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La reconstrucción debe combinar planificación y coordinación central con iniciativa y veeduría local.
Por Javier Mejía Cubillos - mejiaj@stanford.edu
Todos mis recuerdos de infancia viven en Pereira. Lo mismo ocurre con los de otros cientos de miles de personas que también crecieron allí. Y cada uno de nosotros enfrenta hoy la tristeza de saber que, con el terremoto, la Pereira que conocimos dejó de existir. Reconstruir Pereira es, entonces, una responsabilidad con la memoria; pero también lo es con el destino. Lo que les quiero decir es que reconstruir esta ciudad implicará preguntarnos tanto por quiénes hemos sido, como por quiénes podremos ser.
Dos preguntas dificilísimas, que, dada la urgencia de las circunstancias, trataré de responder a través de tres principios prácticos que todo plan para reconstruir Pereira debería seguir.
El primero es inspirarnos en la historia que realmente nos sirve.
Este tipo de tragedias suelen provocar una efervescencia identitaria. En nuestro caso, es muy probable que esta busque inspiración en la mitología cafetera y arriera. Querremos reconstruir las calles por donde, alguna vez, pasaron las caravanas de mulas y recuperar modos de vida rurales idealizados alrededor de la finca cafetera. Esa historia poco nos sirve.
Por un lado, no nos dice nada sobre nuestro verdadero potencial. La ventaja comparativa de Pereira nunca estuvo genuinamente en el cultivo del café. Con Sebastián Martínez, profesor de la UTP, mostramos hace algunos años que Pereira comenzó su despegue económico antes de la consolidación de la economía cafetera—pueden leer el paper aquí. Su fortaleza estuvo en su capacidad para ofrecer bienes y servicios urbanos a sectores consolidados de las economías vecinas. Esa vocación urbana y de intermediación es una parte importante de lo que Pereira ha sido y, sobre todo, de lo que puede seguir siendo.
Por otro lado, la mitología cafetera no nos sirve para pensar los riesgos que enfrentaremos en el futuro. Para no especular sobre ellos, basta con pensar en el más obvio: la posibilidad de un nuevo terremoto. Muchas de las zonas más afectadas por este terremoto fueron precisamente aquellas que más sufrieron en los terremotos de 1995 y 1999. No podemos permitir que esto vuelva a ocurrir. La memoria histórica que ha de inspirar la reconstrucción debe ser una concentrada en las lecciones sobre la vulnerabilidad de la ciudad, no en el elogio de narrativas románticas.
El segundo principio es dejar de entender Pereira como un municipio.
Desde hace décadas, la ciudad real incluye a Dosquebradas, La Virginia, y Santa Rosa y, en muchos sentidos, también a Cartago. Esa ciudad amplia es, además, el corazón del Eje Cafetero. Y no estoy hablando de su ubicación central, si no de su escala económica. Incluso entendida solo como su área metropolitana, Pereira tiene cerca de 750.000 habitantes y genera alrededor de $17 billones al año, frente a los $11 billones y $6 billones de las áreas metropolitanas de Manizales y Armenia. Pereira debe asumir, sin duda y sin vergüenza, el papel de capital regional y empezar a planear como tal.
Dentro de esa visión regional, Pereira debe mirar con más atención hacia el sur y hacia el Pacífico. Nuestra identidad paisa nos ha mantenido bien articulados a los circuitos del centro del país, pero ese centro mismo empieza a reconocer la importancia política y económica de la periferia, siendo el Chocó, el Valle del Cauca, y el Cauca departamentos clave en la agenda nacional de los años venideros. Pereira es el punto de entrada a ellos. Aceptar esa vocación implica reconocer el valor estratégico de Cerritos, Galicia, Condina, La Virginia y Cartago e invertir acordemente. Un plan de reconstrucción que se tome en serio el potencial regional de la ciudad debería partir de eliminar las barreras que impiden la integración de estas áreas a la vieja ciudad.
Finalmente, el tercer principio es balancear nuestra tradición de autogobierno con la subordinación necesaria de las grandes apuestas colectivas.
Las raíces cívicas de Pereira son de profunda autonomía y aprecio por la descentralización. Desde el mito fundacional mismo de la ciudad en el siglo XIX hasta lo convites que construyeron la Villa Olímpica 100 años después, la ciudad siempre se ha apreciado de no esperar que un poder distante venga a resolver sus problemas. Sin embargo, una reconstrucción de esta magnitud exigirá grandes decisiones coordinadas que escapan la institucionalidad y los recursos locales. En particular, muchas de ellas requerirán el liderazgo del Gobierno nacional.
Ahora bien, en la centralización también hay grandes riesgos y evidentes debilidades. En el fondo, reconstruir Pereira consiste en restituir el valor comercial de miles de activos físicos a decenas de miles de personas. En la práctica, esto solo se traducirá en nueva infraestructura inmobiliaria con el involucramiento activo de los propietarios originales. Además, una reconstrucción de esta magnitud—superior a los 10 billones de pesos—ofrece oportunidades extraordinarias de corrupción. Descentralizar las decisiones y generar protocolos de redundancia donde los ciudadanos puedan involucrarse activamente serán herramientas de gran utilidad para contener ese riesgo. La reconstrucción debe combinar planificación y coordinación central con iniciativa y veeduría local.
Por supuesto que implementar estos principios será difícil—en mi canal de YouTube hablaré sobre los retos que traerá, en particular sobre los costos financieros de la reconstrucción. Pero es necesario que estos sean nuestra guía. Debemos entender que nuestro objetivo no puede ser simplemente reconstruir el lugar donde nacieron nuestros recuerdos, sino poner los cimientos de un lugar donde puedan prosperar las vidas de las generaciones futuras.