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Tiempos turbulentos

Cuando las naciones se arrodillan a la vanagloria de sus dirigentes y descuidan los cimientos de la administración pública, el desenlace suele ser fatal.

hace 2 horas
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Por Diego Santos - @diegoasantos

América Latina vive presa de un eterno ciclo de alivios cosméticos. Cada tanto, el hartazgo ciudadano ante el crimen y el desgobierno impulsa al poder a liderazgos de mano dura que prometen restaurar la ley a cualquier costo. Sin embargo, la complacencia social con el orden aparente suele ser el preludio de desilusiones mayúsculas.

Creer que por respirar una sensación transitoria de mayor tranquilidad en las calles los problemas de fondo han desaparecido es una ceguera voluntaria. Apoyar a un mandatario jamás debería traducirse en un cheque en blanco ni en la renuncia a exigir resultados en las áreas que verdaderamente sostienen a un Estado, como la solvencia económica y la sostenibilidad institucional.

Esa advertencia cobra un peso dramático en el panorama actual. Varios gobiernos de derecha en la región llegaron al poder montados sobre la promesa de imponer disciplina, pero hoy se estrellan contra arcas públicas exhaustas y deudas asfixiantes. A ese estrecho margen fiscal se suman dos choques externos devastadores que escapan por completo al control de cualquier decreto.

Por un lado, la parálisis energética global derivada del cierre del estrecho de Ormuz, que dispara la inflación del combustible y los alimentos importados. Por el otro, el rigor implacable de un fenómeno de El Niño que amenaza con arrasar cosechas, golpear la generación hidroeléctrica y vaciar los presupuestos de emergencias. Ningún discurso de confrontación ni retórica de trinchera puede bajar los precios del diésel ni llenar embalses vacíos.

Cuando las naciones se arrodillan a la vanagloria de sus dirigentes y descuidan los cimientos de la administración pública, el desenlace suele ser fatal. Sudáfrica, por mencionar un ejemplo, ilustra con crudeza este peligro. Tras la caída del régimen de segregación, el país entero y la comunidad internacional se entregaron a una veneración casi mística de su valiente lider, Nelson Mandela. Se aplaudieron los símbolos, se celebraron las victorias morales y se pasaron por alto las grietas operativas, el clientelismo incipiente y la incapacidad para construir una economía funcional para las mayorías. Tres décadas después, aquella nación admirada en todo el planeta naufraga en un triste caos: cortes crónicos de energía, servicios básicos colapsados, desempleo récord y una descomposición interna que la convirtió en un centro neurálgico para las mayores redes del crimen transnacional y el narcotráfico global. La épica inicial no evitó la ruina practical.

En nuestro vecindario el riesgo es el mismo. Si los liderazgos que hoy prometen orden ignoran el descalabro fiscal, descuidan la inversión estructural y prefieren la confrontación discursiva o profundizar los odios antes que una integración productiva real, la factura llegará más temprano que tarde. La desesperación económica terminará devorando los avances en seguridad y abrirá la puerta, una vez más, al péndulo del populismo más recalcitrante. Para gobernar no existen atajos ni recetas mágicas. Celebrar los aciertos inmediatos de un gobierno es comprensible, pero exigir rigor, cuentas claras y reformas de fondo sigue siendo el único deber cívico indispensable si no queremos terminar pagando el costo de nuestro propio entusiasmo.

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