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¿Por qué un banano puede valer millones? La crítica Ana Cristina Vélez presenta el libro El arte al desnudo

En esta conversación sobre su obra, la escritora Ana Cristina Vélez propone una visión provocadora: el arte no es un concepto exclusivo de los museos, sino cualquier actividad humana que alcanza un óptimo técnico y expresivo.

  • Ana Cristina Vélez es la autora del libro El arte al desnudo, en el que plantea que el arte reside en cualquier actividad humana cuando se supera lo estándar y se llega a un óptimo. FOTO El Colombiano
    Ana Cristina Vélez es la autora del libro El arte al desnudo, en el que plantea que el arte reside en cualquier actividad humana cuando se supera lo estándar y se llega a un óptimo. FOTO El Colombiano
Daniel Rivera Marín

Editor General

21 de marzo de 2026
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En esta conversación sobre el libro El arte al desnudo, Ana Cristina Vélez propone un viaje que inicia con la pregunta fundamental sobre qué es el arte, situando su origen mucho antes de lo que solemos imaginar.

La autora plantea la conjetura de que el arte reside en cualquier actividad humana cuando se supera lo estándar y se llega a un óptimo, tal como se observa en las pinturas de la cueva de Chauvet de hace 30.000 años, donde la representación de los animales alcanza una perfección técnica y una fiereza que difícilmente se pueden superar.

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Esta capacidad de representación es descrita como una “magia” en la que el ser humano logra plasmar en un mundo bidimensional manchas o líneas que generan la sensación de realidad, un proceso de abstracción que genios como Picasso llevaron al extremo al simplificar un toro hasta sus trazos mínimos.

Frente a la idea de que el arte nace del vacío o la mente en blanco, Vélez sostiene lo contrario: crear requiere estar “muy lleno”, pues producir desde la nada resulta imposible.

Esta pulsión creativa está ligada a nuestras dotaciones naturales, empezando por la habilidad manual que convirtió a las hachas de piedra en las primeras obras de arte, ya que sus creadores no solo buscaban funcionalidad, sino una belleza y resistencia que excedían lo necesario.

Así, el arte se manifiesta tanto en productos —como los tejidos peruanos o las molas indígenas— como en acciones especializadas; por ejemplo, el performance de un gran violinista o un cantante profesional que supera el estándar del canto común.

Un pilar de esta reflexión es que el arte es inseparable de su contexto, el cual funciona como el “fondo” que permite percibir la figura. Experimentos como el del violinista Joshua Bell en el metro demuestran que sin el contexto adecuado (una sala de conciertos) incluso el arte de élite puede pasar desapercibido.

Nuestra percepción está mediada por lo que sabemos y por nuestro “contexto interno”, razón por la cual un experto juzga una obra con referentes que un neófito no posee. En este escenario, la crítica juega un papel dual: puede ser una guía necesaria o un condicionamiento fatal que impide al espectador enfrentarse a la obra de forma “virgen”.

Vélez critica las actuales “aberraciones” del mercado del arte, donde fenómenos como un banano pegado a una pared vendido por 6 millones de dólares se sostienen únicamente mediante la persuasión, la “carreta” conceptual y el efecto placebo.

En estos casos, el mercado explota el fetichismo humano por lo escaso, un comportamiento que compartimos con otros animales y que otorga más valor a un diamante de mina que a uno de laboratorio solo por su rareza.

Aunque la belleza ha perdido prestigio en el arte contemporáneo debido a la facilidad con la que la tecnología la reproduce, la autora asegura que la belleza nunca pierde su poder biológico, pues es el mecanismo que la naturaleza inventó para que los seres vivos tomemos decisiones de atracción o repulsión esenciales para la supervivencia.

Finalmente, la autora vincula su visión estética con el legado de su padre, el divulgador científico Antonio Vélez. Bajo su influencia, sostiene que conocer el mecanismo de la evolución es un requisito indispensable para entender el mundo, nuestras emociones y por qué los seres humanos somos como somos.

Desde esta perspectiva evolutiva, el arte en Medellín, impulsado por sus universidades y nuevos espacios como el Distrito del Arte, se percibe como una manifestación viva de esa creatividad humana que comenzó en las cavernas y que hoy, a pesar de las distorsiones del capitalismo, sigue buscando horizontes y despertando la mente.

Quisiera comenzar por un punto de partida fascinante que mencionas: las pinturas rupestres de la cueva de Chauvet, en Francia. Werner Herzog, en su documental La caverna de los sueños olvidados, destaca cómo estos dibujos de hace 30.000 años resolvieron dudas científicas, como la ausencia de melena en los leones de las cavernas. Ante tal perfección técnica y antigüedad, ¿podemos considerar esto como el verdadero inicio del arte?

“Yo creo que sí. En mi libro planteo la conjetura de que el arte reside en cualquier actividad humana cuando se supera lo estándar o lo regular y se llega a un óptimo. Esas pinturas de Chauvet muestran una perfección, una experiencia y una complejidad que superan la simple representación; es casi imposible imaginar algo mejor en su contexto, pues cada animal transmite su fuerza, velocidad y fiereza.

Esta capacidad de representar es una magia que solemos dar por sentada. Consiste en encontrar la forma de plasmar líneas o manchas en un mundo bidimensional que den la sensación de algo real. Picasso, por ejemplo, era un genio en este sentido: podía tomar un toro y simplificarlo hasta la abstracción total, o crear uno perfecto uniendo un manubrio y un galápago de bicicleta. Esa habilidad manual es una de las dotaciones naturales que traemos para hacer arte. De hecho, muchos historiadores consideran las hachas de piedra achelienses como las primeras obras de arte, porque sus creadores buscaban una belleza, resistencia y forma que iba mucho más allá de lo estrictamente funcional. El arte no es solo pintura o escultura; está en la música, la literatura, las matemáticas, el baile e incluso en alguien jugando yoyo o en el tenis de Federer”.

Un punto clave en tu libro es que el arte no solo vive en los museos, sino en los objetos: muebles, tapetes o alfombras como las molas indígenas. Sin embargo, mencionas que nuestra percepción está condicionada. ¿Qué tanto depende el arte del contexto y de quién lo observa?

“El contexto es fundamental y a menudo invisible, como el fondo que permite ver una figura. Un ejemplo famoso es el experimento del violinista Joshua Bell, quien tocó en el metro de Nueva York con su estuche en el suelo. En una sala de conciertos, la gente paga mil dólares por escucharlo, pero en el metro, sin el contexto que validara su estatus, casi nadie se detuvo a oírlo. Lo mismo sucede cuando bandas como U2 se disfrazan en el metro: la percepción de la gente solo cambia cuando reconocen quiénes son.

Estamos mediados por lo que sabemos. El contexto también habita dentro del individuo; un lector experto verá una novela con puntos de referencia distintos a los de un neófito. Por eso no podemos juzgar la belleza de un teorema matemático sin el contexto interno necesario para comprenderlo. Aquí entra también el juego del capitalismo y la escasez. Valoramos lo exclusivo e irracionalmente le quitamos valor a lo que abunda. El cubo de Rubik es una obra extraordinaria de diseño por unos pocos dólares, mientras que un exprimidor de Philippe Starck cuesta diez veces más por puro prestigio. El mercado del arte explota este comportamiento animal: una vez que el artista muere, el valor de su obra se dispara porque ya no habrá más producción. Valoramos lo escaso, como las aves que recolectan objetos azules simplemente porque ese color es raro en la naturaleza”.

Esa mediación del conocimiento nos lleva a la crítica. Recientemente publicaste una columna sobre la película Hamnet, que muchos consideran una obra maestra y candidata al Óscar. ¿Cómo juega ahí tu juicio como espectadora frente a la opinión de los expertos?

“La crítica condiciona al espectador, pero cada uno debe decidir según sus propios sentimientos. A mí Hamnet me pareció técnicamente impecable y estética, pero muy consabida, melodramática y sin novedad. Me molestó el uso de estereotipos actuales, como esa reivindicación de la “mujer bruja”, que me parece una versión pobre y esotérica del poder femenino. Es curioso que el personaje vea el futuro pero no sea capaz de notar lo que sucede con sus propios hijos.

Este tipo de fenómenos se conecta con lo que yo llamo ‘aberraciones’ de las actividades humanas, especialmente cuando se contaminan con lo mercantil. Hoy el arte contemporáneo puede ser un banano pegado a una pared vendido por 6 millones de dólares. Esto es el efecto del ‘emperador desnudo’: si los críticos y marchantes dicen que la obra es valiosa, el público lo acepta. El arte conceptual permite que, con una buena ‘carreta’ o persuasión, se le dé validez a cualquier cosa, funcionando como un efecto placebo. Es un fenómeno de mercado donde ricos jóvenes compran fama e importancia instantánea. Ya lo hacía Duchamp con sus readymades hace un siglo, aunque él tenía un gran sentido del humor y exploraba los límites del arte como un juego. Incluso se han dado fraudes intelectuales, como el efecto Sokal, para demostrar que en ciertos ámbitos se valora más el palabrerío sin sentido que el contenido real”.

A pesar de estas “aberraciones”, mencionas que la belleza sigue teniendo un poder innegable. ¿Es la belleza un criterio que ha pasado de moda o sigue siendo el “gancho” principal?

“El valor de la belleza ha decaído porque hoy los publicistas saben cómo lograrla perfectamente con tecnología, pero nunca pierde su poder biológico. La naturaleza inventó la belleza como un mecanismo de supervivencia para que los animales tomáramos decisiones: qué nos atrae para comer o reproducirnos y qué debemos repeler. Por eso la belleza seduce y nos impulsa a querer poseer el objeto bello, ya sea una obra de arte o una simple piedra bonita que recogemos del suelo.

Esta perspectiva biológica me lleva inevitablemente a mi padre, Antonio Vélez, quien falleció recientemente. Él fue todo en mi vida intelectual; un divulgador científico racional y humilde que aportó muchísimo a nuestra cultura. Sus libros, como Del Big Bang al Homo sapiens y Homo sapiens, son requisitos fundamentales para entender el mundo a través del mecanismo de la evolución. Mi padre me educó en ese mundo y mi perspectiva al escribir siempre tiene ese punto de vista. Es necesario enseñar la evolución en los colegios para comprender nuestras emociones y rasgos humanos”.

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Para cerrar, Ana, ¿cómo ves el ecosistema artístico de nuestra ciudad? Entre polémicas por obras como las de Débora Arango y la reciente Bienal, ¿cuál es tu diagnóstico?

“Medellín tiene mucho espíritu y creatividad. Las facultades de artes de la Universidad de Antioquia y la Nacional son responsables de la gran cantidad de artistas nuevos e interesantes que tenemos. Aplaudo el esfuerzo titánico de haber recuperado la Bienal de Medellín tras 40 años; aunque tenga detalles por mejorar, es vital porque abre horizontes y muestra qué está pasando en un mundo ya globalizado.

También hay espacios nuevos como el Distrito del Arte en Barrio Colombia, donde uno puede sentirse en Nueva York; eso le da mucha fuerza a la escena local. Medellín es una ciudad con una fuerza creativa impresionante, tanto en las artes plásticas como en la música popular. Al final, todo vuelve al principio: desde los rastros de pintura de hace 30.000 años hasta las vanguardias de hoy, el arte sigue siendo esa búsqueda de lo óptimo que nos define como especie”.

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