Pico y Placa Medellín
viernes
2 y 8
2 y 8
La oposición confundió moderación con convicción. El resultado del 31 de mayo pagó el precio.
Por Alberto Sierra - @albertosierrave
Durante años se instaló una idea cómoda en el debate político colombiano: para derrotar a la izquierda, la oposición debía moderarse. Evitar la confrontación ideológica, construir candidaturas amplias y hablar el lenguaje del consenso. Esa premisa no era marginal. Estructuró campañas, coaliciones y decisiones estratégicas durante un ciclo político entero.
La elección del 31 de mayo no cierra la contienda que continúa en segunda vuelta, pero sí deja señales políticas difíciles de ignorar. Paloma Valencia no se quemó sola. La quemaron los hechos. Y con ella se quemó algo más grande: una forma de hacer política que insistió en hablarle a un país que ya no existe. Pinzón, Luna, Galán, Cárdenas: el catálogo de una élite que creyó que la experiencia o el apellido reemplazaban la conexión con la calle. La fórmula Valencia-Oviedo condensó esa apuesta: credenciales, respetabilidad institucional y búsqueda del votante de centro. Resultado: campaña sin alma, discurso sin calle. Política de vitrina en un país en ebullición.
Y el dato que incomoda: ni siquiera los intocables están intactos. Álvaro Uribe ya no ordena el tablero como antes. Es referencia histórica, no fuerza activa. No es una caída individual. Es el cierre de ciclo de una élite que confundió trayectoria con vigencia.
La victoria de Abelardo de la Espriella no representa solo la derrota del progresismo. También expresa la derrota de una cultura política que convirtió la moderación en dogma moral. La oposición quedó atrapada en una paradoja: mientras la izquierda se presentaba con discursos transformadores, la derecha debía justificar su existencia en seguridad, autoridad o libertad económica.
No bastaba con tener razón. Había que parecer aceptable. Ese fue el error. Mientras la fórmula Paloma-Oviedo buscaba sumar lo que fuera, Abelardo definía conflicto, fijaba postura y ordenaba identidad. En el ecosistema político actual eso no es exceso: es condición de competencia. Sin contraste no hay narrativa; sin narrativa no hay base; sin base no hay votos. Milei, Trump y Bukele no crecieron diluyendo su mensaje para agradar a un centro abstracto. Primero consolidaron un bloque intenso; luego ampliaron. Quien invierte ese orden paga con votos lo que gana en aprobación. Abelardo parte de ese mismo principio: claridad ideológica y activación. Eso produce lo escaso hoy en la oposición: energía electoral real. No encuestas favorables, sino militancia efectiva.
La ciudadanía no castigó la claridad ideológica. Tampoco castigó la confrontación. Lo que castigó fue la ambigüedad.
Mientras algunos administraban respetabilidad desde estudios de televisión y auditorios universitarios, una parte del electorado llegó a otra conclusión.
Que el poder no se conquista pareciéndose al adversario. Y que una oposición que pide permiso termina, tarde o temprano, perdiendo la capacidad de convencer.