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Estados Unidos, que se presenta al mundo como modelo de democracia, lleva décadas mirando hacia otro lado mientras sus ciudadanos se matan entre sí.
Elegantes como estaban, vestidos de esmoquin, los políticos y periodistas reunidos en la cena anual de corresponsales en Washington tuvieron que esconderse debajo de las mesas al escuchar golpes secos en el vestíbulo del hotel Hilton. Donald Trump, su esposa Melania y el vicepresidente JD Vance eran evacuados del escenario a toda velocidad. Un agente del servicio secreto recibió un disparo, aunque fue salvado por su chaleco antibalas. El agresor —un hombre armado hasta los dientes, según una selfie que él mismo se tomó antes del atentado— fue detenido. Así está Estados Unidos.
Lo ocurrido hace ocho días no es un caso extraño. Es el resultado de décadas de una cultura de las armas sin parangón en el mundo y de un debate político que ha ido normalizando el lenguaje de la violencia. En ese mismo hotel Hilton, hace 45 años, John Hinckley Jr. hirió a Ronald Reagan al salir por la puerta principal. La historia se repite cada vez con más frecuencia entre un episodio y el otro.
Y el patrón es lo más grave. La violencia política no solo aumenta en Estados Unidos, sino que también se acelera. Antes ocurría uno por generación. Hoy sucede de un mes a otro. Solo en los últimos meses una representante demócrata de Minnesota, Melissa Hortman, y su esposo, fueron asesinados. La residencia del gobernador de Pensilvania fue incendiada, en lo que las autoridades calificaron de intento de asesinato político. Charlie Kirk, el activista conservador que cofundó Turning Point USA y era un aliado cercano de Trump, fue mortalmente baleado en el cuello durante un evento en la Universidad del Valle de Utah, en septiembre pasado. El propio Trump sobrevivió a dos intentos de asesinato en 2024; en el primero, una bala le rozó la oreja y mató a un asistente al mitin. “No me puedo imaginar una profesión más peligrosa”, dijo el presidente apenas unas horas después del incidente en Washington. Hoy es posiblemente la persona más protegida del mundo, por un pequeño ejército de agentes del servicio secreto. Y aun así.
Las cifras no dejan de asombrar. En Estados Unidos hay 120 armas de fuego por cada 100 residentes. El año pasado, los homicidios por disparos mataron en promedio a 40 personas cada día. En los primeros seis meses de 2025 se registraron más de 520 incidentes de violencia política, un aumento del 40% respecto al año anterior. Un estudio de la Universidad de California concluyó en 2024 que muchos compradores recientes de armas estaban abiertos a la violencia política. Y según una encuesta reciente, el 24% de los estadounidenses cree que hay casos en los que la violencia política está justificada —y entre los menores de 45 años esa cifra supera el tercio–. No es un dato menor: es el termómetro de una sociedad que ha empezado a aceptar lo inaceptable.
Lo que alimenta esa agitación tiene nombre. Según un análisis del Instituto para el Diálogo Estratégico, la retórica violenta contra altos funcionarios públicos se ha triplicado entre 2021 y 2025, con un aumento promedio del 5% mensual. El Instituto de Investigación de la Religión Pública encontró que el 67% de los estadounidenses cree que esa retórica de sus líderes contribuye directamente a las acciones violentas de la sociedad.
Porque Trump es víctima de este clima, pero también es uno de sus arquitectos. Expertos lo han señalado como una figura central en el aumento de la violencia política. En noviembre de 2025 publicó que los demócratas eran “traidores” que debían ser acusados de sedición, “castigada con la muerte”. Tras el atentado del sábado hizo un llamado a la unidad. Al día siguiente volvió a culpar a “la izquierda radical”. El discurso de odio, como siempre, siguió su curso.
No muy distinto de lo que hemos vivido en Colombia. Si bien, el país ha sufrido la violencia política desde antes de Gustavo Petro, con él como presidente se ha dado una modalidad nueva y perversa.
A Miguel Uribe, candidato presidencial y senador, lo mataron hace apenas diez meses. El magnicidio ha provocado un profundo debate, porque en nuestro país también hay un presidente que no ha querido entender que las palabras desde el poder no son inocuas. Un análisis del discurso político en redes sociales, por La Silla Vacía, identificó a Petro como la figura que más utiliza el lenguaje agresivo. Ya lo hemos denunciado aquí, ha llamado nazis a sus críticos, comparado a periodistas con la mafia y descrito a sus adversarios como golpistas. Luego condena la violencia y llama a la unidad. El libreto es conocido: encender la mecha y después lamentarse del incendio.
En la medida en que un Presidente califica a otros como malvados o inmorales, no está muy lejos de que cualquiera de sus seguidores considere que la violencia puede ser la solución.
Estados Unidos, que se presenta al mundo como modelo de democracia, lleva décadas mirando hacia otro lado mientras sus ciudadanos se matan entre sí. La cena de corresponsales, ese rito anual donde la política se viste de gala y finge que todo está bien, nunca volverá a ser igual.