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También podremos ser lugares seguros para acompañar a despedir a la tristeza, tampoco se trata de encariñarse mucho con ella.
Por Rosana Arizmendi Mejía - JuntasSomosMasMed@gmail.com
Llevo unas semanas conviviendo con la tristeza. La he sentido como una creciente a punto de desbordarse, como una bruma delicada y densa, y como un día de la transición invierno-verano, con nubes que pasan por el cielo azul. Todas estas formas me han parecido bonitas; incluso las que son más incómodas o intensas. Pero no es porque me guste estar triste (creo que a nadie le gusta), sino, porque en su diversidad de manifestaciones, la tristeza me ha traído cosas que, en el mundo acelerado y lleno de estímulos en el que vivimos, cada vez son más difíciles de encontrar: la capacidad de bajar el ritmo y mirar pa’adentro, el discernimiento para priorizar y poner perspectiva, la conexión con la autenticidad y la vulnerabilidad —cuando uno está triste, no se tiene que quedar bien con nadie (¡la dicha!)—.
La psicología (y la evolución) explica que la tristeza es una emoción primaria —junto con la ira, el miedo, la alegría, la rabia, la sorpresa y el asco— con funciones adaptativas fundamentales: hace que la energía del cuerpo baje, lo cual abona terreno para ir con pausa, prestar atención a eso que en principio nos llevó a sentirnos tristes y dedicarle tiempo a procesarlo. Muestra que necesitamos ayuda a las personas de alrededor y, por lo tanto, permite fortalecer vínculos. Sin la tristeza, no podríamos elaborar duelos ni procesar heridas desde lo emocional; tampoco crecer y madurar de manera sana. Volviendo a lo del mundo acelerado y lleno de estímulos en el que vivimos, es difícil darle lugar en él. Primero, porque le tenemos fobia a sentirnos tristes: en occidente premiamos la positividad tóxica, como si vivir estalladas de euforia fuera sinónimo de éxito. Segundo, no tenemos tiempo libre: entre trabajar, desplazarse, dormir, cocinar, hacer ejercicio, ser buen miembro de familia, buena amiga, y buena novia, no queda ni un minuto para revisar cómo nos sentimos. Y tercero, porque la obsesión por la productividad va en contravía de la tristeza: si estás triste eres menos productiva, y si eres menos productiva, básicamente no existes. ¿Son estas la vida y la sociedad en las que queremos vivir?
He pensado mucho en cómo relacionarnos con la tristeza desde el ámbito laboral, pues ocupa gran parte de nuestros días (en el personal, con frecuencia hay más libertad para sentirla). En mi caso, soy afortunada, cuento con un jefe, colegas, equipo y una organización que me han dado tiempo y espacios para procesarla, pero, ¿qué pasa con quienes no tienen este privilegio? ¿Será que, como sociedad, en parte nos estamos enfermando por no propiciar condiciones seguras para el sentirse tristes? Aunque no tengo respuesta, sí estoy convencida de que quienes estamos en posiciones de liderazgo somos claves a la hora de crear espacios en los que la creciente se pueda desbordar, la bruma pueda envolver o las nubes puedan pasar. Así, cuando llegue el momento, también podremos ser lugares seguros para acompañar a despedir a la tristeza (tampoco se trata de encariñarse mucho con ella). ¡Salud!