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El examen que jaqueó al mérito

No es solo un problema latinoamericano. Sheffield y Glasgow, en Reino Unido, documentaron un salto brutal en fraude con IA. Stanford y Princeton en EE.UU. se están devolviendo al control humano directo.

hace 2 horas
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  • El examen que jaqueó al mérito

A la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) se le ocurrió aplicar su examen de admisión, a 158.000 aspirantes, de manera digital. Las alarmas se encendieron cuando identificaron un salto exponencial e inexplicable en el número de calificaciones perfectas.

Algo parecido, pero en menor tamaño, a lo ocurrido en el examen de admisión para especializaciones de medicina en la Universidad de Antioquia, caso que produjo sanción para los 40 implicados.

Dos universidades distintas, dos países diferentes y una misma pregunta que comienza a recorrer la educación superior en el mundo: ¿qué significa el mérito en la era de la inteligencia artificial?

La UNAM, una de las universidades más importantes de América Latina, actuó con la mejor intención al hacer el examen virtual: buscaba eficiencia, modernización y superar barreras geográficas. El problema apareció cuando en facultades de alta demanda, como Medicina y Derecho, los puntajes sobresalientes se multiplicaron de manera inverosímil frente a los promedios históricos.

Claramente, no estábamos ante una generación súbitamente iluminada por el genio colectivo, sino frente a la vulneración sistemática de los algoritmos de supervisión por medio del uso de mecanismos cada vez más sofisticados de fraude: dobles pantallas, comunicación con terceros gracias a audífonos ocultos y herramientas de inteligencia artificial capaces de resolver en segundos preguntas.

No se trata de un fraude cualquiera. Hacer trampa en un examen de admisión significa vulnerar el mérito de quienes compiten limpiamente, pero también alterar el mecanismo mediante el cual una sociedad distribuye oportunidades escasas. Cada cupo obtenido mediante fraude es potencialmente un cupo que pierde alguien que sí lo merecía.

La pregunta deja de ser académica cuando quien hizo trampa para entrar a Medicina termina, años después, atendiendo pacientes. El fraude no solo pudo quitarle un cupo a otro aspirante: pudo alterar el criterio con el cual la sociedad seleccionó a quien consideraba más apto para ejercer una profesión.

Por eso los exámenes de admisión no son simplemente una barrera burocrática que las universidades ponen en la puerta. Son, con todas sus imperfecciones, mecanismos de confianza social. Pretenden garantizar que, cuando hay más aspirantes que cupos, quienes ingresen sean aquellos que demostraron mejores capacidades bajo unas mismas reglas.

De ahí que la reacción haya sido tan drástica. Las autoridades universitarias en México hicieron repetir el examen bajo supervisión directa. Puede parecer un retroceso tecnológico, pero resulta inevitable si se pretende preservar la confianza.

No es solo un problema latinoamericano. Sheffield y Glasgow, en Reino Unido, documentaron un salto brutal en fraude con IA. Stanford y Princeton en EE.UU. se están devolviendo hacia el control humano directo.

La paradoja resulta llamativa: justo cuando la inteligencia artificial alcanza niveles de sofisticación nunca vistos, las universidades más avanzadas del planeta están redescubriendo una tecnología bastante antigua: un profesor mirando a sus estudiantes mientras presentan un examen.

Pero sería un error concluir que la solución consiste en regresar al lápiz, al papel y al vigilante caminando entre los pupitres. La IA ha puesto sobre la mesa una pregunta mucho más profunda sobre la manera como hemos evaluado durante décadas.

Hasta hace muy poco, buena parte de los exámenes intentaba responder: ¿qué sabe usted? Ahora una máquina puede contestar en segundos muchas de esas preguntas. Puede resolver ecuaciones, redactar ensayos, resumir libros, traducir idiomas, escribir código y responder cuestionarios especializados.

Por eso la educación tendrá que comenzar a evaluar algo diferente: ¿qué sabe hacer usted con lo que sabe? ¿Cómo razona? ¿Cómo argumenta? ¿Cómo enfrenta un problema inesperado? ¿Cómo defiende una conclusión? ¿Cómo distingue entre una respuesta correcta y una que simplemente parece convincente?

Los exámenes orales pueden recuperar importancia porque obligan al estudiante a defender sus conocimientos en tiempo real. Las pruebas prácticas permiten observar cómo resuelve problemas concretos. La evaluación continua puede mostrar su evolución intelectual.

No significa expulsar la inteligencia artificial de las aulas. Sería absurdo porque la IA es hoy una herramienta clave para los profesionales. El desafío consiste justamente en establecer cuándo la inteligencia artificial puede potenciar las capacidades humanas y cuándo su utilización impide saber si esas capacidades existen.

Una universidad no sólo certifica conocimientos, certifica competencias, disciplina intelectual y la capacidad de actuar con reglas compartidas. Un diploma representa, en buena medida, una promesa que una institución le hace a la sociedad sobre la persona que lo recibe.

La inteligencia artificial no significa el fin de los exámenes, pero probablemente sí el fin de muchos exámenes tal como los conocimos. La universidad puede y debe incorporar la inteligencia artificial. Lo que no puede hacer es permitir que la inteligencia artificial suplante la inteligencia del estudiante justamente en el momento en que pretende medirla.

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