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Por Fanny Wancier Karfinkiel - fannywancier7@gmail.com
Un mecanismo es un sistema o conjunto de engranajes y piezas diseñado para transmitir movimiento y energía de forma ordenada en trabajos específicos. Se aplica a diversos ámbitos como la ingeniería, la ciencia y la psicología, contexto donde ha sido utilizado para indicar que algunos procedimientos mentales involuntarios e inconscientes pueden ser observados y analizados. Entre ellos los mecanismos de defensa.
Un importante estudio de estos mecanismos lo hizo Anna Freud. Hija de Sigmund Freud y pionera del psicoanálisis infantil, tomó las enseñanzas de su padre y se dedicó a describir la diversidad, complejidad y extensión de esta especie de “trincheras” que producían los niños para defenderse de la angustia, los sentimientos de culpa, los traumas, y las ideas y emociones intolerables. Dicho de otro modo, ocurrían cuando no lograban detener lo que estaba sucediendo a su alrededor e inconscientemente creaban un filtro protector que controlaba la situación o los mantenía apartados de lo que percibían como peligroso.
Los mecanismos de defensa más frecuentes son la represión (guardar en el inconsciente pensamientos, emociones y recuerdos inaceptables), negación (rechazar los hechos y sentimientos dolorosos propios o ajenos), proyección (expulsar de sí mismo pensamientos y deseos para localizarlos en los demás), desplazamiento (redireccionar la percepción desde un lugar peligroso hacia otro inofensivo), racionalización (justificar situaciones inaceptables con explicaciones lógicas pero falsas), formación reactiva (darle a un deseo reprimido un sentido opuesto, por ejemplo, mostrarse pudoroso para no dar a conocer las tendencias vulgares o exhibicionistas), y sublimación (desviar la energía hacia una nueva finalidad socialmente valorada).
Ahora bien, hay un mecanismo de defensa distinto a los anteriores que se cultiva en entornos donde hay agresión, maltrato, sometimiento y abuso de poder que, por efecto del trauma, altera la personalidad de las víctimas: se trata de la identificación con el agresor o identificación con el villano.
Un ejemplo se observa cuando individuos y grupos respaldan con fervor al tirano. Bajo una narrativa superficial y aparentemente necesaria, los tiranos son controladores, abusan de la autoridad, ignoran las normas y, comportándose bajo su propio dictado, convencen a sus seguidores de que están defendiendo sus vidas y su seguridad. Por lo cual, es evidente preguntarse ¿por qué tantas personas y grupos sociales se alían e imitan a villanos que practican el ejercicio de la crueldad, la indiferencia, la burla hacia el sufrimiento del otro, y el irrespeto a la justicia?
La respuesta inmediata es que al identificarse involuntaria e inconscientemente con el agresor, personas y grupos hacen suyas sus ideas y acciones (en este caso la ideología y el comportamiento del atacante) creando un vínculo contradictorio de sospecha y a la vez lealtad cuyo fin consiste en protegerse, controlar el miedo y la ansiedad, equilibrar las grandes cargas emocionales y contener los riesgos que amenazan su vida. Se trata de acceder a lo que el agresor espera y por medio de la dureza dejar de ser víctimas. Aunque parece liberador, en realidad solo fabrican una coraza que oculta un dolor que no han podido procesar.