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El arte de romper el nido

Hay una delgada línea entre la exigencia legítima de un derecho y la desfachatez de quien llega a un territorio a acabar con la tranquilidad colectiva.

hace 30 minutos
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  • El arte de romper el nido
  • El arte de romper el nido

Por Lina María Múnera G. - muneralina66@gmail.com

Hay una categoría bastante particular de desdicha humana que no se elige, pero que se padece con el rigor implacable de una condena: el mal vecino. Ese que no entiende de linderos amables, que confunde el derecho propio con el atropello ajeno y cuya sola presencia altera toda armonía. Pero la escala de este infortunio se multiplica cuando el mal vecino no es el que hace ruido a medianoche, sino el que llega con ínfulas de conquistador a imponer todas sus neurosis en tierra ajena.

Eso es precisamente lo que ocurre hoy en Great Bernera, una diminuta isla escocesa de apenas 250 habitantes. Allí llegó desde California la estadounidense Claire Kellerman, hija adoptiva de la fallecida actriz hollywoodense Sally Kellerman, quien inmortalizó en la pantalla a la Mayor Margaret «Hot Lips» Houlihan en la mítica película M*A*S*H. La nueva habitante de estas tierras salvajes no ha venido para integrarse al silencio de su entorno, sino para desatar un huracán legal que hoy tiene al borde de la quiebra al único centro comunitario del lugar.

La génesis de este conflicto es de un egoísmo pasmoso: el personal del café local le negó la entrada a su perro, un pastor ovejero, apegándose a las normas del establecimiento y a las leyes escocesas que trazan una linea tajante entre un perro de asistencia certificado y un animal de apoyo emocional. Kellerman, alegando que este fue entrenado por ella misma para gestionar un trauma, demandó al café por discriminación exigiendo unos $13.000 dólares.

Para la comunidad, defenderse es un asunto de supervivencia pura. El centro que Kellerman tiene contra las cuerdas no es un negocio de élite, sino el espacio que alberga el consultorio médico isleño, una estación de bomberos, el museo y el salón de eventos sociales. Con una torpeza procesal asombrosa, sus abogados demandaron primero a la organización equivocada, costándole al local $9.100 dólares defenderse de un error ajeno, antes de corregir la mira hacia la asociación del café. Mientras tanto, la caprichosa vecina ha dicho públicamente que las consecuencias destructivas sobre este tejido social simplemente no son su problema.

Resulta cuando menos sospechoso descubrir que este afán litigioso no es nuevo en su inventario personal. Kellerman ya arrastra antecedentes idénticos en otras latitudes lejanas, pues cuando vivía en Hawaii, entabló una demanda judicial por motivos laborales que se prolongó durante cinco extenuantes años antes de ser desestimada. Qué ironía frente a la memoria de su madre, cuyo personaje de aquella jefa de enfermeras, obsesionada con el reglamento y la disciplina militar, le reprocharía hoy con severidad burocrática este caótico desprecio por las normas locales, su ineficiencia procesal y esa absurda pretensión de imponer un capricho individual por encima del orden y el bienestar de un campamento humano.

Tanta insensatez ha provocado una respuesta solidaria ejemplar que ya supera los $230.000 dólares en donaciones para salvar el centro comunitario local, pero el desgaste moral es irreparable. Hay una delgada línea entre la exigencia legítima de un derecho y la desfachatez de quien llega a un territorio a acabar con la tranquilidad colectiva. El peor vecino no es el extraño, es el que cree que su herida personal lo autoriza a incendiar un pueblo entero sin mirar atrás jamás.

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