Pico y Placa Medellín
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Al finalizar 2026 Latinoamérica ahorrará cerca de 3 millones de dólares diarios gracias al uso de la movilidad eléctrica. La transición está en marcha y las perspectivas son optimistas.
Este 2026 se está convirtiendo en un año de esperanza para todos aquellos que tienen su fe puesta en las energías verdes. Es tal el aumento imparable de las ventas de vehículos eléctricos que algunos piensan que, en materia de transportes, estamos viviendo la mayor disrupción desde el paso del caballo al automóvil que se dio hace más de un siglo.
En el Valle de Aburrá está cambiando hasta el ruido. O al menos esa es la esperanza. En los parqueaderos de los centros comerciales y en los barrios se multiplican ahora vehículos eléctricos e híbridos de marcas que hace apenas dos años eran rarezas de catálogo.
Las cifras son arrolladoras: en abril de 2026, los eléctricos e híbridos representaron casi la mitad de todos los vehículos nuevos vendidos en Colombia, registraron un crecimiento del 304% en abril, con 5.192 unidades vendidas, y en lo corrido del año ya suman más de 14.500 matrículas. Los híbridos crecieron 76% en el mismo mes.
Bogotá y Medellín concentran la mayor parte de ese dinamismo, pero ciudades como Cúcuta, Rionegro y Chía muestran crecimientos que superan el 600%, lo que indica que la adopción se está expandiendo también por fuera de las grandes capitales.
Este proceso no llegó solo. Desde hace varios años, los gobiernos de muchos países han promovido los vehículos eléctricos como alternativa para reducir su dependencia del petróleo importado. La guerra de Irán, que ha elevado drásticamente los precios de la gasolina y el gasóleo, está acelerando esa tendencia. Solo en marzo, las ventas en Latinoamérica se dispararon un 79% respecto al año anterior. Brasil, México, Colombia, Chile y Uruguay lideran el sector en la región.
Un factor decisivo ha sido la irrupción de marcas chinas como BYD, que antes de la reciente guerra de precios ya lideraban el mercado eléctrico colombiano. Su entrada progresiva durante los últimos años fue la que verdaderamente democratizó la opción eléctrica para compradores de clase media, mucho antes de que otras marcas globales, como Tesla, llegaran a competir en precio. Hoy esa guerra de precios se ha intensificado y el beneficiario directo es el consumidor colombiano.
Porque en regiones como América Latina, el objetivo principal de gran parte de los compradores cuando se pasan a un vehículo eléctrico es ahorrar dinero. Y en eso ayuda el hecho de que este tipo de motores tienen menos piezas móviles, lo que reduce la tasa de averías casi a cero. En nuestro continente, circular en un vehículo eléctrico es aproximadamente $2,018 dólares más barato al año que en uno de gasolina. Semejante ahorro es definitivo cuando se trata de proteger la economía familiar frente a la volatilidad de los precios internacionales del petróleo.
Para los gobiernos, el mercado eléctrico no es solo una opción ecológica sino una herramienta estratégica que contribuye a la estabilidad económica y la salud pública. De ahí que Colombia, como varios otros países, haya incentivado el sector con menores impuestos y exenciones al pico y placa, lo que ha impulsado la demanda.
Los vehículos eléctricos tienen además un impacto inmediato en la salud urbana: al eliminar las emisiones directas de CO2 reducen las enfermedades respiratorias en niños y adultos mayores que residen en ciudades congestionadas. Y al ser casi silenciosos, mejoran la calidad de vida en esos entornos densos, porque disminuyen el estrés ambiental provocado por el ruido de motores de diésel o gasolina.
Sin embargo, la infraestructura sigue siendo el talón de Aquiles de esta transición, y en ese sentido hay mucho por hacer. En Colombia se estima que hay apenas un cargador público por cada 174 vehículos eléctricos. En los centros comerciales y estaciones de servicio de Medellín, los propietarios ya enfrentan filas de espera de horas para acceder a una electrolinera — una imagen casi irónica: el símbolo de la eficiencia del futuro, detenido sobre el asfalto esperando energía. La expansión de puntos de carga, tanto públicos como privados, es una condición sin la cual este mercado no podrá sostener su crecimiento.
Así y todo, se estima que al finalizar este año Latinoamérica ahorrará cerca de 3 millones de dólares diarios gracias al uso de la movilidad eléctrica. La transición está en marcha y las perspectivas son optimistas para los ciudadanos. Ahora solo falta que los gobiernos trabajen con visión de futuro para que este mercado, que crece de manera exponencial, encuentre las condiciones adecuadas para consolidarse.