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Ya son varios los lugares en el planeta que están suplicando, casi con desespero, ser borrados de la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco.
Por Lina María Múnera Gutiérrez - muneralina66@gmail.com
A estas alturas de la vida ya no es novedad afirmar que el turismo masivo no siempre enriquece, al contrario, lo que hace es vaciar. Vacía las casas, vacía los barrios y, en el peor de los casos, vacía la identidad de los pueblos hasta dejarlos convertidos en meras cáscaras de escenografía. Durante décadas, nos vendieron la idea de que la mirada del extranjero era una especie de bendición divina; que el sello de aprobación de un organismo internacional o la aparición en una lista de destinos imperdibles equivalían al éxito absoluto.
Pero una cosa es sentir orgullo de ser vistos y otra padecer la tragedia de ser invadidos. La gentrificación y el desplazamiento silencioso se producen cada día en nuestras latitudes, en cualquier capital europea y hasta en el Everest, donde hace unos días alcanzaron su cúspide 274 personas que formaron un peligroso trancón a 8.849 metros de altura.
Ese tan pesadillesca la situación, que ya son varios los lugares en el planeta que están suplicando, casi con desespero, ser borrados de la Lista del Patrimonio Mundial de la Unesco. Aquello que antes era un imán de prestigio, hoy es visto por muchas comunidades locales como una condena de expulsión.
Un caso emblemático es el de Vlkolínec, una diminuta aldea medieval en Eslovaquia donde apenas sobreviven veinte residentes permanentes rodeados por más de cien mil turistas al año, atraídos por la estética de cuento de hadas de sus fachadas. O el área de conservación de Ngorongoro, en Tanzania, donde las comunidades Masái denuncian que las políticas proteccionistas asociadas a ese sello internacional han terminado por desplazarlos de sus propias tierras de pastoreo. El patrón se repite en Venecia, en Lijiang o en Marrakech. Los espacios de vida se transforman gradualmente en lugares orientados al consumo del visitante. Es la nefasta “museificación” del territorio: congelar la arquitectura, pero expulsar el alma que la habita.
El combustible de este incendio contemporáneo son las redes sociales. Antes se viajaba con mapas y crónicas; hoy se viaja para replicar el encuadre exacto de un video de TikTok o una foto de Instagram. La urgencia de la masa por consumir el “lugar de moda” genera una presión insostenible que acelera el encarecimiento de la vivienda, precariza el empleo local y destruye el comercio tradicional. Las panaderías de barrio y las tiendas de esquina son reemplazadas por franquicias genéricas y alojamientos de alquiler corto. El vecino ya no es un igual, es un estorbo para el flujo de la foto perfecta.
La paradoja es terrible: mientras la Unesco busca proteger la autenticidad, su reconocimiento desata una oleada turística que termina por destruirla. Y lo más grave es que el sistema actual no tiene herramientas para proteger a la gente, solo a las piedras. Un monumento puede ser declarado “en peligro” por abandono físico, pero no por el desplazamiento de su comunidad humana.
¿Será que vamos a terminar viviendo en parques temáticos, donde los locales se conviertan en actores secundarios de un decorado ajeno?