En el mundo hay cinco lugares en los que llegar a los cien años, o incluso superarlos, no es una rareza. Cerdeña, en Italia; Okinawa, en Japón; Icaria, en Grecia; la península de Nicoya, en Costa Rica, y Loma Linda, en Estados Unidos, son conocidas como las “zonas azules”, regiones en las que la longevidad es mayor y la calidad de vida también.
El término, que ha cobrado relevancia en los últimos años ante el acelerado envejecimiento de la población mundial, surgió de las investigaciones del médico italiano Gianni Pes y del demógrafo belga Michel Poulain. Lo que comenzó en Cerdeña como un viaje para comprobar si era cierto que allí vivían tantos hombres y mujeres de cien años o más terminó convirtiéndose en una investigación que ha dado la vuelta al mundo y que busca comprender los estilos de vida de quienes han superado el siglo de vida.
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Poulain, referente internacional en longevidad, visita Colombia por primera vez como uno de los invitados de Vive Más y Mejor, un encuentro internacional sobre longevidad con propósito que finalizará este viernes en Medellín. EL COLOMBIANO conversó con el demógrafo sobre el hallazgo de las zonas azules, las medidas que las comunidades podrían adoptar para vivir mejor durante más tiempo y los hábitos que ha observado a lo largo de los años, tras visitar a cientos de centenarios en distintas partes del mundo.
¿Qué fue lo que despertó su curiosidad sobre la longevidad?
“Creo que soy una persona curiosa, y me han interesado muchísimas cosas. En una época, por ejemplo, me interesé mucho por mis abuelos. Les hacía preguntas e intentaba entender cómo eran las cosas en el pasado.
Después investigué la historia de mi pueblo y, para hacerlo, visité también a las personas más ancianas del lugar.
Recuerdo que, en 1992, un médico me entregó una lista de centenarios belgas con sus fechas de nacimiento y otros datos. Empecé a interesarme por el tema y él me invitó a acompañarlo a una reunión en París. Así comenzó mi interés por la longevidad”.
¿Cómo descubrió las zonas azules?
“Entre 1992 y 1993 empecé a especializarme en la validación de la edad de los centenarios. Para un demógrafo, ese es el primer paso: comprobar que las personas que dicen tener 100 años realmente los tengan. Muchas afirman ser centenarias, pero no todas lo son.
En 1999 participé en una reunión en la que hablábamos sobre la validación de la edad de las personas mayores. Allí llegó un equipo de la Universidad de Sassari, en Cerdeña, Italia, y nos contó que en las montañas de la isla había muchísimos centenarios, muchos de ellos hombres.
Nos mostramos escépticos. Sabíamos que, en casos como ese, las cifras podían ser incorrectas. Entonces, el principal responsable de la investigación en Europa decidió que debíamos ir a comprobar la veracidad de esos datos. Yo fui el único que se ofreció a hacerlo.
Llegué a Cerdeña en enero de 2000. Recuerdo que, antes de saludar a los centenarios, fui directamente a las oficinas municipales para buscar documentos: registros de nacimientos, defunciones y otros archivos demográficos. Sin esos documentos, no es posible verificar las edades.
Mis colegas me habían advertido que no encontraría nada, pero los registros existían y estaban bien conservados. Así que empezamos a verificar a los centenarios uno por uno. Creo que validamos a unos 40 centenarios de varios pueblos. Y la conclusión fue que, efectivamente, eran centenarios.
Mis colegas esperaban que regresara diciendo que los datos eran falsos y que había encontrado errores. Pero volví con una conclusión positiva. Algunos todavía no lo creen. Incluso en octubre del año pasado llegó un equipo de Estados Unidos para comprobar nuevamente si los datos eran correctos.
Convencer a la gente de que en un solo pueblo puede haber tantos centenarios toma mucho tiempo”.
¿Por qué decidieron llamar zonas azules a esos lugares con una alta concentración de centenarios?
“Hasta ese momento, hablábamos de lo que llamamos longevidad individual: verificar que cada centenario realmente lo sea. Después distribuí en un mapa a los centenarios según su lugar de nacimiento y comparé las cifras con el número de nacimientos que había habido en cada pueblo un siglo atrás.
Descubrí que algunos pueblos tenían una proporción mucho mayor de centenarios que otros. Además, varios de esos lugares estaban cerca unos de otros, en las montañas.
Entonces tomé un bolígrafo azul y marqué esos pueblos en el mapa. Era comienzos de 2000 y así empezamos a hablar de las zonas azules.
¿Y por qué azules? Simplemente porque me gusta ese color y tengo los ojos azules (risas). Solo fue hasta cuatro años después que publicamos un artículo con el mapa en azul y una explicación de los hallazgos”.
Durante estos años, conociendo y conversando con centenarios, ¿qué es lo que más le ha sorprendido de ellos?
“A partir de ese momento empezamos a preguntarnos por qué esas personas vivían más tiempo. No hice muchas encuestas ni tomé numerosas muestras de sangre. En cambio, visité sus casas con frecuencia y observé cómo vivían.
He conocido a muchos centenarios alrededor del mundo y he establecido relaciones cercanas con ellos. No les pregunto si comen huevos o si hacen ejercicio. No me interesa interrogarlos, sino observarlos.
A partir de esas observaciones identificamos siete principios para vivir más tiempo. Son los siguientes: comer con moderación, moverse de forma natural, evitar el estrés, dormir bien, cuidar a la familia, fortalecer la comunidad, conectarse con la naturaleza y tener un propósito en la vida. Esto último es fundamental. No se trata simplemente de llegar a los 100 años, sino de tener una actitud positiva y disfrutar de la vida.
[...] Estas personas no son ricas. Son personas sencillas, que llevan una vida tranquila y no tienen como objetivo acumular mucho dinero ni alcanzar un gran éxito. Su estilo de vida es muy simple. Mi propuesta, y lo que estamos haciendo ahora para promover estos principios, no consiste en decirle a la gente: «Vayan a Cerdeña y vivirán más». No, no es así. No se trata de trasladarse a ese lugar para vivir más tiempo.
Lo que propongo es aplicar esos mismos principios en el contexto actual. No se trata de volver al pasado ni de renunciar a los avances de la sociedad. Si tienen una máquina que puede hacer el trabajo por ustedes, úsenla. Lo que estamos haciendo ahora es promover el concepto de vivir como en las zonas azules. Esto significa preguntarnos cómo podemos incorporar esos factores a nuestra sociedad: cómo fomentar el movimiento, por ejemplo, y adoptar hábitos más saludables.
Hay muchas cosas que podemos hacer individualmente, pero lo que buscamos es promover estos cambios a escala comunitaria, no de manera aislada. Todos estamos envejeciendo y el proceso de envejecimiento está, en parte, en nuestras manos. Somos responsables. No podemos confiar únicamente en los hospitales o en los médicos. También debemos prestar atención a lo que hacemos cada día, a nuestra manera de vivir y de actuar. No mañana: todos los días”.
Entonces, ¿en teoría es posible crear una zona azul? ¿Cuáles serían los primeros pasos que una ciudad o comunidad debería dar para lograrlo?
“El primer paso es llamar a la puerta de Living Blue Zones, mi fundación. Y este tipo de conversaciones no se pueden dar de manera aislada. Cada persona puede beneficiarse de estos principios, pero necesitamos también cambios colectivos.
Pensemos, por ejemplo, en Coca-Cola. Cuando viajé en avión, me di cuenta de que era más barato comprar una Coca-Cola que una botella de agua. Eso no es normal. ¿Por qué Coca-Cola patrocina los Juegos Olímpicos? Este evento representa el deporte y a los atletas, mientras que Coca-Cola vende sus bebidas.
Lo mismo ocurre en los supermercados. Si ponemos a la vista, en los primeros lugares, los alimentos que no son saludables, la gente se sentirá atraída por ellos. Deberíamos hacer lo contrario: colocar en los lugares más visibles los alimentos saludables. También debemos impulsar cambios en los restaurantes para que las personas elijan opciones más sanas, así como crear espacios para caminar y montar en bicicleta. Hay otros cambios sencillos que podemos hacer.
Es un pequeño cambio de mentalidad, pero es precisamente el tipo de transformación que necesitamos. Por eso en este proceso deben participar muchas personas: arquitectos, nutricionistas, especialistas en actividad física, psicólogos y profesionales de distintas áreas”.
En los últimos años ha aparecido una variable que cada vez tenemos más presente cuando hablamos de salud: el uso de dispositivos digitales. Aunque todavía necesitamos más evidencia para establecer conclusiones sobre sus efectos a largo plazo, ¿cree que los celulares y las redes sociales podrían tener algún impacto en la longevidad?
“Uno de los grandes problemas de hoy es que muchos jóvenes actúan en función de sus seguidores. Simplemente siguen a otras personas, sin cuestionar quiénes son ni si lo que hacen es positivo. Algunas de esas personas son una buena influencia, pero otras no lo son en absoluto.
Por eso debemos ser críticos y tener una opinión propia. Cada persona guarda un tesoro dentro de sí y debe descubrirlo. No se trata de hacer exactamente lo mismo que el vecino, una y otra vez, hasta dejar de ser uno mismo.
Sean ustedes mismos. Tienen un tesoro en su cuerpo, en su cerebro y en su corazón. Úsenlo. Cada persona ha recibido algo especial, aunque no sea lo mismo para todos. Lo importante es descubrir qué es.
Todos podemos explorar y experimentar. Yo también he cambiado muchas veces a lo largo de mi vida. Comencé como astrofísico, trabajé con satélites y ahora estoy dedicado a las zonas azules. Cada vez que aparece una oportunidad, hay que aprovecharla. Puede implicar cierto riesgo, pero, si no lo hacemos, nunca sabremos qué habría pasado.
Eso es lo que estamos haciendo con mi fundación Living Blue Zones, y es también lo que otras personas están haciendo con distintas iniciativas: crear algo que antes no existía, pero que la sociedad necesita. El objetivo es construir una sociedad en la que las personas tengan un lugar y puedan aportar algo. En el futuro, muchas de las tareas que hoy realizan los seres humanos podrían quedar en manos de la inteligencia artificial. Ya vemos competiciones deportivas con robots, incluso de atletismo y boxeo. Quizá llegue el día en que la inteligencia artificial también participe en procedimientos médicos, como las cirugías.
Hay muchas cosas que debemos tener en cuenta. La inteligencia artificial es una herramienta, pero ustedes deben llevar las riendas. Son quienes deben dirigirla y controlar cómo se utiliza. Eso es muy importante. Por eso, el cerebro y el corazón deben trabajar juntos. Debemos pensar, pero también actuar con humanidad”.
Como mencionó, antes de dedicarse a la demografía trabajó en astrofísica y también pasó por otras áreas. ¿Qué herramientas o conocimientos de esas disciplinas le han servido para entender cómo podemos vivir mejor?
“Debemos estar preparados para cambiar a lo largo de la vida y ser flexibles. En algún momento podemos decidir, por poner un ejemplo, que el azúcar no nos hace bien y dejar de consumirla, o empezar a hacer ejercicio. Se trata de estar dispuestos a modificar nuestros hábitos cuando lo consideremos necesario.
También he aprendido algo sobre la manera de relacionarme con los demás. Cuando me encuentro con alguien por el camino, siempre intento hablar con esa persona. A veces, en mis recorridos por las montañas, los parques o los alrededores de la ciudad, termino conversando durante media hora con alguien que acabo de conocer. Y esas conversaciones suelen ser muy positivas.
Cuando hablen con alguien, intenten mantener una actitud positiva. No se quejen del clima ni se concentren en lo negativo. Hablen de manera constructiva. Esto ha cambiado mucho mi forma de ser. Me he dado cuenta de que ahora soy una persona más positiva, más dispuesta a saludar y a establecer contacto con los demás.
La empatía y la dimensión humana son fundamentales. En todo lo que hago lo humano ocupa el primer lugar. No se trata únicamente de nutrición ni de suplementos, sino de las personas y de la manera en que nos relacionamos con ellas.Vivir y amar: para mí, eso es lo más importante”.
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