La noche que debía ser una fiesta continental terminó convertida en una escena de caos, humo y estruendos. En el Atanasio Girardot, el duelo entre el DIM y Flamengo apenas alcanzó a ponerse en marcha cuando se confirmó el peor presagio: las medidas de seguridad no bastaron para contener la pólvora ni la furia de una parte de la hinchada.
Desde mucho antes del pitazo inicial ya se percibía un ambiente distinto. En la tribuna norte, cientos de aficionados del cuadro rojo llegaron vestidos de negro, como si la noche hubiera sido convocada más para la protesta que para el fútbol. La tensión se respiraba entre cánticos ásperos y miradas desafiantes hacia los controles de ingreso. Y apenas rodó la pelota, comenzaron las detonaciones.
El estruendo de la pólvora se tomó el estadio. Bengalas encendidas surcaron el aire y cayeron sobre la cancha en medio de una lluvia roja y anaranjada que obligó a jugadores y árbitros a mirar con preocupación hacia las graderías. El partido pasó a segundo plano. En cuestión de minutos, la tribuna norte se convirtió en el epicentro del desorden.
Los aficionados empezaron a bajar hacia la parte inferior de la gradería mientras continuaban lanzando pólvora y encendiendo nuevos artefactos. Algunos, encapuchados, avivaban el caos entre columnas de humo que ya cubrían sectores completos del estadio. La Policía tuvo que reforzar su presencia alrededor del terreno de juego para impedir una invasión a la cancha que parecía inminente.
El árbitro, viendo que no existían garantías de seguridad, reunió rápidamente a los futbolistas y les indicó que debían abandonar el campo. Los jugadores caminaron hacia los vestuarios mientras las detonaciones seguían retumbando en el Atanasio. Afuera, la incertidumbre crecía con cada minuto de suspensión.
En la tribuna norte aparecieron focos de incendio. Varias zonas comenzaron a arder mientras seguían explotando voladores y bengalas. El humo se mezcló con los cánticos en una escena que retrató la fractura entre una parte de la hinchada y el club.
El partido quedó suspendido y sobre Medellín cayó otra vez la sombra de las sanciones. Todo indica que el DIM y el estadio podrían enfrentar castigos disciplinarios por los desmanes. Paradójicamente, ese parecía ser el objetivo de quienes protagonizaron los disturbios: provocar una sanción como forma extrema de expresar su inconformismo.
El partido quedó detenido en medio del humo. Y el fútbol, una vez más, perdió la batalla contra la violencia en las tribunas.
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