentes. Y eso —como el amanecer— no se explica. Se vive.

Siga leyendo: Camine conmigo: Betulia–Concordia, recorriendo el balcón del Suroeste para recordar quiénes somos

Recomendaciones para la ruta

No ir solo, especialmente si la haces de noche. El Tabor se disfruta más —y se respeta mejor— en grupo y con guía local.

Buen calzado es clave: la inclinación, las rocas sueltas y las raíces no perdonan tenis lisos ni distracciones.

Lleva linterna frontal, incluso si vas de día. La montaña cambia rápido y siempre es mejor estar preparado.

Hidrátate bien antes y durante el recorrido. No hay puntos de abastecimiento en la ruta.

Ropa ligera pero térmica, sobre todo si planeas esperar el amanecer en la cima.

Guantes opcionales, pero muy útiles para apoyarte en rocas y raíces durante el ascenso final.

Respeta el silencio del lugar: no es solo paisaje, es territorio vivo.

No dejes rastro. Lo único que deberías llevarte es el cansancio y el aprendizaje.

Ficha técnica – Piedra El Tabor

Ubicación: Vereda El Tabor, municipio de San Carlos, Oriente antioqueño

Distancia aproximada: 10,9 km (recorrido total)

Duración estimada: 4 a 6 horas, según ritmo y paradas

Altura máxima: 1.858 msnm

Altura mínima: Aproximadamente 1.500 msnm
Desnivel positivo: 825 metros

Desnivel negativo: Cerca de 300 metros

Nivel de dificultad: Nivel 4 de 5 (exigente por inclinación y terreno)

$!Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. En la foto a su derecha guía Javier Castaño junto a locales<b>. </b>Foto: Cristina Rodríguez.
Institución Educativa Rural Palmichal, sede El Tabor. En la foto a su derecha guía Javier Castaño junto a locales. Foto: Cristina Rodríguez.
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