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De Santa Fe a Medellín: la disputa por ser capital que involucró hasta al amor

Hace 200 años, el naciente país le quitó el título a la “Ciudad Madre” para dárselo a la Bella Villa, ¿qué razones hubo de fondo?

  • Imagen de referencia del “trasteo” de una capital de Antioquia a otra. FOTO Generada con IA
    Imagen de referencia del “trasteo” de una capital de Antioquia a otra. FOTO Generada con IA
hace 1 hora
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La vida da muchas vueltas, y pocas historias lo reflejan mejor que la de la capital de Antioquia, que este 18 de abril ajustó 200 años tras su designación. Lo que en el pasado fue un caserío disperso, sin mayor orden ni protagonismo, terminó convirtiéndose en Medellín, capital del departamento y una de las ciudades más importantes del país. En contraste, Santa Fe de Antioquia, que por más de dos siglos fue el centro de la región, mutó en una apacible ciudad patrimonial–balneario. En síntesis, por donde antes pasaba el poder de España en la Nueva Granada hoy cruzan turistas en vaporosas prendas y chancletas.

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Vamos a los hechos: durante más de dos siglos Santa Fe de Antioquia –hoy uno de los principales sitios de veraneo del departamento– fue el corazón político, económico y administrativo de la Provincia de Antioquia. Desde el 30 de octubre de 1584, por designación del rey de España, y hasta el 18 de abril de 1826, esta ciudad fundada en 1541 por Jorge Robledo no solo ostentó el título de capital, sino que también se consolidó como “la Ciudad Madre” y centro de desarrollo. Sin embargo, a comienzos del siglo XIX, una serie de factores económicos, geográficos, políticos y hasta presuntamente amorosos condujeron a que perdiera su título de capital en un conflictivo proceso que marcó un punto de inflexión en la historia antioqueña.

Primeros cambios

Santa Fe de Antioquia fue durante la época colonial un enclave estratégico para los intereses de la corona española en este pedazo del nuevo mundo. Su economía, basada principalmente en la explotación del oro, sus rutas comerciales y el cultivo del cacao, le permitió alcanzar una prosperidad notable que hoy se ve reflejada en la cantidad de importantes edificios que aún se conservan.

Como reseñó el periodista Juan Diego Ortiz en su texto La Patria Boba antioqueña, cuando 4 ciudades pelearon ser capital, fue en ese poblado del valle del Tonusco donde se abrió la primera sede episcopal y donde operaban las instituciones que marcaron la época colonial y que luego fueron la cuota inicial del orden social: un colegio, un hospital, un seminario, una catedral, una basílica menor y un centro de historia.

En 1784 y de acuerdo con el relato que hizo Francisco Duque Betancur en su libro Historia del departamento de Antioquia, la Provincia tenía por entonces 48.678 personas. De estos en Santa Fe de Antioquia, con toda su jurisdicción, había 16.877 habitantes. Es decir, casi el 34%.

No obstante, ya desde finales del siglo XVII comenzaban a evidenciarse cambios importantes en Antioquia que terminarían impactando a Santa Fe y su indiscutido nombramiento como capital.
Resulta que la villa fundada en 1675 bajo el nombre de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín, empezaba a consolidarse como un centro urbano emergente. Aunque inicialmente era apenas un caserío con unas pocas centenas de familias, su ubicación geográfica y sus condiciones naturales le darían una ventaja progresiva que los ibéricos empezaron a notar en su momento.

Pero el impulso que necesitaba la naciente villa para consolidarse llegó de la mano de uno de los españoles que más fama hizo en este territorio. Según recordó la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra, en el especial que este diario hizo sobre los 350 años de Medellín, para el siglo XVIII la provincia de Antioquia se había venido a pique al punto de que el gobernador Francisco Silvestre lanzó un SOS a Santa Fe de Bogotá en 1785 y pidió el envío de un visitador, pues la situación era crítica: la economía estaba paralizada y muchos habitantes ni siquiera sabían leer ni escribir.

“La Real Audiencia atendió el llamado desde las montañas y envió entonces al oidor Juan Antonio Mon y Velarde, doctor tanto en derecho como en medicina, quien llegó cuando se avecinaba la catástrofe. Era un hombre de mano dura, por lo que fue calificado de ‘tirano’, pero también logró encaminar el progreso de la región”, escribió Sierra.

En 1786, Mon y Velarde inició su gestión dictando medidas sobre saneamiento, instrucción pública, mejora del comercio, urbanismo y sistemas administrativos; además, dotó a la villa de agua corriente, creó colonias agrícolas y estimuló la minería. Sin embargo, también dejó en evidencia el desorden y la desfachatez de quienes habían gobernado, al señalar que “por más de un siglo ha permanecido Medellín sin más ordenanzas para su gobierno que el incierto y arbitrario capricho de quienes hasta el presente la han gobernado”.

En su último informe al virrey de la Nueva Granada, Antonio Caballero y Góngora, antes de asumir como presidente de la Real Audiencia de Quito, Mon y Velarde dejó una frase profética: “Esta provincia, hoy la más atrasada de todo el Reino, llegará algún día a ser la más opulenta”.

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Aparte del desarrollo que trajo el reformador Mon y Velarde, Sierra recordó en su texto que otro factor que fue dejando atrás a Santa Fe como capital era algo tan simple como el clima, que si bien hoy resulta relativamente tolerable gracias a los aires acondicionados y una que otra cerveza fría, en aquellos tiempos sin electricidad, debió haber resultado un infierno.

“Para acabar de ajustar, antes la única ruta para salir desde cualquier lugar de Antioquia hacia el mar Caribe era el camino del Espíritu Santo, que desde Santa Fe conducía hasta Mompox; pero luego empezaron a descubrirse antiguos caminos indígenas que conectaban con el río Magdalena por el Nare y por el Nus. Así, Santa Fe comenzó a marchitarse, mientras Medellín empezaba a adquirir gran importancia”, añadió Sierra.

El tropel cuádruple

Ya entrando en el siglo XIX, la apertura de rutas comerciales que tenían como punto de paso obligado a Medellín y otras zonas del Oriente antioqueño fue dejando en la trastienda a Santa Fe.

Por ejemplo, James Parsons, en su obra sobre la colonización antioqueña (1949), contó que casi todos los inmigrantes en el siglo XVII venían directamente desde España al Aburrá en tales proporciones, que durante diez años fue prohibido el establecimiento en Medellín de los residentes de Santa Fe.

Según el texto de Ortiz, el asunto se agravó cuando se abrió el camino hacia el río Magdalena por el Nare que consolidó a Rionegro y Marinilla como nuevos epicentros regionales.

Y para acabar de ajustar, en este siglo, las vetas de oro santafereñas comenzaron a agotarse, al menos para la tecnología que se tenía en la época y la peste del cacao cayó en el territorio, lo que causó un grave desastre agrícola en la región.

Por su parte, durante este siglo Medellín experimentó un aumento sostenido en su población y en sus actividades productivas. La minería, la explotación de recursos naturales y el desarrollo incipiente de su industria impulsaron su economía. Paralelamente, la élite local promovió la educación y la cultura y así aparecieron instituciones como colegios, seminarios y escuelas de primeras letras en la naciente villa. Pese a esto, gracias al factor político aparecieron otras dos villas con inusitado brío.

Resulta que después de la declaración de Independencia en 1810, el momposino Juan del Corral asumió como regente de Antioquia. Para el 24 de agosto de 1811, del Corral proclamó la autonomía de Antioquia ante España y el 11 de agosto de 1813, el mismo regente proclamó, ahora sí, la independencia antioqueña en la catedral de Rionegro, territorio al que había trasladado su administración y que nombró como capital hasta 1814.

Fue Del Corral quien le dio el título de ciudad a Medellín y Marinilla, que hasta entonces eran villas equiparándolas con Santa Fe y Rionegro. Del Corral había justificado el ascenso dados los servicios que dichas villas y sus hombres habían prestado en las campañas militares independentistas en Popayan, pero también había algo más de fondo. Un censo de 1816 daba cuenta de que en Santa Fe apenas vivían 5.440 personas; mientras que en Medellín 27.000; 19.078 en Rionegro; y 7.000 en Marinilla.

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Con estas cartas, Rionegro sentía que tenía argumentos sólidos para querer ser capital. Era un centro político e intelectual de gran relevancia, con una élite económica y académica influyente incluso en la capital del país, lo que le valió un papel protagónico en la independencia. Además, su ubicación estratégica y su cercanía a importantes rutas comerciales la hacían una candidata natural.

Marinilla, por su parte, aunque más pequeña, también mostró interés en convertirse en capital teniendo como bases su crecimiento demográfico y su participación en el proceso independentista.

Del Corral murió en 1814 a los 35 años de tabardillo, como entonces se llamaba el tifus. Ante la vacancia, luego fue nombrado el militar Dionisio Sánchez de Tejada, último gobernador antes de la Reconquista. Este, al parecer oriundo de Charalá, en el oriente del país, empezó su gobierno en mayo de 1814 en Santa Fe, pero muy pronto armó las maletas y se fue para Rionegro, a donde quería trasladar su residencia.

La decisión de Tejada causó revuelo en Santa Fe y, a raíz del desaire, le negó obediencia al gobernador. Pero la crisis gubernamental también tuvo coletazos en Medellín y Marinilla como terceros en discordia. Incluso hubo refriegas en Marinilla y en Santa Fe, como comentó el historiador Francisco Duque Escobar.

El asunto escaló tanto que en el congreso de las Provincias Unidas, que se reunió en Tunja entre 1811 y 1815, se dispuso que el descontento se resolviera en Envigado en un colegio constituyente. Este dictó una nueva constitución en julio de 1815 en la que estableció que el gobernador de la provincia debía residir en la capital, que hasta entonces era Santa Fe. Pero ni Tejada ni sus partidarios en Medellín acataron la decisión por lo que otra vez registraron protestas el 29 de septiembre.

Y aunque al final Tejada cedió a los reclamos santafereños, el daño ya estaba hecho: ya se había instaurado nuestra patria boba, lo que a la larga hizo que las defensas contra la reconquista no quedaran bien planeadas ni fueran efectivas. Además quedó en el aire una sensación de división en la región.

Las consecuencias de esta desunión fueron tan graves que el 18 de marzo de 1816 las tropas españolas ocuparon Zaragoza con un ejército bien equipado. El 22 vencieron el intento de resistencia y despejaron el camino hacia Medellín, donde entraron finalmente el 5 de abril. Toda una campaña de apenas 19 días.

La política y el amor

Para el 17 de abril de 1826, el Congreso de la República dirimió el asunto sobre la capital de Antioquia y aprobó la ley que trasladó oficialmente la capital a Medellín, estableciendo a su vez a la nueva ciudad como residencia del gobernador. La ley que zanjó la disputa fue sancionada el 18 de abril por el vicepresidente Francisco de Paula Santander.

Y acá podríamos terminar esta historia y todo bien. Pero, resulta que recientemente hay una teoría retomada por la investigadora Anacristina Aristizábal del porqué de la decisión, que a más de uno le causará interés pues une política y amor.

Resulta que luego de todo el asunto que fue el proceso independentista en La Gran Colombia y el continente, finalmente Medellín tenía todo listo para volver a la disputa para ser capital. Por eso, en 1826, el cabildo (concejo) de Medellín envió una solicitud oficial al vicepresidente Santander para que la villa fuera declarada capital de la provincia. Alegaba que Medellín cada vez tenía más población, mucho comercio, un mejor clima y una ubicación estratégica.

En síntesis, nada nuevo bajo el sol. Pero ahora, había un detalle adicional, resulta que para 1825 llegó a la región el militar Gregorio María Urreta, un coronel cartagenero que tenía 35 años y que fue designado como gobernador de la provincia. Como mandaba la ley, Urreta llegó a Santa Fe a ejercer su cargo. Pero entre los ires y venires de su oficio conoció en Medellín a la joven Rosalía Saldarriaga. Prendado de ella decidió que ella sería su esposa. Luego del respectivo cortejo de la época, cuando él le propuso matrimonio, ella aceptó con una condición clara: no estaba dispuesta a mudarse a Santa Fe de Antioquia “ni por el berraco”.

Semejante situación parecía más una excusa para despachar a un impertinente enamorado.

Pero Urreta no era ningún aparecido, no solo era un militar sino un hombre que sabía navegar en las aguas de la política. De hecho, antes de la guerra independentista ya se llevaba bien con el bando realista y el bando independentista. Y luego, tras su paso por la campaña libertadora desde 1820, labró conexiones importantes en Santa fe de Bogotá, incluyendo su amistad con Francisco de Paula Santander, quien ejercía el poder en la naciente república.

Al parecer no habría ningún documento que indique específicamente que Medellín fue nombrada como capital justamente por petición de Urreta, pero es muy probable que este –aprovechando sus buenas conexiones que incluso la élite rionegrera no tenía– encausó la solicitud del cabildo de Medellín para que Santander sancionara la ley que oficializó el cambio. Así mataba dos pájaros de un tiro: se ganaría la lealtad de la naciente villa y de paso cumpliría la condición impuesta por su amada.

¿Será verdad? ¿Será mentira? Solo lo saben los personajes de esta historia, que aún así le da un matiz más interesante e intrigante a la delegación de la Bella Villa como capital de esta basta región hace ya 200 años.

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