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La montaña que piensa: teatro atrae turistas a Calatrava, en Itagüí

La sede cultural de La Tartana tiene una oferta de teatro, pintura, gastronomía y paisaje. Otro escenario para conocer.

  • Melissa Gómez y Pablo Quintero son los actores de La Tartana, que tiene sede en una montaña del sur del Aburrá. FOTO manuel saldarriaga
    Melissa Gómez y Pablo Quintero son los actores de La Tartana, que tiene sede en una montaña del sur del Aburrá. FOTO manuel saldarriaga
  • La montaña que sueña tiene un restaurante y un teatro con capacidad para 120 personas. El sitio está abierto todos los días, después del mediodía, y cierra sus puertas en la noche. FOTO Manuel Saldarriaga
    La montaña que sueña tiene un restaurante y un teatro con capacidad para 120 personas. El sitio está abierto todos los días, después del mediodía, y cierra sus puertas en la noche. FOTO Manuel Saldarriaga
hace 32 minutos
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Arriba, cerca del Pico Manzanillo, de Itagüí, está La montaña que piensa, la sede de la corporación cultural La Tartana. Allí, además de una vista privilegiada del Valle de Aburrá, la gente asiste a funciones de teatro, eventos de cuentería, música, danza y gastronomía.

Creada en 1999, la organización fue primero un lugar de tertulias literarias con el nombre de El Poema. Con el paso del tiempo, el proyecto evolucionó hacia un centro cultural y escénico que integra distintas disciplinas artísticas y actividades dirigidas a la comunidad, en particular a los habitantes de Calatrava.

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Melissa Gómez y Pablo Quintero, actores e integrantes de La Tartana, le contaron a EL COLOMBIANO que la corporación ha trabajado durante más de dos décadas en esa montaña y ha cultivado una relación directa con los habitantes del sector. La sede actual, en funcionamiento desde hace cerca de 15 años, es un punto de encuentro para prácticas culturales y procesos de creación.

Durante sus primeros años en este espacio, el proyecto enfrentó un contexto marcado por la violencia en vecindarios cercanos. Melissa y Pablo recuerdan momentos de tensión que vivieron durante las obras, cuando los combos que hicieron de Itagüí un lugar de muerte trataron de pasar las fronteras del recinto. “Una vez, durante una función, un pelado sacó del pelo a una muchacha y le apuntó con una pistola en el patio. Casi la mata”. Dice Melissa.

En ese periodo, la corporación realizó talleres gratuitos de teatro, malabares, música, artes plásticas y otras expresiones, dirigidos principalmente a niños y jóvenes.

Según Pablo, estas actividades buscaban ofrecer alternativas de uso del tiempo libre y generar vínculos distintos a los que predominaban en el entorno. Los talleres eran semilleros abiertos, a los que los participantes acudían después de sus jornadas escolares.

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La financiación de estas iniciativas ha sido mixta. La corporación accede a convocatorias públicas de entidades culturales, al tiempo que desarrolla actividades con empresas privadas mediante servicios artísticos. Estos recursos se destinan al sostenimiento del espacio y a la producción de obras.

Uno de los proyectos implementados en años anteriores fue “La montaña va a...”, una estrategia de intervención en distintos puntos del territorio, incluidos sectores con restricciones de movilidad (las infames fronteras invisibles). Allí se realizaban presentaciones artísticas con contenidos pensados para promover la convivencia y la transformación social.

Actualmente, la organización concentra su trabajo en la creación artística y en la circulación de obras. El grupo base está conformado por un equipo reducido de artistas que desarrolla montajes teatrales, a los que se suman colaboradores en danza, música y circo.

El repertorio incluye piezas originales y adaptaciones. Entre las obras mencionadas por Melissa y Pablo se encuentra una versión de Don Quijote para teatro de calle y sala. También, montajes de creación propia que abordan problemáticas sociales. Una de estas propuestas, titulada Alevosía, recoge testimonios relacionados con dinámicas de violencia en contextos urbanos.

Aunque en el pasado los semilleros funcionaban de manera permanente, en la actualidad los procesos formativos de la Montaña que piensa están más ligados a las necesidades de cada montaje. Los participantes se integran a partir de convocatorias o vínculos previos con la corporación.

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La sede es un espacio de circulación para otros artistas que no cuentan con infraestructura propia. En este lugar se han realizado presentaciones de agrupaciones nacionales e internacionales. Allí se presentó el actor Diego Trujillo. “La gente de la comunidad ha visto obras de distintas partes del mundo”, dice Melissa.

En paralelo a la actividad artística, el proyecto incorporó una línea gastronómica y de turismo cultural. Durante la pandemia, cuando las restricciones afectaron las actividades presenciales, la organización creó un restaurante que actualmente funciona todos los días desde el mediodía hasta la noche.

Este componente incluye recorridos por el entorno, visitas a instalaciones artísticas y presentaciones escénicas. De acuerdo con Diego y Melissa, algunas empresas y grupos organizados contratan paquetes que integran alimentación, actividades culturales y caminatas ecológicas hacia el Pico Manzanillo.

La montaña que sueña tiene un restaurante y un teatro con capacidad para 120 personas. El sitio está abierto todos los días, después del mediodía, y cierra sus puertas en la noche. FOTO Manuel Saldarriaga
La montaña que sueña tiene un restaurante y un teatro con capacidad para 120 personas. El sitio está abierto todos los días, después del mediodía, y cierra sus puertas en la noche. FOTO Manuel Saldarriaga

La programación artística se desarrolla principalmente los fines de semana. Los viernes y sábados se realizan funciones de teatro, mientras que en la plazoleta del restaurante se presentan intervenciones más cortas de música y danza en horarios escalonados. La agenda se organiza de forma mensual y se difunde a través de redes sociales.

La realización continua de funciones depende, en parte, de los recursos obtenidos mediante convocatorias públicas. La figura de “sala concertada” permite a los grupos garantizar una programación estable, condicionada a la asignación de apoyos institucionales.

Según Diego y Melissa, los tiempos de respuesta en estos procesos pueden afectar el inicio de temporadas. En ese sentido, señalaron que los grupos culturales suelen estar a la espera de definiciones presupuestales para activar sus agendas de presentaciones. Por ejemplo, este año La montaña que piensa no ha comenzado su temporada de teatro.

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El valor de la boletería para funciones en sala es de 20.000 pesos. Sin embargo, la organización ha implementado estrategias diferenciadas para públicos específicos, especialmente en etapas anteriores cuando el acceso de comunidades cercanas era prioritario.

Además de las funciones regulares, la corporación realiza celebraciones navideñas, que incluyen presentaciones teatrales, entrega de regalos y jornadas recreativas para niños. Estas iniciativas se financian mediante donaciones y gestión de apoyos.

El espacio también ha promovido acciones ambientales, entre ellas jornadas de recolección de residuos en la zona. En algunos casos, la participación en estas actividades se ha vinculado al acceso a eventos culturales.

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