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Uribeólogos

Se presentan como expertos en detectar impurezas invisibles, en establecer fronteras rígidas entre lo que es y no es uribista.

hace 50 minutos
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Por María Clara Posada Caicedo - @MaclaPosada

Hay fenómenos políticos que, más que por su gravedad, llaman la atención por su extrañeza. Uno de ellos es la reciente proliferación de una suerte de “guardianes doctrinarios”, autoproclamados intérpretes del uribismo, que han asumido la tarea de vigilar, calificar y, si es necesario, condenar cualquier desviación de lo que ellos consideran la línea pura. Podríamos llamarlos, con algo de ironía, “uribeólogos”. Se presentan como expertos en detectar impurezas invisibles, en leer entre líneas lo que nadie más ve, en establecer fronteras rígidas entre lo que es y no es uribista. No sabemos quién los nombró ni bajo qué autoridad operan, pero actúan como si fueran los únicos autorizados para definir la ortodoxia.

El fenómeno no es nuevo en la historia política. Tiene ecos claros de aquella lógica de “oro y escoria” que promovía Laureano Gómez, donde la política se reducía a una clasificación moral absoluta, sin matices ni deliberación. Lo curioso es que esta vigilancia no se ejerce desde la izquierda, sino desde sectores que se identifican con la centro derecha. Hoy, figuras como Paloma Valencia son sometidas a un escrutinio permanente por parte de estos nuevos censores, que opinan con suficiencia sobre cada declaración y cada matiz. Determinan cuándo “se desvía” y cuándo “se mantiene fiel”, como si el pensamiento político fuera una pieza estática y no una construcción viva.

La escena me recuerda inevitablemente una escena de Annie Hall, de Woody Allen. En una fila de cine, un profesor pontifica sobre las ideas de Marshall McLuhan con total seguridad, hasta que el propio Marshall McLuhan aparece y le dice, sin rodeos, que no ha entendido nada de lo que escribió. Esa es la sensación que dejan muchos de estos comentaristas: hablan con autoridad sobre una doctrina que, en realidad, simplifican.

Hay en todo esto un aire inquietante de los viejos aparatos de censura ideológica de los regímenes socialistas del siglo XX, donde comités enteros se dedicaban a examinar discursos, textos y decisiones para verificar su alineación con el marxismo o el leninismo. La comparación puede parecer exagerada, pero no deja de ser reveladora. La obsesión por la pureza termina convirtiendo cualquier debate en un tribunal, donde no se discuten ideas sino que se dictan sentencias. El problema de fondo es que esta actitud empobrece la discusión política. Reduce la diversidad interna de un movimiento a una única interpretación legítima y descalifica cualquier diferencia como traición. En lugar de fortalecer un proyecto, lo encierra en una jaula conceptual que lo vuelve rígido y, finalmente, irrelevante. Así, quienes creen estar defendiendo una causa terminan debilitándola, al convertirla en un dogma incapaz de adaptarse a la complejidad del presente. Si esta lógica se lleva hasta sus últimas consecuencias, no sería extraño que pronto alguien sugiera que el propio Álvaro Uribe se ha “desviado” del uribismo, pues cuando la ortodoxia se define desde la vigilancia permanente y no desde la realidad política, nadie está a salvo de ser declarado impuro.

La historia está llena de movimientos que terminaron consumidos por sus propios inquisidores. Al final, la verdadera lealtad a una tradición política no consiste en repetirla como dogma, sino en proyectarla con inteligencia hacia el futuro. Todo lo demás es, en el fondo, una forma sofisticada de irrelevancia.

Quizá lo más curioso es que estos nuevos intérpretes ya no parecen interesados en escuchar siquiera a Álvaro Uribe, sino en escucharse a sí mismos. Porque, con lo sencillo que sería preguntarle directamente qué piensa sobre esto o aquello, prefieren no hacerlo. Tal vez porque existe el riesgo de que el propio autor del uribismo contradiga sus interpretaciones autorizadas. Y eso, más que un debate, abriría una confusión que no están dispuestos a asumir.

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