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El día en que volvió la esperanza

hace 8 horas
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  • El día en que volvió la esperanza

Cada posesión presidencial es una promesa. No porque garantice un buen gobierno, sino porque recuerda que las democracias tienen esa extraordinaria capacidad de empezar de nuevo. Eso ocurrió este 7 de agosto. Colombia cambió de presidente y, con él, no solo buena parte del país sintió un profundo alivio, sino que cambió también el lenguaje que había dominado la vida pública los últimos años.

Los discursos de posesión suelen contener más deseos y propósitos que realidades. Sin embargo, también sirven para identificar cuáles serán los valores alrededor de los cuales un gobierno pretende construir su legitimidad y su legado. El de Abelardo de la Espriella dejó un mensaje claro: recuperar instituciones que durante los últimos años fueron debilitadas y, no pocas veces, atacadas desde la cabeza misma del Estado.

No fue mera coincidencia que uno de los mayores reconocimientos estuviera dirigido a las Fuerzas Militares y a la Policía. Después de un cuatrienio marcado por la desconfianza desde la propia Presidencia, en el que paradójicamente la institución encargada de la seguridad del Estado terminó a la defensiva frente a su propio comandante en jefe, empezar el nuevo gobierno abrazando a la Fuerza Pública, y no simplemente saludándola de lejos, busca cerrar una herida institucional que Colombia arrastraba con miedo y en silencio. No se trató únicamente de un homenaje. Fue la expresión de una prioridad: recuperar la seguridad como condición indispensable para que exista libertad, inversión, desarrollo y convivencia.

Otro elemento novedoso fue el lugar que ocuparon las distintas confesiones religiosas durante la ceremonia. Colombia es un Estado laico, y así debe seguir siendo. Y si bien pudo ser más breve la intervención de cada una de ellas, al reconocer esa diversidad religiosa como factor de reconciliación, el nuevo mandatario recordó que las iglesias, desde su pluralidad, siguen siendo uno de los principales tejidos sociales de Colombia. En miles de municipios llegan allí donde muchas veces no alcanza el Estado: acompañan a las familias, promueven solidaridad y reconstruyen comunidades golpeadas por la violencia.

Hubo otros mensajes igualmente importantes. La reivindicación de la libertad, del emprendimiento, de la empresa privada, del mérito, de la unidad nacional y del respeto por la Constitución devolvió al centro del debate conceptos que buena parte de la sociedad venía reclamando. Se podrá debatir por la forma como el Gobierno pretenda convertir esas ideas en políticas públicas, pero resulta significativo que hayan vuelto a ocupar un lugar protagónico en el discurso presidencial.

De la Espriella habló de “la magnitud de la tarea” y “el inmenso peso de la responsabilidad”, y ese reconocimiento —sobrio, casi austero— contrasta con el discurso que Colombia escuchó hace cuatro años, cuando el presidente entrante prometió no gobernar un país sino refundarlo.

El nuevo mandatario también habló de respetar la Constitución vigente, la independencia de las ramas del poder —“garantía de la libertad”, dijo— y un diálogo con el Congreso “bajo el escrutinio permanente de los colombianos”.

Tras cuatro años en los que Colombia vivió conteniendo la respiración bajo el agua –sumergida en un relato caótico que nunca terminó de aterrizar en instituciones, en cuentas claras, en confianza–, las palabras del nuevo presidente se reciben como si pudiéramos salir a la superficie y tomar una enorme bocanada de oxígeno.

El discurso de ayer no promete una nueva patria: promete recuperar la de siempre, la que Colombia ha venido construyendo con enorme esfuerzo y cuyas instituciones, sometidas durante los últimos cuatro años a tensiones extraordinarias, demostraron su capacidad de resistencia. La sola idea de gobernar sin refundar, sino usando conceptos como recuperar, corregir, fortalecer, es, hoy, una noticia genuinamente esperanzadora.

En lo concreto, De la Espriella adelantó señales poco habituales en un primer discurso: un decreto de austeridad, la eliminación del impuesto al patrimonio, y —quizás lo más significativo para la salud de largo plazo de nuestra democracia— un no rotundo a la reelección y a una asamblea constituyente. “Cuatro años son más que suficientes”, dijo. En un continente donde la tentación de perpetuarse ha sido la ruina de tantos proyectos políticos, empezar un gobierno poniéndole límite es un acto de madurez republicana.

Quizá el mensaje más importante no estuvo en una frase específica, sino en el tono general del discurso. Después de varios años en los que la confrontación dominó buena parte de la conversación política, Abelardo de la Espriella habló de reconciliación, de instituciones, de respeto por la Constitución y de gobernar para todos los colombianos, incluso para quienes no votaron por él. Esa disposición, si logra mantenerse más allá de la ceremonia, puede convertirse en uno de los mayores activos del nuevo gobierno.

Las palabras, por supuesto, no bastan. Pero las naciones también necesitan relatos que les permitan creer nuevamente en sí mismas. Eso fue, quizá, lo más esperanzador de este 7 de agosto. No únicamente el cambio de presidente. También la sensación de que Colombia volvió a hablar de instituciones antes que de caudillos; de unidad antes que de confrontación; de futuro antes que de resentimiento.

La esperanza, por sí sola, no resuelve los problemas. Pero tampoco existe nación alguna que haya logrado salir adelante sin ella. Hoy Colombia vuelve a permitirse la esperanza. Ahora le corresponde al nuevo gobierno demostrar que es posible mantenerla y traducirla en resultados. .

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