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“Nuestras batallas periodísticas nunca fueron solamente las batallas de un periódico”: Luz María Sierra

Este fue el discurso que dio la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra, tras recibir la Orden al Mérito, Héroe de Ayacucho, General José María Córdova, la máxima distinción que otorga el departamento de Antioquia para reconocer a personas e instituciones destacadas.

  • Luz María Sierra recibió la Orden al Mérito José María Córdova. FOTO: Cortesía
    Luz María Sierra recibió la Orden al Mérito José María Córdova. FOTO: Cortesía
  • El Gobernador de Antioquia le entrega la Orden al Mérito, Héroe de Ayacucho, José María Córdova, a la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra. FOTO Camilo Suárez
    El Gobernador de Antioquia le entrega la Orden al Mérito, Héroe de Ayacucho, José María Córdova, a la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra. FOTO Camilo Suárez
Luz María Sierra

Directora de EL COLOMBIANO.

hace 3 horas
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Cuando me contaron de la posibilidad de este reconocimiento, pensé en decir que no. Por algo de timidez y por un cierto pudor: siento que hice (que hicimos, porque esto es obra de un equipo) lo que teníamos que hacer.

Pero había dos razones por las que era muy difícil decir que no. La primera es que se trata de un reconocimiento de Antioquia. Y a Antioquia no es que la ame, es que es parte de mi ser.

Y la segunda es que me lo entrega el gobernador Andrés Julián Rendón, a quien admiro por algo que tiene mucho que ver con lo que quiero decir hoy: en tiempos tan azarosos decidió poner su creatividad, su energía y su capital político al servicio de este departamento.

Hace unos días, él y su equipo nos explicaban el proyecto de valorización con el que buscan construir nuevas vías en Antioquia.

Yo le pregunté: “Gobernador, ¿no es muy arriesgado meterse en un proyecto como este precisamente a un año de elecciones?”.

Me respondió que el capital político está para gastarlo en las causas difíciles, porque las causas fáciles muchos las pueden emprender.

Pues, Gobernador, creo que esa misma convicción fue la que nos movió a nosotros a dar muchas de las batallas que dimos desde El Colombiano.

Porque uno también puede acumular capital periodístico. Puede cuidar la comodidad, evitar problemas, tratar de no molestar demasiado. O puede gastárselo. Y nosotros decidimos gastárnoslo.

Lo hicimos porque Antioquia no es solamente una geografía. Antioquia es una manera de estar en el mundo.

Y quienes nacimos aquí sabemos que hay algo difícil de explicar que nos ata a este pedazo de tierra. No es solamente amor por unas montañas, unas ciudades o unos pueblos.

Es amor por una manera de ser y por unos valores. Defendemos el valor del trabajo. El valor de la solidaridad. El valor de la austeridad. El valor de emprender. El valor de lo sencillo. El valor de ser montañeros.

Y hasta el valor de ese humor medio ingenuo que tenemos los paisas y que a veces solo entendemos nosotros.

Con eso, francamente, nos basta y nos sobra para vivir felices y en paz.

Por eso, cuando digo que hemos defendido a Antioquia, no estoy hablando de defender bienes o riquezas.

Defendemos valores.

Y aportamos, como tantos antioqueños lo hacen, para que este territorio que habitamos sea cada día un mejor lugar para vivir.

No es fácil para algunos entender cuánto queremos los antioqueños, nuestro ser antioqueño.

Es un apego con historia.

Hace casi 240 años, llegó Juan Antonio Mon y Velarde, como oidor de Antioquia, y dejó por escrito al virrey: “Esta provincia, hoy la más atrasada de todo el Reino, llegará algún día a ser la más opulenta”.

El Gobernador de Antioquia le entrega la Orden al Mérito, Héroe de Ayacucho, José María Córdova, a la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra. FOTO Camilo Suárez
El Gobernador de Antioquia le entrega la Orden al Mérito, Héroe de Ayacucho, José María Córdova, a la directora de EL COLOMBIANO, Luz María Sierra. FOTO Camilo Suárez

Antioquia era la más atrasada. Y no era para menos.

Estábamos atrapados entre montañas indomables. Tan ariscas y tan difíciles que para remontarlas tocaba contratar silleteros. A los paisas de ese entonces les costaba igual de caro salir de aquí para llegar a Puerto Nare o Puerto Berrío, cargados en una silla a la espalda de otro hombre, que embarcarse desde allí a Europa.

Pero eso permitió que ocurriera algo extraordinario.

Esas mismas montañas que nos hicieron la vida tan difícil terminaron ayudando a formar nuestro carácter.

Nos aislaron, sí. Parte del talante regionalista que nos ha caracterizado puede tener que ver con esa especie de encierro.

Nos hicieron más abnegados también. La fortaleza que la región ha demostrado para superar dificultades se debe en parte al espíritu del que los antioqueños y las antioqueñas han tenido que hacer gala para domesticar las montañas.

Pero también esas montañas nos obligaron a ser solidarios.

Porque emprender cualquier proyecto era el doble o el triple de difícil, entonces no había salida distinta para sacarlo adelante que asociarse.

Lo explicó muy bien Nicanor Restrepo en su tesis sobre las élites antioqueñas: los habitantes de estas tierras aprendieron a emprender juntos.

Y esa manera de habitar el mundo pasó de generación en generación.

Hace más de cuarenta años, por ejemplo, un grupo de empresarios antioqueños entendió que varias de las principales compañías de la región podían terminar bajo el control de grandes grupos económicos nacionales.

¿Qué hicieron?

Lo que tantas veces se había hecho en estas montañas: se juntaron.

Crearon mecanismos para proteger entre todos unas empresas que pertenecían a miles de accionistas. De allí nació lo que primero llamamos el Sindicato Antioqueño y después el Grupo Empresarial Antioqueño.

Se podrá discutir mucho sobre lo que vino después. Pero hay algo profundamente antioqueño en el origen de esa historia: ante una amenaza, asociarse.

Juntarse para proteger lo que se considera valioso.

Y esa idea me interesa porque, en el fondo, eso mismo fue lo que encontramos cuando llegamos a EL COLOMBIANO.

Yo siempre les decía a mis amigos en Bogotá, en medio de bromas para mortificarlos, que cuando me ofrecieron dirigir EL COLOMBIANO pensé que me entusiasmaba más que si me hubieran ofrecido dirigir un diario nacional.

Y les explicaba por qué.

Porque el sentido de lo colectivo y el amor por lo público que uno encuentra en Antioquia crean un escenario extraordinario para hacer periodismo.

Y así fue.

Cuando llegué a Medellín encontré a muchas personas dando una batalla para intentar frenar ciertos desastres que estaban ocurriendo en la ciudad. No era el trabajo de ellos, nadie les estaba pagando por defender los recursos públicos, simplemente se pusieron la capa de ciudadanos y asumieron la tarea de superhéroes.

Aquí están dos de esas personas que ayudaron a abrir camino: Paula Jaramillo y Gloria Jaramillo. Las Jaramillo. Paula y Tyche. Y como ellas fueron tantos que es casi conmovedor recordarlo.

Y entonces entendimos algo.

EL COLOMBIANO podía convertirse en un lugar de encuentro.

Un lugar al que llegaran los dolores de la ciudad. Las preguntas. Las denuncias. Las personas que tenían algo que contar y no encontraban dónde hacerlo.

Y desde allí podíamos hacer lo que sabe hacer el periodismo: preguntar, investigar, incomodar cuando toca incomodar, poner luz donde alguien preferiría oscuridad y ayudar a una sociedad a entender qué está pasando.

No para defender un partido.

No para defender un gobierno.

No para defender unos intereses.

Para defender unos valores.

Los mismos de los que he venido hablando.

El trabajo bien hecho. La honestidad. El respeto por lo público. La solidaridad. La responsabilidad individual. La idea elemental de que lo que es de todos se cuida.

Por eso nuestras batallas periodísticas nunca fueron, al menos como yo las entendí, solamente las batallas de un periódico.

Eran también una manera de decir: hay cosas que en esta sociedad vale la pena defender.

Y si alguna explicación tengo para haber sentido esa responsabilidad de esa manera, probablemente está mucho antes de EL COLOMBIANO.

Está en mi familia.

Yo soy la menor de una familia de 15 hijos.

Y podría estar tentada a decir que, por ser la menor, soy la versión más pulida.

Pero sería faltar a la verdad.

Los más pulidos fueron mis hermanos y mis hermanas mayores, que están hoy aquí conmigo.

Yo fui recogiendo cosas de todos ellos y con esos pedacitos fui construyendo mi propio personaje.

Así que este reconocimiento también es para ellos.

Y es para mi papá y mi mamá, nacidos en lo más profundo de las montañas. Desde donde estén, saben que yo soy también ellos.

Soy las luchas que ellos dieron.

Soy las cosas que me enseñaron.

Y, sobre todo, soy esa manera de vivir la vida que nos enseñaron en la que lo sencillo tiene un valor enorme.

Mi mamá, además, era una periodista de vocación.

Nunca necesitó una sala de redacción.

Le bastaba ir a misa.

Volvía con todas las noticias del barrio.

Quién estaba enfermo. Quién se había casado. O a quién le habían robado.

Llegaba perfectamente informada.

Y mis hermanos tenían la misma curiosidad.

De manera que cuando mi colega y amigo Daniel Rivera vivía sorprendido de que yo supiera de tantas cosas, lo que no sabía y hoy le confieso, es que yo tenía en mis hermanos a 12 reporteros más a mi disposición sin contar mis sobrinos y cuñados, una redacción más grande que la del periódico. Ese es buena parte de mi éxito.

Y después encontré también una familia en EL COLOMBIANO.

Personas que entendieron también la gracia, y a veces el costo, de trabajar con el propósito de defender aquello que uno considera que vale la pena.

Con ellos aprendí algo que hoy, precisamente por este reconocimiento, quiero recordar. Los periódicos son instituciones, tienen edificios, marcas, archivos, rotativas, páginas web y más de cien años de historia.

Pero al final los periódicos son personas. Por eso este reconocimiento lo siento como un reconocimiento a todo el equipo. A ese maravilloso equipo de El Colombiano del cual tuve el privilegio de hacer parte. A Beatriz López, Daniel Rivera, Juan Diego Ortiz, Klarem Valoyes, Camilo López, Claudia Arango y Néstor López, que hoy me acompañan, a otros editores que no están como Nicolás Rivera, Sebastián Carvajal, Carlos Mario Gómez, Miguel Alguero, Wilson Díaz, Sonia Rodríguez, Tatiana Jaramillo, los periodistas todos, y también a tantos otros que abrieron caminos y dieron batallas con nosotros.

Gobernador, gracias por este reconocimiento.

Gracias a mi familia por hacerme mejor cada día. A mi hijo Cristóbal que me hace querer entregarlo todo para que este país cada día sea mejor.

Gracias a mis compañeros por haber gastado conmigo ese capital periodístico cuando creíamos que había que gastarlo.

Gracias a los dueños de EL COLOMBIANO por habernos permitido hacer periodismo independiente en estos cinco años.

Y gracias a Antioquia.

Porque uno puede dirigir un periódico. Y algún día puede dejar un periódico. Pero hay cosas que uno no deja nunca. Antioquia es una de ellas.

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