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En Berlinale no se habla de política

Declaraciones del jurado y la dirección del festival reabrieron el debate sobre hasta dónde deben pronunciarse los espacios culturales frente a la presión política.

  • El jurado internacional de la Berlinale 2026, presidido por Wim Wenders, defendió el festival como un espacio para hablar de cine, no de política. FOTO AFP
    El jurado internacional de la Berlinale 2026, presidido por Wim Wenders, defendió el festival como un espacio para hablar de cine, no de política. FOTO AFP
15 de febrero de 2026
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La polémica estalló antes de que se proyectara la primera película. En la rueda de prensa inaugural del festival de cine Berlinale 2026, el pasado jueves, una pregunta sobre Gaza revivió un debate que ha acompañado al mundo del arte durante décadas: ¿Hasta dónde debe pronunciarse un artista sobre la política?

Esta vez, la posición fue clara. El jurado del evento decidió marcar un límite y defender el espacio del festival como un lugar para hablar solo de películas.

La pregunta llegó desde la prensa alemana y apuntó directamente al jurado. “¿Por qué Berlinale ha mostrado gestos de solidaridad con países como Irán o Ucrania, pero no ha adoptado una posición clara frente a Palestina?”, disparó el reportero político y podcaster Tilo Jung. La productora polaca Ewa Puszczyńska tomó primero la palabra y calificó la interpelación de “un poco injusta”.

Luego intervino el presidente del jurado, el director alemán Wim Wenders (recordado por París, Texas [1984] y Perfect Days [2023]), quien pronunció la frase que marcaría el inicio del festival: “Debemos mantenernos al margen de la política”.

El cineasta de 80 años añadió que el cine debe funcionar como un contrapeso frente a la política institucional, no como sustituto. “No vamos a hacer el trabajo de los políticos”, dijo, en una declaración que rápidamente salió del ámbito cinematográfico para convertirse en un tema de debate global.

Las reacciones no tardaron. Un día después, la escritora y activista india Arundhati Roy anunció que cancelaba su visita a la Berlinale en rechazo a lo que consideró una negativa inadmisible del jurado a condenar la ofensiva de Israel en Gaza.

En una declaración transmitida a la agencia francesa AFP, la ganadora del Booker en 1997 con El dios de las pequeñas cosas, afirmó que lo ocurrido en Gaza constituye “un genocidio del pueblo palestino” y sostuvo que, si los grandes artistas de la época no se pronuncian, “la historia los juzgará”.

Roy también cuestionó la idea de que el arte deba mantenerse al margen de la política. “Escucharles decir que el arte no debería ser político es asombroso. Es una manera de cerrar la discusión sobre un crimen contra la humanidad”, señaló. Su retiro se convirtió en uno de los principales titulares del arranque del festival.

La polémica siguió el fin de semana cuando la dirección de la Berlinale respondió con un comunicado en el que defendió el derecho de los artistas a expresarse, o a no hacerlo, según su propia decisión.

La directora, Tricia Tuttle, subrayó que no se puede esperar que actores y cineastas “se pronuncien sobre cada tema político que se les plantee, a menos que así lo deseen” y agregó un matiz clave para entender la posición institucional: “En un entorno mediático dominado por las crisis, ya no queda mucho oxígeno para una verdadera conversación sobre el cine o la cultura”.

Tuttle insistió en que el silencio en una rueda de prensa no equivale a indiferencia. Afirmó que no cree que exista un solo cineasta seleccionado en el festival que no sea consciente del sufrimiento en Gaza, Cisjordania, Ucrania, Irán o Sudán, entre otros lugares, pero defendió que muchos directores eligen expresarse a través de su trabajo, no necesariamente mediante declaraciones políticas directas.

Pero esta respuesta no fue aislada. En otro momento del festival, el actor británico Rupert Grint, conocido por interpretar a Ron en la saga Harry Potter y protagonista de Nightborn este año, fue interrogado sobre el auge del fascismo durante su paso por el certamen.

Su respuesta, citada por Variety, fue breve. Dijo estar en contra, pero que prefiere “elegir el momento para hablar de esas cosas”. O sea, que no todos los espacios ni todas las preguntas son un lugar adecuado para ese tipo de pronunciamientos.

El desgaste político

El trasfondo de la polémica es conocido. La Berlinale es, históricamente, el festival más atravesado por debates políticos. Fundado durante la Guerra Fría, en una ciudad dividida por el infame Muro, ha hecho del diálogo entre cine y sociedad uno de sus distintivos.

En ediciones recientes ha dado espacio a discursos explícitos sobre conflictos internacionales y derechos humanos. Precisamente por eso, la decisión del jurado de 2026 de marcar una frontera resultó especialmente llamativa.

En esta edición, sin embargo, el mensaje de fondo es simple: falta dedicarle al arte, a la literatura y, por supuesto, al cine un espacio aparte en momentos en que festivales, premiaciones y alfombras rojas se volvieron escenarios permanentes de interpelación política, especialmente impulsado por un sector de Hollywood.

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Mientras tanto, la programación del festival avanzó. En total, unas 200 películas serán proyectadas hasta el 22 de febrero.

El pistoletazo de salida corrió a cargo de No Good Men, de la cineasta afgana Shahrbanoo Sadat, que relata la historia de Naru, una periodista en la mayor cadena de televisión de Kabul, separada del padre de su hijo debido a sus múltiples infidelidades. Un encuentro decisivo, en plena ofensiva talibán a punto de retomar el poder en el país, le devuelve la esperanza en los hombres.

La misma Shahrbanoo Sadat huyó de su país en 2021, cuando los talibanes se hicieron con el poder, y reside ahora en Alemania.

Otro filme destacado, pero fuera de competición, es Roya, de la iraní Mahnaz Mohammadi, que narra el dilema de una profesora entre llevar a cabo una confesión forzada o permanecer recluida en la prisión de Evin, en Teherán.

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